sábado, 17 de diciembre de 2016

En el cielo con Bogart (relato)

 La luz blanca de la mañana entraba franca a través del cristal, iluminando la habitación. Un rayo tibio chocaba directamente contra una esquina de la pared, cambiando el color celeste de la pintura. Lo busqué con mi cuerpo y lo hice tropezar contra mi camisa, a la altura del pecho. Sentí cómo calentaba la tela y me producía una sensación agradable en la piel. Yo estaba de pie, frente a la cama, masticando, mirando por la ventana cómo el mar trataba de lamer con su lengua azul y blanca la fachada de los edificios de la playa.  
―Quiero queso.
Mi pensamiento se detuvo. Mis ojos, que reposaban perezosos sobre el vaivén de las olas, ligeramente entornados, se abrieron con sorpresa, como cuando escuchamos un sonido extraño que desentona con el lugar donde uno se encuentra. En el tiempo que llevaba allí acompañándola, apenas había­mos hablado. Además, la voz que escuché no era suya, o no parecía suya. Volví la cabeza. Su expresión y su tono de voz eran los de una niña, a pesar de que tenía sesenta y nueve años. Desconcertado, necesité tomarme unos segundos para comprender qué estaba pasando. Se me quedó mirando, divertida, esperando mi respuesta. Mi primera reacción fue echar un rápido vistazo a la bandeja de la comida que había traído la enfermera hacía unos veinte minutos, la que aún reposaba en la mesa plegable, a un lado de la cama. Casi no había comido, aparte de que le era prácticamente imposible tomar nada sólido. Lo vomitaba enseguida.