martes, 22 de noviembre de 2016

Entrega a domicilio

―¿Freddy? ―dije casi gritando, con el móvil pegado a una oreja y con la palma de mi mano cubriendo la otra. Le hablaba mientras andaba por la acera, esquivando a la gente, camino de una cafetería―. ¡Fred!, ¿me oyes?
―Te oigo, te oigo. ¿Qué pasa, Leo, qué cuentas?
―¿Dónde estás? ―contesto―, me llega mi voz rebotada.
―Estoy en el coche, con los cristales cerrados y el aire acondicionado a toda mecha. Voy de camino a los juzgados. Me demandaron.
―¿Que te qué?, ¿quién?
   Fred y yo ―su nombre era Alfredo, pero le llamábamos Fred, o Freddy, aunque se arriesgaba a que de vez en cuando alguno añadiera lo de Krugger― éramos propietarios de sendas sucursales de una empresa de muebles de cocina, de una franquicia alemana. A menudo teníamos que lidiar con algún que otro cliente tocapelotas. Aunque podía tratarse de cualquier otra cosa, oírle mencionar lo de la demanda hacía que sonara una campana en mi cabeza.
―Una vieja psicópata ―contesta.
―¿En serio? No digas más: una cliente.
―Como si la estuvieras viendo, ¿no?
―Y tanto; hace año y medio me tocó a mí, acuérdate. ¿Y qué le has hecho? ―le pregunto.
―Yo no le he hecho nada, Leo ―yo era Leo; me negaba rotundamente a que me llamaran Leocadio―, sólo que hay una diferencia de un milímetro en la alineación de las puertas de los armarios, ¿me estás oyendo? La mujer sacó un metro delante del chico montador, de Emilio, tú le conoces, que es un auténtico crack, y le mostró que había diferencias de un milímetro entre una puertas y otras.
―No te creo. ¿Te lleva a juicio por eso?
―No hubo manera de hacerla entrar en razón, Leo. Emilio estaba desquiciado, conteniéndose para no cargarse a la vieja. Tuvo que ir varias veces a su casa y ajustar las bisagras, porque seguía poniendo pegas. Imagínatelo con el metro en la mano, calculando milímetro arriba y milímetro abajo. Era ridículo.
   Yo me había puesto la mano en la boca para que no me oyera reír. A veces se daban situaciones de lo más rocambolescas con los clientes. El modo que tenía Fred de contarlo no tenía desperdicio.
―¿Y esa señora no tiene nada mejor que hacer que perseguir a Emilio con un metro?
―Exacto, nada. Es abogada; bueno, lo era, y está jubilada, ¿comprendes? Se aburre tanto que ahora se dedica a desparramar su talento como magistrada demandando a mi empresa porque los muebles de la puta cocina tienen un desajuste de un milímetro.
―Bueno, bueno, cálmate, Fred, y mira la carretera. A ver si al final vas a ir a juicio por darte una hostia contra una farola. Además, esa mujer va a hacer el ridículo.
―Eso no lo dudes. Pero me jode, como tú comprenderás. Nuestro trabajo y el de Emilio han sido impecables. Jodida perturbada... Bueno, perdona, tío. ¿Por qué me llamas?
―Pues... ¿estás solo en el coche?
―Solo, sí, ¿por?
―Porque voy a soltarte una gilipollez.
   Yo le contaba todo a Fred. Era un tipo de lo más leal, por lo menos para mí, y aunque pudiera parecer que era un bocazas, por su desparpajo en la manera de hablar, era realmente una persona de confianza, muy mesurada.
―Suéltalo. En cuanto termines lo tuiteo ―me dice.
―Me he enamorado.
   Se hizo el silencio. Bueno, no el silencio, quiero decir que pasó el tiempo, porque yo seguía esquivando gente, oyendo cláxones a mi alrededor y también un compresor de aire apostado en la acera, en los alrededores de una obra.
―Repíteme eso ―dice por fin.
Su suspicacia tenía su razón de ser, y una razón de peso. Yo había pillado, hacía algo más de seis meses, a mi novia en la cama con otro hombre. Freddy y yo solíamos acudir a exposiciones de muebles y de mejoras tecnológicas relacionadas con este mercado en algunos países centroeuropeos. Estábamos fuera uno o dos días, a lo sumo. En esta ocasión, tuve que volver desde el aeropuerto a mi casa a velocidad del rayo para coger una documentación que me había dejado atrás. A mi apartamento se podía acceder desde el garaje, por una escalera interior. Cuando vi un coche desconocido en mi plaza, no caí realmente en la cuenta, pero algo empezaba a cocerse en mi interior.
A los tortolitos no les dio tiempo de nada, ni a ponerse la ropa interior. Yo me quedé helado, con los ojos como platos. Oía la voz de ella, entrecortada, tratando de dar una explicación, ¡una explicación!, pero yo no oía nada, ni pude decir nada. Se me cayó el alma a los pies. Me dirigí como un autómata al cuarto que hacía las veces de despacho y cogí los papeles que necesitaba. Al regresar por el pasillo, me la encuentro apoyada en el umbral de mi dormitorio, envuelta aún en las sábanas, con el semblante más serio y compungido que le había visto nunca, mirando al suelo. Me salió un hilo de voz, pero más afilado que un cuchillo:
―Voy a estar fuera hasta el lunes por la tarde. Cuando vuelva, no quiero ver nada tuyo aquí ―le dije clavándole la mirada, sin pestañear, y sin apenas sangre en la cara, pálido como un folio.
   Antes de marcharme, eché un rápido vistazo al interior de la alcoba. Un hombre se subía los pantalones con cierta torpeza, el torso aún desnudo. No me considero un hombre demasiado temperamental, pero sé que en ocasiones la ira puede hacer que te conviertas en un energúmeno. Esta vez no iba a ser así: aquel hombre que se vestía con torpeza, visiblemente martirizado por encontrarse en aquella situación, era un auténtico armario ropero.
Conduje hasta el aeropuerto sin saber muy bien cómo, porque mi cabeza estaba en otra parte. «Hostias, ¿qué te pasa?», me dijo Fred en cuanto llegué a su altura, en la sala en embarque. Se lo expliqué todo. Desde ese día, me declaré enemigo acérrimo del sexo femenino. Podía comprender perfectamente su reacción mientras conducía de camino a los juzgados.
―Hace dos meses que nos vemos ―le digo―. No te cabrees, Fred, pero no quise decirte nada, porque te conozco. Pero ya no puedo mantener más el secreto. Se viene a vivir conmigo en dos semanas.
Silencio, vuelve a pasar un ángel. Después de unos segundos, por fin reacciona:
―Leo, ¿qué coño haces? ―me dice en un tono de lo más áspero. Su enojo estaba tomando las riendas. Sabía por todo lo que yo había pasado, lo que me costó sobreponerme a aquel palo. Le preocupaba que me metiera en otro berenjenal. Dejé pasar unos instantes más, continuando con el dramatismo, hasta que por fin me apiadé de él.
―¡Que es broma, hombre! ¿Pero tú estás loco? ―exploto en una carcajada―. ¡Ni de puta coña meto yo al enemigo de nuevo en mi casa!
―Mira que eres capullo... ―dice.
―Es broma, respira tranquilo. Me he echado un ligue, nada más, pero la historia te va a encantar, no te la vas a creer.
―Ya será menos, ¿no?
―¿Eso crees? ―le digo haciéndome el interesante. Y a continuación, le suelto―: Está casada, y su marido me la trae cuando quiero estar con ella.
Nueva pausa. Tras unos segundos, vuelve a reaccionar:
―Leo, no sé si es que acabo de pasar por una zona de poca cobertura o qué, pero dentro de mi coche te he oído decir que su marido te la trae para que esté contigo ―me dice, sabiendo que ha escuchado perfectamente.
―La cobertura es impecable, Fred. Y no sólo me la trae, he tenido que saludarle.
Otra pausa, creo que más larga que la anterior.
―Tenías razón, me está encantando la historia. La madre que me parió. Explícame eso que acabas de decir. ¿Dices que saludaste a su marido cuando «te la trajo»?
―Es que es muy fuerte, Fred. Pero, oye, el jueves te veo, ¿no? Te lo cuento el jueves, ¿te parece?
―Joder, me dejas con la miel en los labios, pero vale, mejor, porque entre la alienada de mi cliente, que me tiene hablando solo, y ahora la historia de tu ligue me voy a terminar empotrando contra un semáforo ―me dice―. Por cierto, esta vez me vendrá de miedo vapulearte. Con alguien tendré que descargar la ira acumulada por culpa de la letrada psicópata, ¿no?
Dos veces en semana íbamos a un polideportivo para echar un partido de frontón. Aunque, más que «echar un partido» debería decir «hacer de sparring», porque me daba unas tundas espectaculares. Fred era un auténtico martillo pilón.
―Ok, nos vemos a las seis, como siempre ―concluyo.
―Venga, hasta el jueves. Deséame suerte.
―No te hace falta. Esa mujer va a hacer el ridículo, y los jueces se van a cagar en ella por hacerles perder el tiempo con gilipolleces.
―Amén, Casanova.
Y el jueves se lo conté todo. La había conocido por internet. Vivía en un barrio de Vicálvaro ―yo era de Torrejón de Ardoz, a unos 25 minutos de su casa―. A decir verdad, yo seguía muy resentido con las mujeres. Había entrado en internet simplemente para echar el rato y ver si podía buscarme algún ligue, nada de compromisos. La sola idea de implicarme emocionalmente con una chica me producía urticaria. De modo que entré en contacto con Alicia, que así se llamaba. Empezamos a charlar un rato cada noche. Me ponía el portátil en la falda, sentado en la chaise-longue de mi salón, ponía la tele, abría el paquete de doritos, llenaba un pequeño bol con salsa barbacoa, y nos pasábamos el rato contándonos tonterías o comentando las evoluciones del desquiciado de Víctor Sandoval en Supervivientes.
Reconozco que en un principio lo único que yo quería era ligármela y tener sexo con ella, pero la chica me pareció muy simpática. Hablaba muchísimo. Sin darme cuenta, me vi abriendo el ordenador por las noches excitado por la idea de pasar un rato charlando. No es que se me diera especialmente mal vivir solo, apenas habían pasado siete meses desde que sucedió aquello con la zorra de Raquel y con el armario empotrado que se revolcó con ella en mi cama, pero ya me iba apeteciendo tener algo de compañía.
Cuál fue mi sorpresa cuando me dijo que estaba casada y que además tenía una niña. Conversábamos a través de un chat:
―Pero... ¿estás separada, entonces?
―No, no, estamos juntos ―me dice divertida, encantada de verme sorprendido.
―Pues no acabo de entenderlo. ¿Y qué haces entonces hablando conmigo? ―le pregunté yo, más excitado que otra cosa ante la idea de tener un rollo con una chica casada. Esta súbita barrera emocional que se establecía entre ella y yo me permitía relajarme todavía más. Era un punto a su favor y otro más en el mío, pues yo padecía de misoginia transitoria.
―Puedo hablar con quien yo quiera, no pasa nada.
Yo estaba desconcertado. En mi mente, trataba de organizar este puzle llamado Alicia y su familia.
―¿Con quien «tú quieras»? ―volví a preguntar, entrecomillando las palabras.
―Sí ―me dice uniendo la sílaba con un emoticono sonriente. Ella estaba encantada contándomelo.
―¿Él está ahora en casa?
―Claro, está aquí, en el salón.
Ella debía estar disfrutando de lo lindo, porque yo no entendía nada.
―Pero... ¿está ahí, contigo? ¿Sabe que hablas conmigo ahora?
―Que sí, no pasa nada, puedo tener mis amigos ―me vuelve a repetir. No supe, en ese momento, si esa palabra, "amigos", en masculino, se refería sólo a chicos.
Ok, de acuerdo ―pensé―, se trata de una pareja liberal que vive su sexualidad abiertamente. Ella puede charlar con quien quiera y él, otro tanto de lo mismo.
―Ya veo... ―le digo―. Sois una pareja abierta, ¿no?
―No exactamente ―me escribe―. Es una historia un poco larga de contar.
―Soy todo ojos ―tecleo.
Por lo visto, su marido le planteó en su momento que le gustaría verla teniendo sexo con otro hombre. La revelación la cogió totalmente de sorpresa. No fue algo que esperara, ni mucho menos. Él llevaba teniendo esa fantasía desde hacía mucho tiempo, y no sabía cómo planteárselo. Su primera reacción, la de ella, fue un "no" rotundo. Es más, fue un drama. «Pero, ¿es que entonces no me quiere?», fue lo primero que le vino a la cabeza.
Pero él continuaba fantaseando a diario con la idea. Ella, con el tiempo, no tuvo más remedio que ceder, pues él le seguía insistiendo. A partir de ese día, él inició la búsqueda de un "candidato". Se metía en páginas de contactos, en chats y foros relacionados con esta temática, y mantenía conversaciones con algunos chicos. No era nada fácil, en la red hay mucho pervertido, y el perfil que ellos necesitaban no abundaba en absoluto. Cuando el marido encontraba a alguien que parecía encajar con sus preferencias, intervenía Alicia. Ella, a regañadientes, charlaba con el posible candidato y averiguaba la impresión que le transmitía.
La empresa no parecía llevar a ninguna parte, porque Alicia se limitaba a charlar con los chicos, eternizando las conversaciones, y no terminaba de "aceptar" a ninguno. Pero a su marido se le agotaba la paciencia, así que ella debió acotar un poco su nivel de exigencia. La primera vez, se decidieron por un profesor de instituto que parecía muy educado y que la hacía sentir muy cómoda. Pero antes de concertar la deseada "cita", necesitaban pasar por un trámite previo, y era reunirse los tres en un ambiente distendido, cara a cara, para comprobar si se daba el buen feeling. Alicia me lo explicó otra noche a través del chat:
―Solemos quedar en un bar de copas, o una terraza. La primera vez, con aquel profesor, yo estaba muy nerviosa. Una cosa era hablar con esos chicos a través de internet o por whatsapp, y otra muy distinta era tenerlos delante de mí y de mi marido, sobre todo teniendo en cuenta cuál era el objetivo de nuestra reunión.
Yo leía perplejo, y no puedo negar que la situación me producía un morbo del carajo.
―Sigue, te leo ―le decía yo, excitado como una moto.
―Pues eso, charlábamos durante un rato, tomando unas copas. Mi marido es una persona muy agradable, ¿sabes?, muy tolerante. Pero es más reservado que yo. Yo hablo mucho más que él, pero necesito sentirme cómoda. Con este chico, el profesor, hablé durante semanas, primero por chat y luego por whatsapp. Cuando siento que son mis "amigos", por decirlo de algún modo, puedo dejarme llevar. Es como que me siento más cómoda de esa manera. Es lo único que le exijo a mi marido, y ha tenido que respetarlo. Si me presiona, me bloqueo ―me dice. Había tomado carrerilla―. Y así fue como tuvimos nuestra primera experiencia con este chico. Yo estaba muy nerviosa, como te digo, pero, por suerte, pudimos romper el hielo y comencé a hablar. Y al final, ¡la única que hablaba era yo! Mi marido se había quedado casi al margen, ¿sabes? Éramos como dos amigos charlando y un tercero que nos observaba. Ahora que lo pienso, es la misma situación que cuando tenemos sexo: nosotros interactuamos y él nos mira. Aunque yo a veces le invito a que participe, ¿sabes?
Pues no, no lo sabía. Si ella hubiese estado a mi lado contándome todo aquello, habría visto que la boca me llegaba al suelo y que las babas habrían hecho un pequeño charquito a mis pies. Menudo morbazo. Ella seguía contándome:
―Se portó genial conmigo, era un chico muy educado.
―¿Era? ―le apunto―. ¿Ya no le has vuelto a ver?
―Hace meses que no. Hemos tenido dos "encuentros", pero ya sabes, a mí me cuesta mucho. No te lo he dicho, pero para mí fue muy traumático. Ahora te lo estoy contando con mucha naturalidad, pero fue muy doloroso para mí. Lloré mucho, ¿sabes? No lo entendía, seguía pensando que no me quería. Y hasta que accedí a este primer encuentro lo pasé fatal. No puedo decir que mi marido me forzara, pero yo me sentí casi obligada. Insistía tanto que al final cedí, pero me sentía muy martirizada.
―Qué fuerte ―escribí, por decirle algo, pero yo apenas podía creer lo que me contaba―. ¿Cómo es que seguía insistiéndote viéndote pasarlo tan mal? Se me hace difícil asimilarlo.
―No lo sé, debe ser una obsesión que tiene. Nunca fue exigente conmigo, ¿eh?, quiero decir, nunca se enfadó o me amenazó ni nada parecido. Trató siempre de mostrarse comprensivo, paciente, pero no dejaba de proponérmelo. Supongo que es algo que le excita tanto que no puede evitarlo.
―Comprendo ―le digo―. Bueno, continúa. Dices que era muy educado.
―Sí, sí, me hizo sentir a las mil maravillas. Era muy detallista. Quedamos en su casa, y había preparado las cosas para que fuera todo muy agradable. En el dormitorio donde, supuestamente, iba a tomarme a mí ―lo escribió tal cual, "tomarme"; yo la leía con una erección de campeonato―, había colocado velas y había puesto algunos ramos de flores frescas. Todo fue muy "suave". Tuvimos primero una pequeña charla distendida, los tres, tomando un refresco, y luego ya... ocurrió.
―Ya... ―le digo. Yo en este punto me estoy comiendo las uñas, y había comenzado a tocarme la entrepierna mientras me lo contaba. No se lo dije, por supuesto. Yo la instaba a que continuara―: ¿Y cómo empezasteis? Quiero decir, ¿cómo hicisteis para dar paso al... sexo?
―Fue allí mismo, en el salón. Como te digo, la escena sexual es como una continuación de la charla. Mi marido va participando cada vez menos hasta que termina guardando silencio y se limita a observar. El chico llevaba la iniciativa. Yo me dejé llevar. De modo que él empezó con las caricias, allí mismo, en el sofá, luego los besos, etc., hasta que me llevó al dormitorio, donde estaba todo acondicionado como te dije.
Yo trago saliva. Con mi miembro en la mano, pienso que Megan Maxwell no habría encontrado un argumento con esta potencia morbosa ni proponiéndoselo. A medida que la oía, iba aflorando en mí el pervertido sexual:
―Y tu marido... ¿se masturba mientras les observa?
―Él es muy cuidadoso, se mantiene al margen. Yo casi logro olvidarme de él, ¿sabes? De hecho, es así cuando mejor van las cosas. Pero sí, él se masturba. Y en alguna ocasión le hago una señal para que se acerque, para que participe. Pero bueno, esto es más bien una cosa mía. A él lo que le excita es mirar cómo me poseen.
Tuve que limpiarme muy rápido los dedos para poder seguir tecleando sin que sospechara nada. Me había corrido y me había pringado todo de semen.
―Ya veo ―logré escribir, recomponiéndome rápidamente―. Pues vaya con la historia, ni en mis mejores fantasías. Oye, tiene un morbo tremendo, lo sabes, ¿no?
―Claro que lo sé. En cierta manera, yo me he acostumbrado. Sigo haciéndolo a regañadientes, pero cuando ya estoy metida en situación, puedo disfrutar de ese morbo.
―Pues menos mal que es así. Me resulta difícil imaginarte en esas situaciones si no disfrutaras lo más mínimo. Sería una tortura, ¿no?
―Supongo que sí. Por eso yo no quedo con nadie hasta que siento que es como un amigo más, hasta que me siento muy cómoda.
―Ajá, creo que voy entendiendo ―le escribo.
Fred me miraba perplejo, apoyado en la pared y con la raqueta debajo del sobaco. El sudor se le había secado casi por completo de la cara. Yo había empezado a contarle la historia entre raquetazo y raquetazo, pero le tenía tan sorprendido que no daba una. Decidió parar un momento y apoyarse en la pared para prestarme toda la atención. Cuando hube terminado, me quedé mirándolo a la cara sin decir una palabra. En vista de que él no reaccionaba, y de que la expresión de pasmo parecía que ya no iba a abandonarle nunca más, le digo:
―Ya está, eso es todo.
Seguía callado, con la mano sujetándose la barbilla. Por fin, abre la boca:
―¿Y te parece poco? No me lo puedo creer...
―Yo estaba igual que tú, tío. No podía creer lo que me estaba contando.
―Hay gente para todo ―me dice abstraído, negando con la cabeza.
―Desde luego.
Se despega de la pared, da unos pasos como un autómata, mirando hacia el suelo, rascándose la barbilla con una mano, se detiene, gira la cabeza y me dice:
―¿Y qué hostias fue eso que me dijiste sobre que tuviste que saludar a su marido cuando «te la trajo»?, ¿es que tiene complejo de cigüeña?
―Pues exactamente eso, que «me la trajo». Yo les estaba esperando en la acera y ellos se acercaron en su coche. Tuve que acercarme a la ventanilla, saludar a su marido, que me tendió la mano, muy amable, e intercambiar unas pocas palabras con él, porque había traído a su mujer para que pudiera pasar una relajada velada conmigo.
El rostro de Freddy volvía a tomar el aspecto de la cera, y su boca corría serio peligro de acoger a más de una mosca. Yo volví a tomar la palabra:
―Ella tiene carné, y conduce, pero lo hace muy poco. Dice que le da miedo. Es como un pajarillo indefenso, ya te lo contaré. Su marido la lleva y la trae la mayoría de las veces, a todas partes. Sólo que en estos casos, aparte de por las mismas razones, también lo hace por el morbo. Le excita la idea de ver al hombre que va a estar con ella, de "entregársela". Es algo muy perverso.
―¡Me cago en la hostia! ―me dice sacudiendo los brazos―. Joder, es para mear y no echar gota, ¡menudo cachondeo! Por cierto, ¿cómo es ella? ―me pregunta. Su curiosidad empezaba a ser también morbosa. Le conté lo que sabía.

***
  
Por lo que me había contado hasta ahora, ella trabajaba en una pequeña editorial haciendo tareas de maquetación y alguna que otra corrección de los manuscritos. Era filóloga en hispánicas. Antes de vernos la primera vez, ya nos habíamos enviado algunas fotos. Me sorprendió mucho su físico, parecía un juguete. Tenía 37 años, pero con cuerpo de niña: medía 1'52 y era relativamente delgada, pero con unas formas redondeadas que me encantaban. ¿Que si nos enviamos fotos desnudos? Pues sí, algunas. Tenía el pecho pequeño y firme, y un trasero que me puso los dientes largos de inmediato. Llevaba el pelo algo más abajo de los hombros, ondulado, color castaño oscuro y cortado de manera escalonada. Tenía los ojos de un verde muy claro, tirando a limón a medio madurar. Tremendos. Era de piel blanca, salpicada por algunas pecas y lunares aquí y allí. Tenía uno justamente en el cuello, al lado de la garganta, que pensé que yo debía morder tarde o temprano: resultaba de lo más sexi.
En resumen: me había entrado por los ojos como un disparo. Y, por lo que me contaba, yo también le gusté, aunque ella no se prodigaba mucho en este tipo de cosas. Su principal objetivo era siempre congeniar con el chico al que conocía, sentirse cómoda con él, entablar "amistad".
Verla en vivo confirmó mis expectativas con creces: era un juguete de carne y hueso. De su cuerpo emanaba una cierta fragilidad que despertaba en mí, y seguramente en cualquier hombre, la necesidad de protegerla. No sólo por las dimensiones meramente físicas, sino por su personalidad: te daba la sensación de que tenías que cuidarla. También hacía que aflorase en mí los deseos más lujuriosos, todo hay que decirlo: me daban ganas de comérmela, literalmente. Era como un helado de vainilla doble, regado con ralladuras de chocolate y tofe. (Sus pecas y lunares debían estar colándose furtivamente en la evocación de esta imagen.)
Fred quería seguir indagando. Desistimos finalmente de jugar el partido de frontón que habíamos empezado y nos sentamos en los escalones de la grada. Nuestros pantalones cortos, sudados, dejaron una marca oscura en el cemento. Me dice:
―Bueno, Leo, y ahora al grano: ¿qué es lo pretendes hacer con ella?
A mí me salió una sonrisa maliciosa. Era una pregunta obligada.
―Fred, no voy a engañarte: me pone muchísimo, y creo que me pone todavía más por el morbo que me produce todo esto. Pero, aunque no fuera así, ella me gusta. Es una chica muy simpática, en serio. Y además está muy buena ―le digo levantando las cejas y enseñándole mi dentadura. Sólo faltaba que asomaran dos colmillos afilados y un hilillo de sangre corriéndome por la barbilla.
―Pues nada, yo no veo el problema. Desde luego no vas a tener líos de tipo emocional ―me dice guiñándome el ojo.
―¡Cero patatero! ¿A que es perfecto? ―le digo echándole el brazo sobre el hombro y zarandeándolo.
―Menudo crápula estás hecho ―me dice dándome con las cuerdas de su raqueta en la rodilla―. Por cierto, ¿cuántas veces has quedado con ella? ¿Qué han hecho hasta ahora?
Se lo conté. Sólo habíamos quedado tres veces, y no había «pasado nada» hasta el momento. Sólo quedábamos para tomar algo, para seguir charlando. La mayor parte de las veces yo le seguía preguntando acerca de su acuerdo con su marido, me generaba mucha curiosidad todo ese asunto.
En la última cita, me contó que las cosas habían tomado un camino inesperado para ella. Aunque su marido le seguía proponiendo que charlara con tal o cual chico, porque le había parecido simpático, ella había tomado por su cuenta el hábito de conversar con los que ya conocía y que la hacían sentir bien, aparte de entrar por su cuenta en otros foros y salas de chat ―que fue precisamente como me conoció a mí―. Él podía estar viendo la tele, por la noche, y ella dedicarse a conversar con "sus amigos". A mí me estaba dando la impresión de que era una chica con bastante falta de afecto. Creo que Fred empezaba a verlo como yo. Me dice:
―Me parece a mí que el pajarillo siente un poco de frío en su nido.
―Yo juraría que sí ―le digo.
Le conté que la última vez que nos vimos, nos fuimos la tarde de un sábado al Parque del Retiro. Yo seguía pensando en ella sexualmente, aunque no todo el tiempo. Me excitaba mucho su físico, pero también me sentía muy cómodo con ella. Por decirlo de alguna manera, nuestros encuentros eran una extensión de nuestras charlas a través del chat. Sin embargo, esa tarde, paseando por el parque, hubo una nueva conexión que no se había dado hasta ese momento. Mientras charlábamos bajo la arboleda que circundaba el Palacio de Cristal, nos sorprendimos caminando uno junto al otro, yo con mi brazo sobre su hombro, acariciando de vez en cuando su cuello y su mejilla con la yema de mis dedos, y ella sujetándome por la cintura. Las risas y las bromas se amortiguaron un poco, y emergió, por lo menos en mí, esa especie de cosquilleo que surge con el roce de la chica que nos interesa: me sentía muy excitado.
Traté de hacer comprender a mi amigo el clima o la complicidad que se había creado entre los dos. No sé si era por esa sensación de fragilidad que me transmitía, o sencillamente por su forma de ser, pero rememorando ese día pensé que parecíamos dos adolescentes. En cierto momento de nuestro paseo ―le contaba yo a Fred―, surgió el tema de qué película escoger para pasar una tarde en mi casa:
―Bueno, ¿qué me dices? ―le pregunto mientras caminamos cogidos de la mano, balanceando los brazos―. Podemos ver algo relajante, no sé, alguna de Tarantino o de Scorsese ―le digo sin lograr retener la risa. Ella suelta una carcajada y me contesta con su vocecilla:
―Vale, por mí muy bien. Nada mejor para relajarse que una del psicópata de Tarantino ―añade riéndose, achinando los ojos. Hablaba con una vocecita cantarina, como de niña, que me resultaba de lo más curiosa―. ¿Qué te parecería Django? Me han dicho que hay una escena en un salón en la que la sangre brota de los cuerpos tiroteados como si fueran globos que van reventando uno a uno.
―¡La he visto! ―le digo haciendo que se detenga, mirándola de frente―, y esa escena es un disparate, es exactamente como dices. ¿Tú la has visto?
―No, ni pienso verla ―me contesta―. No soporto las películas violentas ni de terror ―añade arrugando en rostro―. Yo había pensado en una que ya he visto, pero que no me importaría ver de nuevo, me encanta. Creo que te podría gustar.
A mí se me encendió la bombilla roja de inmediato: me iba a proponer una romántica.
―Me temo lo peor  ―le digo―: dispara, pero no seas demasiado cruel.
―Que no seas tonto. ¿Te gusta Anne Hathaway?
―Como actriz, sí. Físicamente, no tanto. Tiene las facciones excesivamente grandes, ¿no te parece?
―A mí me parece guapísima. Bueno, pues es la protagonista. La película se titula Amor y otras drogas. ¿La has visto?
Yo me quedo mirándola con el semblante recto, haciendo una mueca con los labios, y le digo con sorna:
―Vaya, qué mal pensado soy, estaba totalmente descaminado.
―¡Que no seas tonto!, en serio. No es lo que piensas. Está muy bien.
―Que sí, mujer, que no me importa ―le digo, resignado―. Pero si me quedo dormido no me despiertes, ¿vale? ―Ella me da con el puño cerrado en el estómago. Yo reacciono encorvándome, sujetándole la mano, haciéndola girar sobre sí y atrayéndola hacia mí, su espalda contra mi cuerpo, abrazándola, y pellizcándola aquí y allí, como si se tratara de una niña―. Bueno, pues Hathaway se ha dicho.
Cuando miro a Fred, noto que me observa un poco perplejo, extrañado, y con una mueca de fastidio, diría yo. Duda unos instantes antes de abrir la boca, como no queriendo enredarse en una conversación que podía incomodarnos a los dos:
―Pero, oye, Leo, ¿ella sabe que tú quieres tener sexo?
―Pues claro que lo sabe, desde el minuto uno. Es que hay algo que todavía no te he contado ―le digo. Él suelta un pequeño bufido.
―La virgen, ¿ hay más aún? ―me dice irguiendo el torso.
―Cálmate, que esto no es para tanto. Lo que ocurre es que una cosa ha llevado a la otra, y ella ha tenido encuentros sexuales con algunos chicos sin que interviniera su esposo, sin que estuviera de espectador, quiero decir. Él la llevaba en su coche, como siempre, y ella pasaba la tarde en casa de alguno de ellos. Finalmente, sucedía lo que tenía que suceder.
―Que acababan en la cama.
―Premio.
―Joder. ¿Y dices que es un pajarito?, ¿estás seguro de que no tiene pinta de loba o de monstruo de las galletas?
Yo solté una carcajada, pero no me cabía ninguna duda de lo equivocado que estaba.
―Fred, si la vieras te sorprenderías: es un dulce, una compota. Me sorprende su fragilidad cada vez que la veo. Sinceramente, creo que, de rebote, ha encontrado la manera de conseguir un poco de afecto. No voy a marearte con los detalles, pero me temo que la relación con su marido no es todo lo "cálida" que una mujer desearía.
―Creo que me hago una idea ―me dice, y después de meditar unos segundos, de abstraerse y regresar de nuevo al momento presente, me suelta como despertando de una revelación―: Oye, ¿ella quiere tener sexo contigo?
―Eres bueno, ¿eh? ―le digo con una amplia sonrisa―. No, ella no va buscando eso, ni conmigo ni con ninguno de sus "amigos". Cuando ha sucedido, ha sido porque ella se ha dejado llevar, porque se sentía cómoda. En fin, te traslado sus palabras, yo no estoy en su cabeza. Después de aquella última cita, cuando le propuse que viéramos una peli en mi casa y pasáramos la tarde, lo primero que me dijo fue que le gustaría, pero que no iba a haber sexo. ¡Las mujeres son la leche!
―Leo, ¿te cuento una cosa? Las mujeres piensan que la leche somos nosotros ―me dice dándome una palmada en la espalda, guiñándome un ojo.
―Algo he oído decir. Pero están equivocadísimas, ¿verdad? Todo eso de que sólo pensamos con el pito y ese tipo de disparates... ―le digo frunciendo el ceño, haciendo la pantomima.
―Sí, están locas. Menuda especie ―me dice él, siguiéndome la broma. Luego, volviendo al tercio anterior, añade―: Bueno, entonces, ¿la verás en tu casa?
―Eso parece, el sábado que viene, si nada lo impide.
―¿Te la "traerán"?
―Ni más ni menos. Pero esta vez subirá ella solita hasta mi piso. No pienso acercarme al coche a saludar a la cigüeña ―concluyo dándole una palmada en la rodilla y levantándome de la grada. Nuestros traseros dejaron en el cemento dos marcas de humedad idénticas, como dos manzanas partidas por la mitad.
Nos fuimos a los vestuarios, agotados de darle a la lengua, y regresamos al trabajo duchados y perfumados.
Mis charlas con Alicia continuaron casi cada noche...

NOTA: Si desea leer el relato completo, puede dirigirse al enlace que se indica a continuación.

➖➖➖➖➖➖➖➖➖➖➖

Estimado lector, el fragmento del relato que acaba de leer forma parte del eBook que aquí le presento. Se trata de 11 relatos eróticos cargados de morbo (incluido el relato Sexo en la P27, que puede leer completo como muestra) que han obtenido una fantástica acogida entre el público, y que ahora están recopilados y a su disposición en Amazon. Disfrute ahora mismo de esta y otras excitantes escenas haciendo clic aquí y adquiriendo este eBook por tan sólo 0'99€.


8 comentarios:

  1. ¿Tiene pinta de haber una tercera parte no? escribes muy bien y describes todas las escenas con todo detalle. Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El final deja abierta esa posibilidad. Veremos qué ocurre. ;) Muchas gracias por tus palabras, María del Carmen. Un abrazo.

      Eliminar
  2. Creo que le quedo gustando Alicia será que se enamorará?? Jummmmm que allá una 3parte

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Todo es posible. Se les veía muy bien juntos. ;)

      Eliminar
  3. Muy bueno el relato, me ha gustado como no sólo te centras en la parte sexual de la historia, sino que te recreas en la anticipación del folleteo.
    Me ha gustado también la expresión "entrar por los ojos como un disparo". Te la voy a plagiar, je,je,
    Un saludo,

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Juan. En este último relato ha habido un pequeño cambio de registro, más personajes, una trama más larga, etc. Bueno, mientras sólo me plagies alguna frasecilla... :) Saludos.

      Eliminar
  4. Mmmmhhhhhh..... Una tercer parte pliiisssss...... Me encantaría llevarlo a abonar..... Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jajaja, gracias, Beatriz. Tendré que pensar detenidamente en esa tercera parte. ¡Hay mucha demanda! Saludos.

      Eliminar