jueves, 10 de noviembre de 2016

Gemidos en el despacho

El ambiente del cuarto estaba sobrecargado. Llevábamos horas preparando un proyecto para un simposio sobre el autismo, sentados uno junto al otro delante del ordenador. No me di cuenta hasta que salí del despacho para dirigirme al baño. Eran ya cerca de las once de la noche. Los demás compañeros del gabinete de psicopedagogía donde trabajábamos ya se habían ido a sus casas.
―Yo no puedo más ―le digo irguiéndome en la silla, masajeándome el cuello. ―¿Lo dejamos por hoy? Ya no sé ni lo que leo.
―Venga, mujer, sólo un par de horas más ―me dice frunciendo el ceño, mirándome como solía hacer, fijamente.
―¿Un par de horas más?, ¿pero tú qué es lo que tomas? ―le digo usando ese tonillo de indignada que no me creía ni yo misma y que solía emplear con él. Ya nos conocíamos demasiado bien. Al pronunciar la frase, su cara impostada de cascarrabias dio paso de inmediato a una amplia sonrisa. Le encantaba incordiarme. ―Quédate tú, si quieres. Me voy a hacer un pis y recojo.
Al traspasar el umbral, noté el aire más fresco y limpio, libre de las emanaciones con que nuestros cuerpos tibios habían inundado el despacho durante horas. El contraste me dio en la cara.
―No dejes abierta la puerta del baño ―me dice―, como haces siempre, que no quiero oír tus chorritos de alivio.
Me quedo parada en el pasillo. «¿Como hago siempre? ―pienso para mí―, ¿pero qué está diciendo este energúmeno?» Doy media vuelta y estoy a punto de regresar al despacho cuando caigo de nuevo en la cuenta de que ha puesto en modo "on" su maquinaria pesada para sacarme de quicio. Estoy a punto de soltar una carcajada pero me reprimo. Me llevo la mano a la boca, sofocando la risa, y vuelvo a dar media vuelta para dirigirme al baño. Cuando logro recomponerme, le suelto mientras camino:
―Tranquilo, que ya la cierro. Es que yo pensaba que te gustaba oírme... ―le digo sin poder evitar reírme, mordiéndome el labio cuando hube terminado la frase.
Dentro del baño, con las bragas en las rodillas y la falda remangada, no puedo evitar sentirme algo inquieta, para mi sorpresa, por que él pudiera estar oyendo «mis chorritos de alivio». Me cruzaban por la mente pensamientos absurdos. Diego tenía la habilidad de ponerme "nerviosa" con sus tonterías. 
A menudo, cuando yo trabajaba en el ordenador y los demás compañeros estaban en sus despachos enfrascados en sus trabajos, atendiendo a algún niño con problemas de dislexia o de atención, Diego aprovechaba para acercarse al mío y ponerse a observar por encima de mi hombro, muy serio, el texto que yo tenía a medio redactar. Sin decir una palabra, acercaba su dedo índice a la pantalla, tieso como una flecha, y me hacía notar el error de ortografía, de semántica, de puntuación o cualquier otra cosa que le sirviera para incordiarme. Yo soltaba un bufido, y a continuación le decía algo como:
―¿Por qué no te metes el dedito donde te quepa, guapo?
―Yo sólo intento ayudar ―seguía diciendo muy serio, haciéndose el agraviado.
―Sí, ya, claro, por supuesto. Anda, niño, métete en tus cositas ―le decía yo, empujándole, sin ninguna convicción. Él se quedaba allí, apoyado en el respaldo de mi sillón, mientras yo trataba de seguir escribiendo, cada vez más "nerviosa". Yo tenía mis razones para estarlo.
―Muy bonito ese color ―me soltaba. Yo me quedaba descuadrada un momento, hasta que lograba encajar el comentario.
A mí sí que me subía el color y el calor hasta las orejas. Yo trataba de no despegar la mirada de la pantalla, ruborizada. Se refería a mi sujetador. Tenía la manía de mirarme el escote desde arriba y decirme estas tonterías.
―Me alegro tanto de que te guste ―le decía yo, aparentando hastío, como si estuviera de vuelta de todo, pero ¿a quién iba a engañar?
―Sí, sí, muy bonito ese azul pálido, por no hablar del encaje. ¿No crees que se te ve demasiado?
«Me lo cargo», pensaba yo para mí, tirando instintivamente hacia arriba de la solapa de mi camisa de cuello, sin mangas, color salmón, que me había puesto ese día. Después, volvía a empujarle para que se fuera:
―Anda, bonito, vete a decirle a tu tía la ropa que tiene que ponerse ―y él se marchaba, partiéndose de risa.
Por culpa de estas tonterías, me vi en más de una ocasión delante del espejo, antes de salir para el gabinete, por la mañana, pensando si se percataría de mi nuevo modelito. «¿Será posible?», pensaba yo para mí.
En el baño, aún inquieta, y con las bragas en las rodillas, cojo un trozo de papel y me limpio. Tiro de la cadena, abro la puerta y me dirijo al despacho. Al traspasar el umbral, el ambiente cargado vuelve a invadirme: el cuarto huele a nosotros. Con paso perezoso, camino inconscientemente hacia la silla que había ocupado minutos antes, pero algo me detiene. Es su cara. Está mirando fijamente a la pantalla, con el rostro inmóvil, muy serio. Me quedo parada en medio de la sala.
―¿Qué te pasa?
Él no se inmuta, y tampoco me contesta. Sigue mirando la pantalla, concentrado, los ojos muy abiertos.
―¡Eh, niño!, ¿qué te pasa? Estás muy serio.
En vista de que no me contesta, avanzo unos pasos por el despacho y me asomo a la pantalla del ordenador. Quiero ver qué es eso que le tiene tan abstraído. ¿Y con qué me encuentro?
―¡Pero qué haces!, ¿estás loco? ―le digo con la boca abierta, echándome instintivamente hacia atrás, como alejándome de una fuente de infección. Estaba viendo una película porno, ¡en el despacho! Yo me llevo la mano a la boca y noto una ráfaga de calor invadiéndome el cuerpo. El corazón se me acelera por momentos. ¿Y qué hace él? Sonríe abiertamente, borrando de un tirón su expresión de seriedad, y me dice:
―¿No querías relajarte? Pues esta me parece una forma estupenda.
Por un segundo, no sé cómo reaccionar, sigo con la boca abierta, bloqueada ante la escena. Aunque nunca sé si se me nota, sé perfectamente cuándo me sucede, y en ese preciso momento sentí cómo el rubor invadía mis mejillas. No supe dónde meterme. El corazón me batía con redobles. Decido irme al pasillo, sofocada. Mientras me alejo, veo que él no se mueve de la silla y sigue mirando la película, impasible. Ya en el pasillo, trato de respirar el aire limpio, hacerlo penetrar dentro de mí con la esperanza de recobrar la serenidad y "desintoxicarme" del ambiente viciado del despacho. Pero es en vano. La escena me atrae como un imán. Además, Diego no me facilita las cosas. Desde el pasillo, oigo que me dice:
―¿Quieres calmarte? No es más que un entretenimiento inofensivo.
Yo sigo acelerada, caminando arriba y abajo. Le digo:
―Desde luego, vaya un entretenimiento para practicarlo en mi despacho ―le digo excitada. La acústica del pasillo hace que mi voz parezca como salida de una cámara de resonancia.
―Pues yo no veo qué tiene de malo.
Sigo nerviosa, dando pasitos inquietos adelante y atrás. Desde allí, creo escuchar lo que parecen ser jadeos, concretamente los de una mujer que parecía estar pasándoselo «muy bien». Ese sonido me enciende, espolea mi pulso y mi curiosidad morbosa, haciendo que me fuera aproximando cada vez más a la puerta...

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5 comentarios:

  1. Excelente narrativa!!! Los detalles son exquisitos!!! Me encantaron los personajes!!! Excelente entrega!!! Felicitaciones!!!

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    1. Muchas gracias, Chapu. Te recuerdo de Facebook, ¿cierto? Me alegro de que te haya gustado. Y muchas gracias por el comentario. Un saludo.

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  2. Uufffff madre mía. Que erótico. Me encantaría llevarlo a cabo....

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    1. Me alegro que te guste, Beatriz. Esta escena me fue sugerida por una amiga. ¡Tiene muy buen gusto! Un saludo.

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