lunes, 17 de octubre de 2016

La forja de un fetichista

Crecí rodeado de primas. Donde yo vivía, había vacas, gallinas, cerdos, perros, cabras, gatos... y también primas, muchas primas. Unas vivían a un kilómetro, otras a trescientos metros y otras a un paso de mi casa, pero confluíamos todos en la inmensa huerta donde se congregaba toda esta fauna animal.
Me gustaban mucho las vacas, tanto que algunas mañanas le pedía a aquel señor de manos ásperas que me permitiera jalarle a una de ellas, con mis manos aún diminutas, aquellas enormes tetas para tratar de llenar, mal que bien, la lechera que luego llevaría a mi casa, tibia la leche aún, y que yo sorbía, de vez en vez, durante el trayecto polvoriento. Pero me gustaban más mis primas, aun cuando no tenían tetas. Y de entre todas ellas, me gustaba una: Lula.

domingo, 16 de octubre de 2016

Pasión en la cocina

―¿Y qué tal os va?
Me refería a ella y a su actual marido, Alberto. Le hice esta pregunta con algo de desdén, con una pizca de rencor, quizás. Desiré había estudiado conmigo Farmacia, y durante los años de carrera estuve obsesionado con ella. Era una chica más bien delgada, de ojos verdes y piel blanca, muy atractiva, y con un culo respingón que no perdía ocasión de hacer notar con sus conjuntitos ajustados. Su pelo castaño, lacio y abundante era otra de sus armas de seducción, pues no dudaba en atusárselo, provocativa, en cuanto se veía observada por algún chico interesante. Pero, más que nada, me obsesionaba su forma de ser, esa descarada coquetería que mostraba sin descanso. Me ponía de los nervios.

viernes, 14 de octubre de 2016

Una esposa en préstamo

Estábamos sentados en unos sillones de color rojo de la zona del bar del club Mystique, en Arona, un local swinger. En los últimos meses, habíamos estado viniendo ocasionalmente a pasar unas horas. Nos gustaba mucho el ambiente, pasearnos por las distintas dependencias y echar alguna ojeada a través de las cortinas que algunos clientes dejaban discretamente abiertas. Mi mujer, Claudia, solía ponerse un pequeño antifaz de color negro para sentirse más cómoda, sobre todo cuando dejaba parte de su ropa en la taquilla y decidía quedarse en ropa interior o con alguna otra prenda igualmente sexy.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Un intruso muy deseado

Sé que es un poco infantil, pero tengo que admitir que estoy algo nerviosa. Le he invitado a mi casa a pasar la noche. Se lo dije con la mayor naturalidad que pude, pero, ¿a quién voy a engañar? Me conoce tan bien como yo a él, y sabe que me da mucho morbo la situación. Y a él también. Pero no es una cuestión realmente sexual, ni mucho menos, porque yo sé que no soy su tipo, y los dos sabemos que nunca ocurriría nada; la razón es más que nada por la tensión erótica que se genera entre los dos, por esta personalidad mojigata que he heredado.
En el fondo él se parece a mí en ese sentido. Sí, vale, puede no haya comparación, pero sé que en un rincón de su personalidad existe una fuerte moralidad que le hace experimentar mucho pudor y al mismo tiempo mucha excitación por las situaciones «indecorosas». Esto es lo que le excita de mí. Y vaya si lo sabe explotar...

martes, 11 de octubre de 2016

Reencuentro al amanecer

Solyluna (por email):
«Hubo un detalle que me puso como una moto, no sé si te acuerdas, cuando me sacaste el pecho por encima del sujetador. Entonces te empapaste los dedos en tu saliva, me embadurnaste el pezón y te pusiste a rozar la punta con el dedo, muy suave, ¿te acuerdas? Luego me dijiste bajito: "mira cómo se te pone". Uf, chaval...»

MrCat:
«A mí me puso como una moto lo cochina que fuiste tomando "tu biberón"... »

Solyluna:
«¿Perdona? ¿Cochina dices?»

domingo, 9 de octubre de 2016

El beso de la araña

Corrían los tiempos en que los jovencitos, los varones, hablábamos de chicas y de sexo a todas horas. En el instituto, comenzábamos a ver los cambios que la naturaleza había provocado, de un verano para otro, en los cuerpos de aquellas hembras pubescentes, deformándolos sabiamente con nuevas protuberancias y curvas voluptuosas.
Las clases de gimnasia constituían una ocasión sin igual para deleitarnos con los glúteos mórbidos de Pili, que asomaban por debajo de los pantalones cortos y arrastraban, adherido a la piel húmeda, un trozo de braguita; con las tetas firmes y rebosantes de Soraya, que apenas podían contener, durante la carrera, su fatigado e insuficiente sujetador; con las piernas estilizadas de Bea, acabadas en unos finísimos tobillos y unos delicadísimos pies, los que yo me deleitaba mirando en el gimnasio cuando tocaba estiramientos sobre colchonetas, pues el profesor, seguramente más preocupado por su propio placer morboso que por el cuidado del material, nos obligaba a descalzarnos; y con la cintura de avispa de Lupe, detalle anatómico que ella procuraba resaltar vistiendo una camisita blanca bien ajustada. La atención libidinosa del macho adolescente estaba siendo progresiva e ineluctablemente atraída por esta tropa de abejas portadoras de rica miel.

sábado, 8 de octubre de 2016

Un juguete muy travieso

Aprovechando que sus hijos pasaban varias semanas del mes de agosto en un campamento de verano en El Robledal, organizado por la agrupación Cruz Roja Juventud, y que su marido iba a estar en viaje de negocios durante unos días en Córdoba, Merche decidió prolongar la charla que habíamos tenido durante la tarde en el Parque García Lorca y quedarse a pasar la noche en mi casa. Nos despedíamos a la salida del parque:
―¿Te parece bien a las siete? ―me pregunta.
―Claro, cuando quieras. A mi mujer y a mis nueve hijos les parecerá bien cualquier hora ―le contesto yo riéndome y haciéndole ver lo innecesario de su precisión. Yo vivía solo.

viernes, 7 de octubre de 2016

Encuentro en la P27

Me dice que no es por mí, que en realidad yo le transmito bastante confianza, pero que no puede arriesgarse a cometer ningún error. Le es imposible darme el nº de móvil. De modo que acordamos comunicarnos exclusivamente a través del correo electrónico. No es ningún problema. Es tan solo algo más lento. Podemos entendernos perfectamente.
Pero sigo sin saber quién es, no he visto su cara, no he visto su cuerpo, al menos no por completo. Tengo una cita con una cuasi desconocida. Me dirijo en coche hacia el lugar del encuentro. La excitación es tremenda, los nervios me hacen sujetar el volante con más fuerza de lo habitual. Han pasado semanas desde que entré en contacto con ella.

jueves, 6 de octubre de 2016

Diversión entre mojigatos

Merche (por whatsapp):
¿Estás en tu casa? Vine caminando hasta Ronda, a casa de mis padres. Ya estoy de vuelta. ¿Me invitas a un café?
Yo:
Vale, pásate.
A Merche la conocí en la universidad. No era mi tipo, sexualmente hablando, pero hicimos buena amistad. Era de ese tipo de chicas que lo reivindica todo. Se encontraba en su elemento cuando tenía que plantear a la junta universitaria, en el salón de actos, todas las demandas que los alumnos le transmitían a ella. Era bastante guerrera, siempre detrás de las causas injustas. Yo pensé que con el tiempo acabaría ejerciendo la política. En la universidad, la tachábamos de feminista empedernida.