sábado, 17 de diciembre de 2016

En el cielo con Bogart (relato)

 La luz blanca de la mañana entraba franca a través del cristal, iluminando la habitación. Un rayo tibio chocaba directamente contra una esquina de la pared, cambiando el color celeste de la pintura. Lo busqué con mi cuerpo y lo hice tropezar contra mi camisa, a la altura del pecho. Sentí cómo calentaba la tela y me producía una sensación agradable en la piel. Yo estaba de pie, frente a la cama, masticando, mirando por la ventana cómo el mar trataba de lamer con su lengua azul y blanca la fachada de los edificios de la playa.  
―Quiero queso.
Mi pensamiento se detuvo. Mis ojos, que reposaban perezosos sobre el vaivén de las olas, ligeramente entornados, se abrieron con sorpresa, como cuando escuchamos un sonido extraño que desentona con el lugar donde uno se encuentra. En el tiempo que llevaba allí acompañándola, apenas había­mos hablado. Además, la voz que escuché no era suya, o no parecía suya. Volví la cabeza. Su expresión y su tono de voz eran los de una niña, a pesar de que tenía sesenta y nueve años. Desconcertado, necesité tomarme unos segundos para comprender qué estaba pasando. Se me quedó mirando, divertida, esperando mi respuesta. Mi primera reacción fue echar un rápido vistazo a la bandeja de la comida que había traído la enfermera hacía unos veinte minutos, la que aún reposaba en la mesa plegable, a un lado de la cama. Casi no había comido, aparte de que le era prácticamente imposible tomar nada sólido. Lo vomitaba enseguida.

martes, 22 de noviembre de 2016

Entrega a domicilio

―¿Freddy? ―dije casi gritando, con el móvil pegado a una oreja y con la palma de mi mano cubriendo la otra. Le hablaba mientras andaba por la acera, esquivando a la gente, camino de una cafetería―. ¡Fred!, ¿me oyes?
―Te oigo, te oigo. ¿Qué pasa, Leo, qué cuentas?
―¿Dónde estás? ―contesto―, me llega mi voz rebotada.
―Estoy en el coche, con los cristales cerrados y el aire acondicionado a toda mecha. Voy de camino a los juzgados. Me demandaron.
―¿Que te qué?, ¿quién?

jueves, 10 de noviembre de 2016

Gemidos en el despacho

El ambiente del cuarto estaba sobrecargado. Llevábamos horas preparando un proyecto para un simposio sobre el autismo, sentados uno junto al otro delante del ordenador. No me di cuenta hasta que salí del despacho para dirigirme al baño. Eran ya cerca de las once de la noche. Los demás compañeros del gabinete de psicopedagogía donde trabajábamos ya se habían ido a sus casas.
―Yo no puedo más ―le digo irguiéndome en la silla, masajeándome el cuello. ―¿Lo dejamos por hoy? Ya no sé ni lo que leo.
―Venga, mujer, sólo un par de horas más ―me dice frunciendo el ceño, mirándome como solía hacer, fijamente.

lunes, 17 de octubre de 2016

La forja de un fetichista

Crecí rodeado de primas. Donde yo vivía, había vacas, gallinas, cerdos, perros, cabras, gatos... y también primas, muchas primas. Unas vivían a un kilómetro, otras a trescientos metros y otras a un paso de mi casa, pero confluíamos todos en la inmensa huerta donde se congregaba toda esta fauna animal.
Me gustaban mucho las vacas, tanto que algunas mañanas le pedía a aquel señor de manos ásperas que me permitiera jalarle a una de ellas, con mis manos aún diminutas, aquellas enormes tetas para tratar de llenar, mal que bien, la lechera que luego llevaría a mi casa, tibia la leche aún, y que yo sorbía, de vez en vez, durante el trayecto polvoriento. Pero me gustaban más mis primas, aun cuando no tenían tetas. Y de entre todas ellas, me gustaba una: Lula.

domingo, 16 de octubre de 2016

Pasión en la cocina

―¿Y qué tal os va?
Me refería a ella y a su actual marido, Alberto. Le hice esta pregunta con algo de desdén, con una pizca de rencor, quizás. Desiré había estudiado conmigo Farmacia, y durante los años de carrera estuve obsesionado con ella. Era una chica más bien delgada, de ojos verdes y piel blanca, muy atractiva, y con un culo respingón que no perdía ocasión de hacer notar con sus conjuntitos ajustados. Su pelo castaño, lacio y abundante era otra de sus armas de seducción, pues no dudaba en atusárselo, provocativa, en cuanto se veía observada por algún chico interesante. Pero, más que nada, me obsesionaba su forma de ser, esa descarada coquetería que mostraba sin descanso. Me ponía de los nervios.

viernes, 14 de octubre de 2016

Una esposa en préstamo

Estábamos sentados en unos sillones de color rojo de la zona del bar del club Mystique, en Arona, un local swinger. En los últimos meses, habíamos estado viniendo ocasionalmente a pasar unas horas. Nos gustaba mucho el ambiente, pasearnos por las distintas dependencias y echar alguna ojeada a través de las cortinas que algunos clientes dejaban discretamente abiertas. Mi mujer, Claudia, solía ponerse un pequeño antifaz de color negro para sentirse más cómoda, sobre todo cuando dejaba parte de su ropa en la taquilla y decidía quedarse en ropa interior o con alguna otra prenda igualmente sexy.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Un intruso muy deseado

Sé que es un poco infantil, pero tengo que admitir que estoy algo nerviosa. Le he invitado a mi casa a pasar la noche. Se lo dije con la mayor naturalidad que pude, pero, ¿a quién voy a engañar? Me conoce tan bien como yo a él, y sabe que me da mucho morbo la situación. Y a él también. Pero no es una cuestión realmente sexual, ni mucho menos, porque yo sé que no soy su tipo, y los dos sabemos que nunca ocurriría nada; la razón es más que nada por la tensión erótica que se genera entre los dos, por esta personalidad mojigata que he heredado.
En el fondo él se parece a mí en ese sentido. Sí, vale, puede no haya comparación, pero sé que en un rincón de su personalidad existe una fuerte moralidad que le hace experimentar mucho pudor y al mismo tiempo mucha excitación por las situaciones «indecorosas». Esto es lo que le excita de mí. Y vaya si lo sabe explotar...

martes, 11 de octubre de 2016

Reencuentro al amanecer

Solyluna (por email):
«Hubo un detalle que me puso como una moto, no sé si te acuerdas, cuando me sacaste el pecho por encima del sujetador. Entonces te empapaste los dedos en tu saliva, me embadurnaste el pezón y te pusiste a rozar la punta con el dedo, muy suave, ¿te acuerdas? Luego me dijiste bajito: "mira cómo se te pone". Uf, chaval...»

MrCat:
«A mí me puso como una moto lo cochina que fuiste tomando "tu biberón"... »

Solyluna:
«¿Perdona? ¿Cochina dices?»

domingo, 9 de octubre de 2016

El beso de la araña

Corrían los tiempos en que los jovencitos, los varones, hablábamos de chicas y de sexo a todas horas. En el instituto, comenzábamos a ver los cambios que la naturaleza había provocado, de un verano para otro, en los cuerpos de aquellas hembras pubescentes, deformándolos sabiamente con nuevas protuberancias y curvas voluptuosas.
Las clases de gimnasia constituían una ocasión sin igual para deleitarnos con los glúteos mórbidos de Pili, que asomaban por debajo de los pantalones cortos y arrastraban, adherido a la piel húmeda, un trozo de braguita; con las tetas firmes y rebosantes de Soraya, que apenas podían contener, durante la carrera, su fatigado e insuficiente sujetador; con las piernas estilizadas de Bea, acabadas en unos finísimos tobillos y unos delicadísimos pies, los que yo me deleitaba mirando en el gimnasio cuando tocaba estiramientos sobre colchonetas, pues el profesor, seguramente más preocupado por su propio placer morboso que por el cuidado del material, nos obligaba a descalzarnos; y con la cintura de avispa de Lupe, detalle anatómico que ella procuraba resaltar vistiendo una camisita blanca bien ajustada. La atención libidinosa del macho adolescente estaba siendo progresiva e ineluctablemente atraída por esta tropa de abejas portadoras de rica miel.

sábado, 8 de octubre de 2016

Un juguete muy travieso

Aprovechando que sus hijos pasaban varias semanas del mes de agosto en un campamento de verano en El Robledal, organizado por la agrupación Cruz Roja Juventud, y que su marido iba a estar en viaje de negocios durante unos días en Córdoba, Merche decidió prolongar la charla que habíamos tenido durante la tarde en el Parque García Lorca y quedarse a pasar la noche en mi casa. Nos despedíamos a la salida del parque:
―¿Te parece bien a las siete? ―me pregunta.
―Claro, cuando quieras. A mi mujer y a mis nueve hijos les parecerá bien cualquier hora ―le contesto yo riéndome y haciéndole ver lo innecesario de su precisión. Yo vivía solo.

viernes, 7 de octubre de 2016

Encuentro en la P27

Me dice que no es por mí, que en realidad yo le transmito bastante confianza, pero que no puede arriesgarse a cometer ningún error. Le es imposible darme el nº de móvil. De modo que acordamos comunicarnos exclusivamente a través del correo electrónico. No es ningún problema. Es tan solo algo más lento. Podemos entendernos perfectamente.
Pero sigo sin saber quién es, no he visto su cara, no he visto su cuerpo, al menos no por completo. Tengo una cita con una cuasi desconocida. Me dirijo en coche hacia el lugar del encuentro. La excitación es tremenda, los nervios me hacen sujetar el volante con más fuerza de lo habitual. Han pasado semanas desde que entré en contacto con ella.

jueves, 6 de octubre de 2016

Diversión entre mojigatos

Merche (por whatsapp):
¿Estás en tu casa? Vine caminando hasta Ronda, a casa de mis padres. Ya estoy de vuelta. ¿Me invitas a un café?
Yo:
Vale, pásate.
A Merche la conocí en la universidad. No era mi tipo, sexualmente hablando, pero hicimos buena amistad. Era de ese tipo de chicas que lo reivindica todo. Se encontraba en su elemento cuando tenía que plantear a la junta universitaria, en el salón de actos, todas las demandas que los alumnos le transmitían a ella. Era bastante guerrera, siempre detrás de las causas injustas. Yo pensé que con el tiempo acabaría ejerciendo la política. En la universidad, la tachábamos de feminista empedernida.

viernes, 30 de septiembre de 2016

En la mujer, el órgano sexual más potente es el oído

En cierta ocasión, una chica con la que hablaba a menudo sobre sexo me hizo la siguiente pregunta, no sé si con estas palabras: «¿sabes que el órgano sexual más potente en una mujer es el oído?». La conversación que manteníamos en ese momento versaba seguramente sobre los factores que intervienen en el juego de la seducción entre un hombre y una mujer. Yo le respondí algo como: «¿que si lo sé? ¡Tengo toda una teoría acerca de eso!». Le dije que quizás redactara un nuevo post explicando esa "teoría". Pues bien, aquí va.

martes, 27 de septiembre de 2016

Izas, rabizas y otras profesionales

Según el diccionario de la RAE, una iza es una prostituta, es decir, una mujer que practica el sexo a cambio de dinero, y una rabiza es una «ramera muy despreciable» ("ramera" significa igualmente "prostituta".) "Puta" y "zorra" son términos más comunes, y también más vulgares, y, entre sus muchas acepciones, se encuentra igualmente la de "prostituta".
No voy a hablar aquí, sin embargo, de las «profesionales del sexo», como sí hizo Camilo José Cela en su libro Izas, rabizas y colipoterras, a quienes ridiculizaba, sino de las que manifiestan, queriéndolo o no, su verdadero deseo por el sexo. Porque este es el quid de la cuestión y lo que a mí me llama la atención: la necesidad de la mujer de ocultar este deseo y la de hombres y mujeres de denigrar y poner en la palestra a las que lo manifiestan «cuando no deben».

sábado, 24 de septiembre de 2016

Pacto bajo luces de neón

Estábamos sentados en unos sillones de color rojo de la zona del bar del club Mystique, en Arona, un local swinger. En los últimos meses, habíamos estado viniendo ocasionalmente a pasar unas horas. Nos gustaba mucho el ambiente, pasearnos por las distintas dependencias y echar alguna ojeada a través de las cortinas que algunos clientes dejaban discretamente abiertas. Mi mujer, Claudia, solía ponerse un pequeño antifaz de color negro para sentirse más cómoda, sobre todo cuando dejaba parte de su ropa en la taquilla y decidía quedarse en ropa interior o con alguna otra prenda igualmente sexy.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Sonidos extraños en la oficina

El ambiente del cuarto estaba sobrecargado. Llevábamos horas preparando un proyecto para un simposio sobre el autismo, sentados uno junto al otro delante del ordenador. No me di cuenta hasta que salí del despacho para dirigirme al baño. Eran ya cerca de las once de la noche. Los demás compañeros del gabinete de psicopedagogía donde trabajábamos ya se habían ido a sus casas.
―Yo no puedo más ―le digo irguiéndome en la silla, masajeándome el cuello. ―¿Lo dejamos por hoy? Ya no sé ni lo que leo.
―Venga, mujer, sólo un par de horas más ―me dice frunciendo el ceño, mirándome como solía hacer, fijamente.

jueves, 15 de septiembre de 2016

La mente poderosa de la señorita Algodón

―¿Te apetece ir a la playa?
Mi móvil emite el sonido del whatsapp. Leo el mensaje. Era Carmen. Yo estaba haciendo estiramientos en el salón de mi casa, sobre una manta. Era domingo, las diez de la mañana. Respondo:
―Buenos días, Jane. ¿A la playa?
A raíz de nuestros juegos en la cama, ella comenzó a llamarme Tarzán, no sé si por mi rudeza o simplemente por su tendencia a usar artificios para novelar sus encuentros sexuales: le gustaba mucho emplear giros e imágenes sugerentes, andar con insinuaciones, evitaba llamar a las cosas por su nombre. «¿Me prestas el puñal?», me decía para referirse a mi miembro, mientras lo buscaba con la mano, bajo las sábanas. Ella era prácticamente lo opuesto a mí, es decir, todo delicadeza. Por eso la llamaba a veces Miss Cotton.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Luces rojas y fantasía

Al entrar en el local, sentí que era inútil pretender adoptar ninguna actitud, aparentar indiferencia, o dignidad. Nunca lo había pensado: en cualquier tienda a la que vayamos, los objetos a los que uno se aproxima para echarles un vistazo hablan sobre el comprador, sobre sus intereses e inquietudes. Yo había entrado en un sexshop.
Enseguida me di cuenta de lo absurdo de mis esfuerzos. ¿Qué imagen pretendía proyectar teniendo todo aquel confeti de objetos sexuales abalanzándose sobre mí? Traté de relajarme cuanto pude y comencé a pasearme entre las estanterías.
Como no encontraba lo que fui a buscar, me acerqué al mostrador, donde había un señor y una señora charlando. Por el acento, vi que eran cubanos. Me dirigí a él, que estaba sentado por la parte interior, en un taburete muy alto.
―Buenos días. Perdone, ¿tienen fustas?
Sin darle tiempo a contestar, la chica dio unos pasos hacia mí, me tocó suavemente en el codo, y me dijo sonriendo:
―Claro, por aquí.
Me enseñó varias, de distintos tamaños y modelos. Me fijé en la más larga de todas. Era de color marrón oscuro, y en el extremo tenía una lámina de cuero de unos 12 cm.
―Me gusta esa de ahí ―dije muy interesado.
La sacó del expositor y me la ofreció por la empuñadura, de la que colgaba un mechón decorativo. Era de plástico semirrígido. Alcé un segundo mi barbilla hacia arriba, mirando hacia ninguna parte, y me di con la fusta unos azotes en la palma de la mano. «Magnífico sonido», pensé al oír el chasquido. «Sonará aún mejor en la carne blanda de unas nalgas». Miré a la señora sonriendo, inevitables sabedores, ella y yo, de todo cuanto había que saber por mi gesto.
―Perfecta ―le dije con los ojos achinados.
―Muy bien ―me dice ella, volviendo a meterla dentro de su envoltorio y dirigiéndose al mostrador.
―Espere ―la apremio―. También quería una... un... ―Hago un gesto con la mano, involuntario, que corrijo enseguida, por lo inútil: la había ahuecado formando una C, como imitando el grosor de una cañería. ―Un consolador. Con forma de pene... ―concluí, levemente excitado.
―¿Flexible? ―me dice ella.
No estaba preparado para esa pregunta. Me venían a la mente las imágenes de las películas porno en las que aparecían esos juguetes.
―Pues... creo que no... no sé.
Saca uno bastante rígido pero con la textura de goma, quizás un tipo de silicona. Era bastante grueso e imitaba un miembro al detalle, con sus venas y todo. Lo coge de la vitrina y me lo pone en la mano. Lo palpo con los dedos.
―Perfecto, vamos ―dije nada más tocarlo.
―Estupendo ―me dice riendo abiertamente y tomándolo de mi mano. Nos acercamos al mostrador. Los deposita sobre el cristal.
―¿Le cobras al señor, Jaime?
La broma me sale casi 60 €. Todos los vicios son caros.
Jamás me habría imaginado que entraría a un sex­shop, y mucho menos para adquirir una fusta. Pero era tal mi nivel de excitación, tal el morbo que me producía el plan que habíamos maquinado Claire y yo, que nada me importaba. Me sentía eufórico, atrevido.
Esta visita a la tienda había tenido lugar hacía 2 ó 3 semanas. Sin embargo, hoy, en el presente, las cosas eran completamente distintas. Todo se había torcido. Mi euforia había dado paso a la frustración y a la rabia más absoluta.
Claire, una chica que había conocido por internet y con la que pretendía hacer realidad la fantasía del amo y la sumisa, por quien había ido al sexshop a comprar juguetes sexuales y por quien había hecho algunas estupideces más para sorprenderla, me estaba dando largas, y yo desconocía la razón. Para colmo, me daba unas excusas ―yo estaba convencido de que lo eran― que me resultaban cada vez menos creíbles.
―¿Claire? ¿Dónde andas? ―le escribí por enésima vez a través del whatsapp.
Yo había perdido por completo la paciencia, y diría que también la esperanza. La cosa no pintaba nada bien. Cuando le envié el mensaje, tenía tal enfado que el pelo de la cabeza me echaba humo. Lo que más rabia me daba era que no sabía a qué se debía su cambio de actitud. ¿La estaría atosigando? ¿Le habría entrado apuro en el último momento? ¿Qué carajo le pasaba?
Tras enviar el mensaje, como había estado ocurriendo estos últimos días, yo no recibía respuesta hasta varias horas después, cinco, seis horas. No lo entendía. Por fin, me contesta:
―Ay, perdona. He estado muy liada. Este fin de semana me voy con mis amigas a unos apartamentos en Torremolinos.
Yo me quedé perplejo.
―¿Este fin de semana? ―preguntaba yo, irritado. En esos momentos sentía que mi móvil se volvía de color rojo. Tal era mi cabreo―. ¿Pero no habíamos quedado este sábado?
Habría querido añadir también un contundente «cojones», pero pude contenerme. Era la tercera o cuarta vez que le surgía un «imprevisto». Y menudo imprevisto: todo un fin de semana con sus amigas. ¡Ups, qué despiste! Yo estaba que ardía por dentro.
―Sí, lo sé, perdona, de verdad ―me responde―, pero es el cumpleaños de una amiga y queremos celebrarlo. He estado liadísima reservando el apartamento, comprando el regalo y todo eso. De regreso hablamos, ¿vale?
Yo ya no sabía si creerla. De hecho, no la creía. Me costaba cada vez más que me respondiera a los mensajes. Siempre estaba ocupada. Aun así, le di una vez más el beneficio de la duda, pero no sirvió para nada. A la semana siguiente, me resultó prácticamente imposible contactar con ella. Cuando lo conseguí, le propuse vernos de nuevo el sábado, pero me salió con la estupidez de que tenía que ir al aeropuerto a recoger a no sé quién.
―Claire ―le escribí―, ¿de qué me hablas? ―Yo seguía tratando de contener mi rabia, que me salía por las orejas. Cada vez tenía más claro que me estaba mintiendo.
―Tío, lo siento, de verdad. Me ha llamado en el último momento. No tiene a nadie que pueda ir a buscarla.
Yo sentía que me tomaba por retrasado mental. La sangre me bullía por dentro. Me daba en la nariz que todo se iba a ir al traste de un momento a otro.
―Claire, ¿pero qué carajo me estás contando? ―le escribí. Notaba que el muro de contención de mi presa emocional se estaba agrietando―. Y, además, ir al aeropuerto te llevará como mucho un par de horas. ¿Es que te vas a pasar el día entero en la puta terminal?
 Y llegó la inundación. Perdí totalmente las formas. Supongo que ya lo daba por perdido, así que me dejé arrastrar por el agua. Ella hizo lo mismo. Tuvimos tal pelea por whatsapp que lo nuestro era ya insalvable. Echamos sapos y culebras. En fin, hasta nunca jamás. Que te den.
Cuando todavía me ardían las mejillas por el pedazo de cabreo que tenía, el cuerpo aún crispado por la reciente conversación, me llega otro whatsapp. Yo abro el móvil con violencia, esperando que fuera ella otra vez y que diera comienzo otra andanada de insultos. Pero entonces leo:
―¿Cómo te va, Peter? ―Al mensaje le seguía un emoticono de una cara sonriente junto a otro con un cono en la cabeza de papel azul estampado con estrellitas y un matasuegras en la boca.
Me pilló totalmente fuera de juego. Sacudo la cabeza, descolocado. Respiro, me despejo. Trato de hacer reset en mi mente. Era Beatriz, un antiguo ligue con el que seguía en contacto, y al que seguía viendo de vez en cuando. Me llamaba Peter porque, según ella, yo era el típico adulto que desea seguir viviendo lejos de responsabilidades, en el país de Nunca Jamás, siendo un eterno adolescente. Tenía razón. No acababa de gustarme el apodo, pero tenía razón.
Leí el mensaje, tragué una amplia bocanada de aire, hice un ejercicio de meditación relámpago para desprenderme de las malas vibraciones y me dispuse a contestar:
―Joder, Beatriz, ¿qué tal? ¡Cuánto tiempo! ¿Sigues en Castellón?
―No, ya no. Regresé hace ya tres semanas. ¿Cómo estás?
Peligrosa pregunta en ese preciso momento. Corría el riesgo de contarle la verdad, es decir, que estaba echando hostias, y de soltarle todo el culebrón, sin filtros, impulsado por mi estado de ánimo. Pero me contuve. Volví a respirar.
―Bueno, bien... ¿y tú?
―Huy, ¿y esos puntos suspensivos? ―pregunta.
Seguí haciendo esfuerzos para calmarme. Volví a escribirle, comenzando el mensaje con un emoticono sonriente.
―Bueno, he tenido un pequeño contratiempo. Ya te contaré… ―le dije, dejándolo en suspenso―. ¿En qué andas ahora?
―En nada. Estoy de vacaciones. Entro a trabajar en dos semanas, en Crónicas. ¿Y tú?
Crónicas era un local de copas muy chic en el paseo marítimo de Benalmádena, con música ambiente bastante selecta, tapas variadas y famoso por los cócteles. Ella trabajaba detrás de la barra.
―Yo sin novedades, con mis clases ―le contesto.
Tenía el grado superior de violonchelo e impartía clases en una academia privada. Muy pronto me di cuenta, y así me lo hicieron saber mis profesores en el conservatorio, de que se me daba mejor enseñar el instrumento que interpretar partituras.
―Ok. Pues si te apetece podríamos vernos un día de estos.
―Claro que sí ―le escribo.
―Vale. Pues tú me avisas, que estás más ocupado que yo.
Le dije que la avisaría. Lo que nunca llegué a imaginar es que ocurriría lo que ocurrió después. Y esto sí que era un «imprevisto», no las trolas de la estúpida de Claire.
Pasados unos días, ya bastante más calmado y recuperado del palo, llamé a Beatriz y le expliqué lo que me había sucedido. Me costó bastante arrancarme a hablar, pues de alguna forma tendría que revelarle que lo que nos traíamos entre manos esta chica y yo era una sesión de, digamos, sadomasoquismo. Bueno, no exactamente eso, pero algo parecido. Me daba mucho pudor contarle esta nueva «perversión» por la que estaba interesado.
Le expliqué que la había conocido por internet, en una página erótica. Eso le dije, pero, francamente, se trataba de un chat de cibersexo. Me había metido en una sala con el título BDSM (siglas que en inglés hacen referencia a una práctica sexual consistente en el ejercicio de roles de Esclavitud y Disciplina, Dominación y Sumisión, Sadismo y Masoquismo).
No era la primera vez que lo hacía, ya me había picado la curiosidad en otras ocasiones. Había investigado, leído algunos libros, charlado con los usuarios en algunos foros. Era un juego erótico complejo, muy cerebral, pero muy potente.
En el BDSM, el erotismo, el morbo y la excitación pueden trocarse en una situación absurda y cómica si cualquiera de los participantes comete un error y no representa adecuadamente su papel, dando al traste con todo. Comprendí que quien no «siente» verdaderamente su rol, fracasa. La obediencia de la sumisa debe ser absoluta, y la dominación del amo, también. Este no sugiere, ni pregunta ni da a la sumisa ningún margen para que exponga sus preferencias o su opinión: sencillamente ordena, y ella obedece.
―Los dos admitimos sentirnos atraídos por esta fantasía ―le contaba yo a Bea―. Dejamos claro desde un principio que éramos solo aficionados, meros curiosos. Ninguno lo había practicado anteriormente. Bueno, yo había tenido algunas sesiones por internet en las que ejercía de «amo», por decirlo así, pero nada más. Con algunas de mis cibersumisas ―le dije entreteniéndome en la palabra, con retintín―, alcanzaba unos grados de excitación que me sorprendían, de verdad te lo digo.
Dejé de hablar y esperé oír la voz de mi amiga, pero no llegaba nada. Pasaron algunos segundos. ¿Se habría colgado?
―¿Oye? ―le pregunté―. ¿Sigues ahí, Bea? Llevaba tanto rato hablando solo que pensé de pronto si me estaba escuchando.
―Sí, claro que sigo aquí ―me dice de inmediato, muy bajito―. Tus cibersumisas
Yo siento que la cara se me tiñe de rojo.
―Eh… sí, eso ―le digo aturullado―. Y nada, una cosa fue llevando a la otra y, ya te puedes imaginar, al final empezamos a tener conversaciones picantes… ―concluí. De pronto sentí la necesidad de abreviar. Se produjo otro momento de silencio.
―¿Peter? ―pregunta Bea.
―Dime.
―Ibas muy bien. Ahora no te pares ―me dice, añadiendo una risita al final de la frase. Yo también le sonrío al móvil, pero ella no podía saberlo.
―Es que me ha dado un poco de corte.
―Pues que no te dé ―me dice rotunda―. Venga, sigue.
Le conté que poco a poco nuestras conversaciones en el chat fueron derivando a lo que yo empezaba a considerar roles de sumisión.
―No sé cómo explicarte ―le seguí diciendo―. La forma en que se expresaba esta chica me cautivó por completo, sentía que me atrapaba.
―¿Pero qué te decía? ―preguntó Bea.
―¿Que qué me decía? ―salté yo, tratando de ganar tiempo―. Pues no sé… ¿Y este interés? ―le pregunté soltando un bufido. Me volvía a dar un poco de apuro.
―Hala, borde ―me dice―. Quería hacerme una idea. Venga, Peter, no te hagas de rogar.
Yo suelto una carcajada y vuelvo a relajarme.
―Pues mira, por ejemplo, me escribía: «¿Te gustaría que fuera tu putita obediente?».
Me callé, esperando su reacción. Sentí un pellizco de excitación al pronunciar la frase. No dijo nada, así que volví a tomar la palabra.
―Yo no sé si era el modo de decirlo o qué, pero sus palabras me encendían, ¿sabes lo que digo? Me daban como escalofríos, y luego yo trataba de seguirle el rollo.
―¿Qué le decías tú?
―¡Joder, cómo me aprietas! Pues a ver, eh, yo decía: «Sí, me encantaría. Y tenerte de rodillas ante mí, desnuda...». Y ella: «De rodillas, con las manos atadas a la espalda con un pañuelo. Yo no osaría mirar a mi señor, humillaría mi cara». Esa expresión, «mi señor» ―le explicaba yo―, hacía que el cuerpo se me erizara, te lo juro.
―Vaya… ―me dice, soltando una risilla. Yo ignoraba qué pensaba ella realmente sobre esto.
―Pues eso. Y a ella le ocurría lo mismo, ¿eh? Por lo menos eso es lo que me contaba.
―«Mi señor»… ―repite Bea en el teléfono, pensativa―. Joder con Claire.
―Sí… Bueno, curiosona, en resumen, que surgió algo muy fuerte entre los dos. Era la primera vez que me ocurría algo así.
―¡Venga ya, Peter! ―salta Bea―. ¿Nunca te habías puesto como una moto charlando con alguien por internet?
―Que no, mujer, me refería a este juego erótico del amo y la sumisa. Nunca me había excitado hasta ese punto. No sé cómo decirte: esta chica me ponía cardíaco. Casi siempre terminábamos masturbándonos, por cierto. Era muy heavy, al menos por mi parte. Así que decidimos vernos en persona, probar a ver qué sucedería. Y ya no recuerdo si la idea fue suya o mía. Diría que salió de ella.
―Ya… ―me dice―. Oye, ¿y no les preocupaba que no se gustaran? Una cosa es ponerse cachondos a través de un chat y otra muy distinta verse en persona. Yo me he llevado cada palo…
―Pues mira, tienes razón en eso. Quiero decir, siempre conviene tener algún contacto en persona, comprobar si existe ese buen feeling. Pero, ¿sabes qué? Lo que había surgido entre los dos era tan potente que ya no volvimos a hablar sobre eso. Lo tuvimos claro. Nos bastó con vernos en fotos. Nos enviamos unas pocas. A mí su cara no acababa de gustarme del todo, pero tenía un cuerpecito… ¡Uf!  Me mató, literalmente. Es una chica bajita, ¿sabes? Mide 1'52 m. Es delgadita, con el cuerpo muy estilizado. En una de las fotos…
Volví a frenarme en seco. Estaba embalado. Me di cuenta de que tenía al otro lado a una mujer. Lo que iba a contarle me interesaba más a mí que a ella.
―¿Sí? ―me pregunta―. ¿Qué pasa con la foto?
―¿Te lo cuento?
―Lo estás deseando ―me dice descojonándose.
―Mira que eres mala…
―Venga, suéltalo, que te vas a hacer daño ―y vuelve a reírse.
―Pues mira, en una de las fotos se ve a mi amiguita Claire con unas braguitas de encaje negro, muy transparentes y muy estrechas por la parte de… atrás. La tela era tan elástica que parecía pintura, ¿sabes lo que digo? Así de bien se ajustaba. Madre mía, le hacía una curva sobre la piel de las nalgas… Tenía un culo precioso, palabra, y la piel blanquísima. En esta foto, se había puesto de rodillas pero erguida, de perfil, sentada sobre sus talones y con las puntas de los pies apoyadas en el suelo. Se había pintado las uñas de un morado intenso, lo recuerdo. Aparecía con una mano sobre el muslo y con la otra se ocultaba los pechos. Tela marinera, ¿no te parece?
―Tiene buen gusto la tal Claire ―dice Bea con cierta sorna.
―Y tanto ―seguí yo―. Y, bueno, en otra foto se había puesto a cuatro patas y de espaldas a la cámara, un poco ladeada, con las piernas ligeramente abiertas, una mano apoyada en el suelo y la otra sobre una nalga, tapando parcialmente las braguitas. Se transparentaba la entrada del sexo. Acabé masturbándome, hazte una idea.
―Pobrecito ―me dice poniendo una voz lastimera―. ¿Y tú le gustaste a ella?
―Pues, por lo que me dijo, sí ―le contesto.
―Seguro que le enviaste fotos guarras, mostrando tu supervirilidad
―¡Qué graciosa, por Dios, que me troncho! ―le digo fingiendo una risa postiza―. Pues fui bastante original, que lo sepas.
―Sorpréndeme.
Yo me lo pensé unos segundos. Volvía a darme un pelín de pudor.
―Pues mira, la más interesante de mis fotos era una en la que salía de pie, frente a la cámara, bajo una penumbra que logré recrear gracias a la luz de unas velas, dándome con una fusta en la palma de una mano, como un profesor enfadado que muestra a su díscola alumna lo que le espera.
―Guau, ¿con una fusta?
―Pues… sí ―le contesto. Me excito un poco al contárselo.
―Vaya tela ―me dice ella―. Bueno, en cualquier caso, Peter, por lo que me dijiste el otro día, te pegó el plantón de su vida, o de la tuya, ¿no?
―Menudo rebote me cogí, Bea. Te lo juro. Es que además…
Y volví a interrumpirme. De nuevo, unos instantes de silencio.
―¿Además? ―se cuela su voz por el móvil.
―Es que me ilusioné muchísimo, tía ―le contesto con voz de fastidio―. Joder, me da corte decírtelo.
―¿Decirme el qué? ―me insiste, intrigada.
―Lo había preparado todo, Bea. Hasta fui a un sexshop para comprar algunos juguetes, flípalo. La fusta, entre otras cosas. Y también quise recrear un ambiente adecuado en el salón de mi casa ―las palabras me salían a borbotones, recordándolo todo―, así que me recorrí las tiendas buscando bombillas de color rojo, de esas de muy baja intensidad, para colocarlas en el salón, ¿te lo puedes creer?
Heavy ―oigo que dice.
―Muy heavy, sí. Las probé, ¿sabes? Cerré las persianas, la puerta y las enrosqué en los plafones. Me quedé impactado con el efecto. Las puñeteras bombillas generaban un ambiente extremadamente cálido, erótico y provocador. Imagínate la de vueltas que empezaba a dar mi cabeza.
―Me imagino, sí ―dijo en voz muy baja, pensativa.
Yo seguía hablando como un torrente. La frustración por haberse malogrado todo mi plan, en el que había puesto tanto empeño, volvía a adueñarse de mí y empezaba a escupir las palabras sin tener a Bea demasiado en cuenta.
―Yo me relamía de solo pensar en lo que podríamos haber hecho. Ah, y no queda aquí la cosa ―le digo, lanzado―: Busqué en internet música apropiada, ¿me oyes? Le dediqué horas. Al final logré seleccionar 7 u 8 piezas. Una delicia. Es impresionante el efecto que provoca. Estaba encantado. Las cargué en un pendrive para reproducirlas el día X, que nunca llegó, me cago en mi estampa. Bueno, en la suya.
Se hizo de nuevo el silencio. Bea permanecía callada. Pensé que quizás yo había hablado demasiado, pero no pude evitarlo. Al recordar todo aquello, volvía a sentirme realmente mal, con mucha rabia.
―Perdona, Bea. Sé que te parecerá un poco estúpido, pero realmente me había ilusionado con todo esto.
―No, no te preocupes ―sonó de nuevo su voz―. Además, te entiendo muy bien. Te comen los diablos cuando has invertido tanto tiempo en alguien para que al final esa persona lo mande todo al traste sin inmutarse. Te dan ganas de matarlo ―dice―. De matarla. En serio, te entiendo.
―Joder, pues me alegra que me lo digas, porque es exactamente así. Sé que no era más que divertimento, un capricho para pasarlo bien, y por eso me siento algo ridículo. Pero la verdad es que me sentó fatal.
Después de intercambiar unas pocas frases más, nos despedimos. Me vino bien hablar con ella. Fue un modo de desahogarme, aunque se tratara de algo bastante trivial. Quedamos en que nos veríamos pronto, y que yo la avisaría.
Beatriz era una chica bastante morbosa, le gustaban los juegos eróticos, como a mí. Cuando practicábamos sexo, solíamos introducir elementos nuevos y recrear escenas para darle mayor aliciente. Hasta la fecha, se había disfrazado para mí de enfermera y de sirvienta. Yo, por mi parte, tuve que comprar un mono azul de mecánico para tocar a su puerta y repararle unas pocas cañerías. En fin, todavía recuerdo aquella faldita diminuta con fruncidos de color blanco. Tremendo.
Supongo que por eso encajábamos, por lo menos en el terreno sexual, ya que nunca fuimos pareja. Su mente era igual de calenturienta que la mía.
Poco tiempo después de revelarle toda mi batalla con Claire, y de desahogarme con ella llamando de todo a mi impresentable cibersumisa, tuvimos una nueva conversación por whatsapp. Yo venía de mis clases, andando por la acera, con el chelo a cuestas.
―¿Peter?
―A la escucha ―escribo cuando veo el mensaje, minutos después.
―Oye, tengo que decirte algo ―me responde enseguida.
―¿Y a qué esperas? ―tecleo.
―Es que... me cuesta.
―Tic, tac, tic, tac... Deja de hacerte la interesante y desembucha ―le digo agregando un emoticono partiéndose de risa.
―No estoy de bromas. ―En la aplicación, veo que duda al escribir―. Todo aquello que me contaste sobre el BDSM, tus fotos con la fusta la fusta...
―¿Sí?
―Pues que... me pone mucho.
Directo a la mandíbula. Me quedo parado. Ahora soy yo el que se toma su tiempo. Tengo que asimilar lo que me acaba de decir. Proceso tan rápido como puedo.
―Repíteme eso ―tecleo.
―Ya lo has oído ―me escribe―. Leído, quiero decir.
Sigo asimilando. Siento una punzada de excitación. De pronto me imagino un nuevo cuerpo bajo la luz roja de las bombillas. Tardo mucho en pensar una respuesta. Ella se impacienta.
―¿Estás? ―me pregunta.
―Sí, sí, perdona. Es que me pillas... ―sigo procesando a toda leche―. Beatriz, ¿qué quiere decir que te pone?
―Pues eso, Peter, que me pone. No es algo que una vaya revelando a todo quisque. Te lo digo a ti. Y te digo que me pone. Siempre me ha rondado en la cabeza ese juego. Y al imaginarte con la fusta, mi cabeza ha hecho clic. Te he imaginado dándome con ella y me he puesto muy cachonda.
Mi cabeza va a toda máquina, y mi corazón se acelera por momentos. Procuro darme prisa con el teclado, pero parezco un tarado. Digo:
―Joder...
―¿Qué?
―No sé... es una sorpresa ―escribo―. Oye, Beatriz, ¿me estás diciendo que te gustaría probar?
―Sí.
La leche. Se me nubla un poco el entendimiento. Escribo con el índice tembloroso. No acierto con las putas teclas.
―Pues... por mí, estupendo ―digo―. Joder, qué morbo.
―Mucho. Si lo pienso, noto un hormigueo en el estómago...
Se abrió la caja de Pandora. Después de ese día...

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Estimado lector, el fragmento del relato que acaba de leer forma parte del eBook que le presento a continuación. Contiene 9 relatos eróticos cargados de morbo (incluido el relato Miradas lascivas entre las rocas, que puede leer completo como muestra) que se encuentran recopilados en esta obra y a su disposición en Amazon. Disfrute ahora mismo de esta y otras excitantes escenas haciendo clic aquí y adquiriendo este eBook por tan sólo 0'99€.


viernes, 9 de septiembre de 2016

Juegos de noche

Aprovechando que sus hijos pasaban varias semanas del mes de agosto en un campamento de verano en El Robledal, organizado por la agrupación Cruz Roja Juventud, y que su marido iba a estar en viaje de negocios durante unos días en Córdoba, Merche decidió prolongar la charla que habíamos tenido durante la tarde en el Parque García Lorca y quedarse a pasar la noche en mi casa. Nos despedíamos a la salida del parque:
―¿Te parece bien a las siete? ―me pregunta.
―Claro, cuando quieras. A mi mujer y a mis nueve hijos les parecerá bien cualquier hora ―le contesto yo riéndome y haciéndole ver lo innecesario de su precisión. Yo vivía solo.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Cita en la K-47

Me dice que no es por mí, que en realidad yo le transmito bastante confianza, pero que no puede arriesgarse a cometer ningún error. Le es imposible darme el nº de móvil. De modo que acordamos comunicarnos exclusivamente a través del correo electrónico. No es ningún problema. Es tan solo algo más lento. Podemos entendernos perfectamente.
Pero sigo sin saber quién es, no he visto su cara, no he visto su cuerpo, al menos no por completo. Tengo una cita con una cuasi desconocida. Me dirijo en coche hacia el lugar del encuentro. La excitación es tremenda, los nervios me hacen sujetar el volante con más fuerza de lo habitual. Han pasado semanas desde que entré en contacto con ella.

Mientras dormía

Sé que es un poco infantil, pero tengo que admitir que estoy algo nerviosa. Le he invitado a mi casa a pasar la noche. Se lo dije con la mayor naturalidad que pude, pero, ¿a quién voy a engañar? Me conoce tan bien como yo a él, y sabe que me da mucho morbo la situación. Y a él también. Pero no es una cuestión realmente sexual, ni mucho menos, porque yo sé que no soy su tipo, y los dos sabemos que nunca ocurriría nada; la razón es más que nada por la tensión erótica que se genera entre los dos, por esta personalidad mojigata que he heredado.
En el fondo él se parece a mí en ese sentido. Sí, vale, puede no haya comparación, pero sé que en un rincón de su personalidad existe una fuerte moralidad que le hace experimentar mucho pudor y al mismo tiempo mucha excitación por las situaciones «indecorosas». Esto es lo que le excita de mí. Y vaya si lo sabe explotar...

lunes, 29 de agosto de 2016

Un menú muy particular

Ay, déjame, ahora no le decía yo, tratando de sonar irritada, agitando los brazos, sin soltar la cuchara de madera que agarraba con mi mano izquierda y la sartén que sujetaba con la otra, que tenía al fuego, chisporroteando.
Él se me pegaba a mí por detrás, abrazándome con fuerza y presionando su paquete contra mis nalgas, que yo notaba cómo comenzaba a endurecerse enseguida.
―Anda, dame solo un poco replicaba él, hurgándome en el escote, tironeándome de las solapas, poniendo esa vocecilla como de niño mimado y caprichoso.
Yo llevaba puesta una bata de seda de color celeste, muy claro, y, debajo, unas bragas de encaje blancas. No me había puesto sujetador aposta, pues ese había sido nuestro acuerdo.