sábado, 17 de diciembre de 2016

En el cielo con Bogart (relato)

 La luz blanca de la mañana entraba franca a través del cristal, iluminando la habitación. Un rayo tibio chocaba directamente contra una esquina de la pared, cambiando el color celeste de la pintura. Lo busqué con mi cuerpo y lo hice tropezar contra mi camisa, a la altura del pecho. Sentí cómo calentaba la tela y me producía una sensación agradable en la piel. Yo estaba de pie, frente a la cama, masticando, mirando por la ventana cómo el mar trataba de lamer con su lengua azul y blanca la fachada de los edificios de la playa.  
―Quiero queso.
Mi pensamiento se detuvo. Mis ojos, que reposaban perezosos sobre el vaivén de las olas, ligeramente entornados, se abrieron con sorpresa, como cuando escuchamos un sonido extraño que desentona con el lugar donde uno se encuentra. En el tiempo que llevaba allí acompañándola, apenas había­mos hablado. Además, la voz que escuché no era suya, o no parecía suya. Volví la cabeza. Su expresión y su tono de voz eran los de una niña, a pesar de que tenía sesenta y nueve años. Desconcertado, necesité tomarme unos segundos para comprender qué estaba pasando. Se me quedó mirando, divertida, esperando mi respuesta. Mi primera reacción fue echar un rápido vistazo a la bandeja de la comida que había traído la enfermera hacía unos veinte minutos, la que aún reposaba en la mesa plegable, a un lado de la cama. Casi no había comido, aparte de que le era prácticamente imposible tomar nada sólido. Lo vomitaba enseguida.
―¿Queso? ―dije.
  Apretaba los labios en una mueca traviesa, sin dejar de mirarme, continuando con el juego, con el capricho, jugando a ser niña de nuevo, a imponer su voluntad, a expresar lo que quería, sin más. ¿No es eso lo que hacen los niños? Era paradójico que sucediera ahora. O quizás no. No, no lo era. No le quedaba demasiado tiempo. ¿Lo sa­bría? Sí, yo creo que lo sabía.
―Pero... ―lo dije apoyándome en un gesto de mi mano derecha, abriéndola, presentando la palma hacia arriba, haciendo un giro en el aire, como queriendo indicar dónde.
―Quiero queso ―volvió a decir la niña, mi madre.
  Se refería al que sobresalía de mi bocadillo, uno que había comprado en la cafetería de la planta baja y que ahora sujetaba en mi mano izquierda, ligeramente mordido. Al darme cuenta, mi siguiente reacción debió superar un problema moral. ¿Satisfaría su deseo o protegería su salud? Lo resolví fácilmente, pues yo también sabía que era cuestión de tiempo. Así que miré hacia la puerta abierta, agucé el oído y determiné que no se acercaba nadie. Abrí el bocadillo, extraje la loncha de queso y la acerqué a su mano derecha, la que no llevaba la vía de suero. Empezó a mordisquearlo satisfecha, sonriente, como una niña con su piruleta. Había triunfado. Yo me sentí como el que concede un último deseo al condenado.
  Intuyo que para ella esta tontería era una especie de reto: «Ellos no me dejan hacer lo que quiero, una vez más, pero yo me saldré con la mía». Ellos son los enfermeros, los médicos. Pero, ¿precisamente ahora? ―pensaba yo―. Me resultaba un poco ridículo, porque los verdaderos retos, las decisiones cruciales de su vida, en las que otros se impusieron a su voluntad, no eran ni remotamente comparables a contravenir una prescripción médica. Pero podía entenderlo. Yo podía entenderlo. Con esta gracia pretendía matar dos pájaros de un tiro: llevar la contraria y sentirse niña de nuevo, sentirse compensada, querida.
  Era su segunda recaída. Unos cuatro meses antes le detectaron un tumor cerebral del tamaño de una pelota de golf aplastada, a la izquierda del cerebro, bastante profundo, difícil de alcanzar con cirugía sin provocar un estropicio. Decidimos no tocarla, más que nada por respetar su propia decisión, cuando estaba con plenas facultades mentales. Sí, claro que lo sabía...
  Quería volver a ser niña porque nunca lo fue. De hecho, toda ella era el fiel reflejo de que su desarrollo se estancó a los doce años, o a los catorce. De modo que ahora era una niña de sesenta y nueve años. Si no te acercabas lo suficiente, sus arrugas no te sacaban del error de cálculo. Ni su estatura: medía algo más de metro y medio. Su físico era una consecuencia natural, un resultado coherente con su espíritu. Nunca se sintió niña no porque le robaran un trozo de tiempo, su infancia, sino porque le negaron el afecto.
  Lo vomitó minutos después, el queso. Mantuve la palangana de plástico delante de su cara, a un lado de la cama, mientras echaba miradas inquietas hacia la puerta abierta, aguzando el oído, deseando que no se prolongaran las arcadas. Le limpié la boca y se recostó en la almohada, satisfecha, más que yo.
  Lo trágico de cometer un error no es reconocer que se ha tomado la opción equivocada, es sentir que la decisión no fue nuestra. Ella no sólo experimentó el sabor amargo de sus errores, sino también el resentimiento por no haber tomado partido en sus decisiones. Cedió el testigo desde un principio, desde los doce, o los catorce; de un lado, por querer ganarse el aprecio de un padre tiránico y una madre distante, y de otro, por sentirse totalmente sola en medio de una familia de siete miembros.
  Hubo muchas decisiones cruciales. La primera fue quizás en relación con sus estudios. Le habría gustado estudiar literatura o filología. Quería ser profesora, pero el padre decía que no, que o era comercio o no era nada. Al final, fue nada. Y no se trataba de una cuestión económica. Vivían holgadamente, del comercio, claro. El padre tenía una fábrica de caramelos y además una tienda de ultramarinos, con un gran almacén. Y allí estaba ella, desde muy pequeña, tras el mostrador, probablemente ausente, con la cabeza en otra parte, mientras despachaba arroz o hacía alguna cuenta. No logro imaginármela en esa tesitura.
  Se sucedían algunas palizas. No sólo a ella, también a sus hermanos, pero ella era la que peor lo llevaba. Los cuerpos amoratados eran todos iguales, pero los corazones sufrían de modo distinto. El suyo más que ninguno.
  En una ocasión, cuando contaba veintiún años, dos de sus hermanas, las más disconformes con la situación, le propusieron abandonar el hogar. Necesitaban apoyarse unas a otras, hacer una piña, y afrontarlo juntas. El temor, en aquella época, era enorme. No sólo por cómo hacer para buscarse la vida, sino también por ser mujeres, y además solteras, que viajaban solas. No se percataron las dos hermanas, en sus reuniones privadas con mi madre, de que bajo aquel cuerpo de veintiún años habitaba una niña perdida de doce. Sus argumentos, los de mi madre, respecto de las dificultades que podrían encontrar, no podían reflejar otra cosa que su miedo a la soledad, si bien hablaba de dinero, estancia, trabajo o amistades. Su pesimismo les hizo abandonar el proyecto.
  Con el tiempo, no quedó más que una solución para salir de aquel hogar asfixiante y emocionalmente árido, y esta sí les pareció a todas más viable: casarse.
―No te enamores de una persona demasiado guapa. Es mucho mejor para ti si no es muy guapa.
  Yo la miré extrañado, con los ojos aún húmedos por haber estado llorando. Tendría unos quince años. Ella se había sentado a mi lado, en el sofá, atenta, al verme gimoteando.
―¿Y qué tiene eso que ver? ―le dije yo. Estaba tratando de consolarme. La chica por la que bebía los vientos comenzaba a interesarse por un rubito de su clase del instituto. Cada vez tenía menos tiempo para mí.
―Si es demasiado guapa harás cualquier cosa por ella ―me respondió.
  Me quedé mirándola bastante sorprendido. Ella y yo no hablábamos demasiado, y cuando lo hacíamos me daba la impresión de que sus palabras encerraban algún significado que se me escapaba. Con el tiempo fui descubriendo que mi madre tenía una vida interior que nadie conocía.
―Pues ella es muy guapa.
―Lo sé ―dijo sonriendo. Noté su mano insegura sobre mi hombro, temblorosa. Nunca se le dio bien el contacto físico. Supongo que quería representar con gestos lo que de­sear­ía haber vivido para sí misma, pero carecía de la convicción que sólo puede proveer la propia experiencia. Tuve ganas de decir: «Me basta con que estés aquí, a mi lado, escuchándome», pero no lo hice.  
  Mi padre era guapísimo. Estatura media, cuerpo proporcionado, fuerte. Toda su vida la dedicó a realizar trabajos físicos. Su padre, mi abuelo, hombre hosco y reconcentrado, de pocas palabras y mal genio para con los suyos, era agricultor, y él aprendió enseguida a cultivar y sobre todo a vender lo que el otro cultivaba. Creció con un estricto sentido del deber y de la obediencia, pero también con un poso de frustración en su carácter: era un hombre inteligente abocado a una vida de sacrificios. Durante su pubertad pasó muchas noches a la intemperie con un burro cargado de hortalizas, de camino a algún puesto de venta. Las largas distancias, en aquel tiempo, le obligaban a menudo a continuar andando o dormir en la oscuridad.
―No lo deje en el campo, doña Antonia ―le decía la profesora a su madre, intuyendo apenada el destino de aquel niño que despuntaba en clase. Le hablaba con mucha prudencia, tímidamente, no sólo porque Antonia, la madre de mi padre, era la hija mimada de un conocido terrateniente, sino también por su carácter más que difícil.
―Ya veremos ―respondía molesta mi abuela, dándose la vuelta, tirando a su hijo del brazo.
  Pero mi padre sobre todo era guapo por su bello rostro: facciones grandes, ojos verde claro, nariz amplia, sinuosa, labios perfilados, cremosos, y ni una sola arista en su cara, todo lo contrario a su carácter, lleno de aristas. Y se casaron. Pero no porque fuera guapísimo, sino porque tenía dinero. Esta fue otra de las decisiones importantes, la más importante, de hecho. Pero una niña perdida, falta de afecto, no toma decisiones: las toman otros, esos que, supuestamente, están al otro lado del cordón umbilical, tupido desde siempre, en su caso. Le buscaron un buen partido. Casualmente, era muy guapo.
  En la foto de bodas, la que colgaba de la pared del salón, en casa de mi abuela paterna, junto a las de los otros hermanos y hermanas de mi padre, mi madre, tanto o más guapa que él, estaba tristísima con su vestido blanco de encajes, sentada a su izquierda. Su expresión de amargura era una premonición de lo que vendría después. El fotógrafo captó un rasgo en su cara con el que sólo volvería a encontrarme una sola vez más. Aparte de un ligero fruncimiento del entrecejo, reflejo de su angustia y seguramente de su resignación, observé un tenue estrabismo en su ojo izquierdo. Se desplazaba hacia fuera, como si una parte de sí misma estuviera allí, posando, y otra estuviera en otra parte. Su ojo izquierdo, lo sé ahora, era ella perdida en sus pensamientos.
  No deja de sorprender que un espectador, como yo, pudiera leer este pequeño guión de película escrito en la mirada de mi madre, pero no fuera capaz de hacerlo la persona que ella tenía a su lado en ese momento. Ninguno de los dos conocía realmente los parlamentos del otro. Yo podía leer ambos colgados de la pared. Observé todo esto en aquel salón muchas veces, en distintos momentos de mi vida, pero a medida que avanzaban los años me costaba más pararme delante de aquella foto, porque la realidad anunciada en su rostro compungido iba tomando forma.
  A veces sucede que un hecho se acaba asociando con una imagen, con un objeto o un motivo no porque estuvieran realmente relacionados, sino porque casualmente coincidieron en el tiempo, como esos polluelos que comienzan a seguir maquinalmente un trenecito a pilas porque es lo primero que ven al romper el cascarón. La belleza no fue lo que sedujo a mi madre, sino el hambre de afecto. La belleza tan sólo pasaba por allí, y ella se echó a andar detrás. Finalmente acabó creyendo que era la causa de su flaqueza, y su resignación ante el mal humor, el desprecio y el desinterés de mi padre la atribuyó a los bellos contornos de su cara.
  Desde que tengo uso de razón, los vi salir casi cada fin de semana a comer a restaurantes, generalmente a muchos kilómetros de casa. A él le gustaba conducir. A ella le gustaba perderse en sus pensamientos, mientras él conducía. Un sábado, como otros muchos, habían llegado especialmente tarde. Después de cambiarse de ropa y refrescarse, se fue al cuarto donde solía sentarse a leer. Poco después entré yo.
―¿Adónde fueron hoy?
  Se levantó las gafas y se las colocó sobre la cabeza, como si fueran de sol. Cerró el libro dejando el pulgar en medio, para no perder la página. Dijo:
―A San Nicolás.
―¡A San Nicolás! ―Era un pueblo pesquero en la otra punta de la isla. Llegar allí en aquella época, para lo cual había que recorrer una carretera estrecha y sinuosa que ascendía y bajaba por el borde de los acantilados, suponía conducir durante al menos dos horas y media―. Con razón han tardado tanto ―dije.
  Cuando era más pequeño me llevaban con ellos, a mi hermano Emilio y a mí, hasta el día que, siendo ya algo mayor, se me ocurrió plantearles la posibilidad de que­darme en casa, a lo cual, para mi sorpresa, accedieron con naturalidad. Fue todo un alivio, porque me aburría muchísimo en aquellas salidas. Y no sé si ella también, nunca me dijo lo contrario. Mantuvieron esa costumbre de salir a almorzar toda la vida.
―Los debes haber visitado todos cien veces, ¿no? ―me refería a los restaurantes.
―Por lo menos ―me dijo riéndose.
―¿No te aburres?
―No.
  Me quedé mirando unos segundos el libro que sujetaba con la mano, reposando en la falda. Pensé que jamás vi a mi padre con un libro, de ninguna clase. Para ella, sin embargo, eran su mayor pasatiempo.
―Pero, ¿de qué hablas con él?
  Se quedó un poco sorprendida por la pregunta. Tardó un poco en contestar. Bajó un momento los ojos, volvió a mirarme, inició una sonrisa, y respondió moviendo la cabeza:
―De nada. No hablamos.
  Entre dos líneas paralelas, sólo hay vacío. Pueden avanzar eternamente juntas, tan cerca la una de la otra como sea posible, pero sin tocarse. Así los imaginé yo a ellos, avanzando juntos por la carretera cada fin de semana, en silencio, tan próximos y tan lejanos a la vez.
  Los libros que había en casa eran suyos, de mi madre, todos, novelas en su mayoría. Hasta que tuve cierta edad, no reparé en ellos. Leía profusamente, siempre que tenía ocasión. Odiaba las tareas del hogar. Un día comencé yo a leer y a rebuscar en las estanterías. Al principio cogía cualquier cosa, los títulos que más me sonaban. Cuando fui descubriendo mis preferencias, tuve que buscar en otra parte, fuera de casa. Sus gustos no coincidían demasiado con los míos.
  Después de algunos años, buscando no sé qué cosa en unos cajones en el cuarto donde ella leía, arrodillado en el suelo, algo captó de repente mi atención, algo que no estaba ahí anteriormente, como ocurre cuando reparamos en una nueva arruga de nuestro rostro. Sin acabar aún de mirar, sentí que su colección de libros había aumentado notablemente. Las estanterías habían crecido, y tenía la impresión de que las más altas se abalanzaban sobre mí. Pero no sólo era eso. Me puse de pie y empecé a pasear mis dedos por los lomos brillantes, alineados, leyendo los títulos y los autores. Al llegar a un punto, ya sólo se repetía un autor: Alberto Vázquez Figueroa, un escritor tinerfeño. No era ningún secreto, pero en cierto modo sentí que estaba transgrediendo su intimidad. Apoyé la palma de mi mano sobre los lomos fríos y la deslicé suavemente, como palpando un objeto que pertenece a otra persona, gastado por el uso.
―Los tengo todos ―me dijo sonriendo, chispeante.
  Giré la cabeza y retiré despacio la mano de sus libros. Estaba en el umbral de la puerta, con unas toallas dobladas sobre el brazo. No la oí llegar. Volví a mirar la estantería:
―¿Todos?
―Sí, me encanta.
  Yo seguía sorprendido, no sabía qué decir, esto era nuevo para mí. Se acercó decidida, paseó su mano libre sobre algunos ejemplares y dijo:
―Es periodista, e ingeniero, ¿sabes? Es un hombre muy inteligente.
  Yo no salía de mi asombro. No recordaba muchas otras ocasiones en que me hablara tan entusiasmada sobre algo suyo. Le brillaban los ojos. Con un gesto enérgico, dejó las toallas sobre el sillón, fue directamente a un ejemplar de Sicario, lo extrajo y lo abrió por la primera página:
―Mira ―dijo mostrándomelo―. Fui el año pasado a verle a una firma de libros.
  Escrito con una estilográfica, se leía: «Para Arcadia, mi fiel lectora. Afectuosamente, Alberto Vázquez Figueroa». Volvió a colocar el volumen en la repisa, recogió las toallas, recorrió una vez más con la mirada su colección, y continuó:
―Ya sé que no tenemos los mismos gustos, pero podrías intentar leer Tuareg. Es de los pocos libros de los que él mismo está orgulloso ―dijo sonriendo. Dio media vuelta y salió de la habitación.
  Yo me quedé aún unos instantes de pie, pensativo, desconcertado. En mis labios se dibujó una ligera sonrisa: «Vaya ―me dije― hay otro hombre en su vida». Y arrodillándome de nuevo frente a los cajones, pensé: «¿Será guapo?».
  Comprendí que la lectura había dejado de ser sólo un pasatiempo para convertirse en un refugio, en un lugar al que acudía para escapar de una realidad descolorida. Igual que la niña que se escurre por la ventana para apurar unos minutos más la diversión, mi madre recorría las páginas de Figueroa para pasar imaginariamente al otro lado del espejo, como Alicia, donde no sólo experimentaba el placer de vivir otras historias, sino también de recrear la suya propia con el autor.
  Con el paso de los años, la resignación ganó terreno y la necesidad de evadirse perdió el suyo. Conforme iba aceptando la realidad que le tocó vivir, fue perdiendo la afición a la lectura. De algún modo, ambos cedieron posiciones, se amoldaron el uno al otro. Se hicieron mayores. 
  Tras la segunda recaída, regresó a casa, pero fue la última vez. Continuamos allí con la medicación. Empeoró rápidamente. Se le hinchó la cara, los pies, perdió memoria, facultades mentales y capacidad física. Pero antes de que se produjeran estos cambios drásticos, había días en que ama­necía muy lúcida, animada, ágil. Era sorprendente. En una de estas ocasiones, la vi tan enérgica que sentí el impulso de llevarla en el coche a dar un paseo. De modo que conduje hasta un lugar tranquilo, una especie de mirador donde corría el aire fresco y había bonitas vistas. Sin embargo, no llegamos a salir del coche. Su ánimo cambió enseguida, su semblante se entristecía por momentos. La noté inquieta, preocupada.
―¿Estás bien? ―dije.
  No me contestó. Vi que hacía gestos con la boca, apretaba los dientes, como si la martirizaran determinados pensamientos. Tenía las manos en la falda. Me pareció que se las retorcía, o que se las frotaba, pero no podía asegurarlo porque no las miraba directamente. Bajé la vista y se las miré con más atención. No era nada de eso. De repente, intuí algo. Hablé sin pensar. Las palabras brotaron solas de mi boca. No supe lo que estaba diciendo hasta que me oí a mí mismo:
―Es tu alianza de matrimonio, ¿verdad? ―la estaba haciendo girar en su dedo, agitadamente.
―Sí ―dijo con claridad.
  Un prolongado silencio. Volví a mirarle la cara. Seguía apretando los dientes, como si estuviera haciendo un esfuerzo por contenerse.
―¿Y por qué la tocas tanto?
  Nueva pausa. Finalmente, respondió:
―Porque me gustaría quitármela.
  Justo después de decirlo, se mordió el labio y cerró los ojos con fuerza, en un gesto amplio, luchando consigo misma. Dejé pasar unos segundos antes de volver a hablar. Supe que era demasiado tarde, pero mi boca seguía su curso. Yo era sólo un espectador.
―Pues quítatela ―dije―. Yo te apoyaría, y Emilio también. Yo hablaría con él.
  Levantó la barbilla y giró la cabeza hacia mí con un movimiento sorprendentemente ágil, abriendo mucho los ojos, alumbrada, quizás, por una remota posibilidad. Pero sólo duró un instante. De inmediato, vi cómo sus facciones languidecieron. Desvió de nuevo la mirada y una nube inundó su rostro. Sus manos se detuvieron. Calló, y ya no pude hablar nada más con ella. Era demasiado tarde. Regresamos a casa. Me pregunto ahora si también acariciaba su alianza cuando mi padre conducía de camino al restaurante. No debía ser fácil.
  El último tramo de su enfermedad lo pasó en el hospital, en cuidados paliativos. Apenas hablaba, había perdido el sentido de la comunicación, de expresar a los demás lo que, sin duda alguna, su rostro sí nos transmitía: seguía perdida en sus pensamientos. En una ocasión, estando yo con ella, volvió a hablarme. Había cierto trajín en el cuarto. Dos enfermeras atendían al paciente de al lado. Era por la mañana. Mi madre descansaba con los ojos cerrados. La toqué suavemente en el hombro, traían el desayuno. De repente, como si el sueño y la vigilia no fueran diferentes, o como si hubiera salido por un instante del mismo epicentro del sueño y diera por hecho que sus pensamientos estaban al alcance de todos mientras dormía, abrió los ojos, se incorporó ligeramente sobre los codos con un movimiento enérgico, me miró fijamente y dijo entusiasmada:
―Qué guapo era Humphrey Bogart, ¿verdad? Era guapísimo.
  Se quedó mirándome, intensa, esperando una respuesta. Las dos enfermeras giraron la cabeza. Las miré, desconcertado como ellas, y luego me volví hacia mi madre.
―Sí, muy guapo ―dije sonriéndole interrogativamente, tratando de averiguar mientras contestaba.
  No lo era. Bogart no era muy guapo. Pero representaba todo aquello que ella no había tenido, todo lo que imaginó acerca de él a través de sus personajes, e incluso de su relación con Lauren Bacall: un hombre atento, inteligente, decidido, sensible a pesar de su carácter fuerte, rasgos que transmitía a través de sus gestos mínimos, con sus ojos vidriosos, con la comisura de sus labios; pero sobre todo un hombre apasionado.
  Figueroa, Bogart... No, no eran guapos. Pero eran lo que ella nunca tuvo y siempre anheló tener. Libros, películas... A bordo de su imaginación, donde podía viajar libremente, desprendida de las circunstancias reales, jugaba a ser otra. Y a que él fuera otro. Y esta vez, la belleza no estaba en las suaves formas de un rostro. Esta vez, la belleza «no pasaba por allí», sino que fue en su busca. Relajó los músculos y volvió a apoyar la cabeza en la almohada, satisfecha. Las dos enfermeras me sonrieron con complicidad y continuaron atendiendo a su paciente. Si ellas supieran...
  Dos días antes de su muerte, volví a quedarme con ella en el hospital. La mayor parte del tiempo dormía, sedada. Pero en ocasiones pensaba despierta. Hacía tiempo que había dejado de hablar. En sus últimos días pude observar aquel rasgo que sólo vi una única vez en mi vida, en su foto de bodas: su ojo izquierdo se había desplazado hacia fuera.
  Yo paseaba por la habitación, sin hacer ruido, y vi que de vez en cuando giraba la cabeza. Me fui acercando al borde de la cama, sin modificar la cadencia de mis pasos. Al llegar a su lado, volví a experimentar aquella especie de intuición. Tenía los ojos abiertos. Levanté mi brazo por encima de la barandilla metálica y cogí su mano izquierda.
―Mamá, ¿quieres decirme algo más? ―yo trataba de sonreír―. ¿Hay algo más que quieras decirme?
  De repente, su ojo izquierdo cobró vida, regresó al centro, alineándose con el derecho, me miró fijamente alzando ligeramente la cabeza de la almohada, y me dijo con una voz gruesa:
―No pasa nada, ¿eh? ―Y sintiendo una ligera presión de su mano en la mía, repitió con firmeza―: No pasa nada.
  Su ataúd descansaba en el salón sobre unos pilares de madera trenzada, oscura y brillante. Cuatro bujías de luz tenue brillaban en las cuatro esquinas, compitiendo con la claridad que se colaba por el visillo de la única ventana abierta, al fondo. Mujeres vestidas de negro circundaban la estancia, sentadas, junto a las paredes. El silencio sólo era interrumpido por el murmullo de sus rezos. Una de ellas, la que sujetaba un rosario sobre su falda, iniciaba unas frases que las demás repetían, como un mantra. La escena me producía una sensación tremendamente agradable. Descubrí que podría estar escuchándolas durante horas.
  Fuera, gente sentada y de pie permanecía en silencio o siseaba algunas palabras a la persona de al lado. Yo paseaba en silencio de una estancia a otra. Era la casa de mi abuela paterna. El ataúd estaba en el salón, frente a las fotos de boda. Mi madre se miraba a sí misma con su mirada estrábica.
  En cierto momento, estando apoyado sobre una pared, hundida mi mandíbula sobre la palma de mi mano, abstraído, mecida mi imaginación por el mantra fúnebre, volví a sentir una especie de llamada. Liberé mi mandíbula, giré la cabeza y miré fijamente la entrada del salón. Me encaminé hacia allí y permanecí quieto en el umbral. De nuevo, no sabía muy bien lo que hacía; cada paso me guiaba hacia el siguiente. Avancé un poco y me quedé en medio del salón.
―Perdón ―dije.
  Cesaron los rezos. Decenas de pares de ojos se volvieron hacia mí. Investido por el coraje que me proporcionaba la solemnidad del contexto, y por ser el hijo de la difunta, dije con resolución, en un gesto insólito para mí:
―Querría quedarme a solas con ella un momento.
  Las señoras fueron mirándose unas a otras, con gesto calmado, como unas fichas de dominó que caen una tras otra suavemente, y la conformidad se extendió por la habitación. Abandonaron en silencio el salón. Se cerró la puerta tras ellas. Se oyeron murmullos al otro lado. Me quedé unos segundos más allí en medio, de pie, asimilando la situación, como cuando entras en el mar y necesitas que el cuerpo se adapte a la nueva temperatura. Luego, arrastré una silla y la puse a un lado del ataúd. Por un momento, sentí que debía interrumpir lo que iba a ocurrir, porque la puerta del salón era de cristal de mitad para arriba, con listones. Era una casa antigua. Por suerte, el cristal era grueso y granulado, con infinidad de volutas, como imitando un mosaico de flores. Si alguien mirara a su través, sólo reconocería una sombra en movimiento.
  En el ataúd, sin tapa de medio arriba, yacía mi madre bajo una mortaja blanca; en la pared, me observaba sentada, con su vestido de bodas y un ramo de flores entre las manos. Permanecí unos instantes con la cabeza gacha. Al cabo de unos minutos, alcé la barbilla y miré la foto. Dos almas próximas ―pensé― pero distantes. Dos vidas paralelas. Mis ojos se humedecieron. Miré el interior del ataúd, introduje mis brazos por encima, retiré despacio la mortaja y dejé al descubierto su mano derecha. Retiré la alianza de matrimonio. Observé durante unos segundos el metal frío sobre la palma de mi mano. Luego lo deposité en el bolsillo de mi pantalón y volví a colocar la mortaja. Me erguí en la silla, miré a mi madre una última vez, y salí.
  Cuando aparecí en el umbral de la puerta, todos los pares de ojos brincaron de nuevo hacia mí. Cesaron los murmullos. Hice un gesto con la cabeza, como asintiendo, di unos pasos, haciéndome a un lado, y las señoras de negro comenzaron a entrar al salón, despacio, en silencio. Algunas de ellas me apretaban el brazo al pasar. Volví a buscar un rincón en la casa, me apoyé en la pared y dejé que la música de los rezos me envolviera.
  En el cementerio, la gente se congregaba alrededor de los familiares. Yo, en tercera o cuarta fila, escuchaba el sonido áspero y seco del ataúd deslizándose por el hueco de cemento, de la pala del sepulturero sobre los ladrillos, recogiendo las sobras de la argamasa color hueso, el siseo esponjoso de las coronas de flores apoyándose contra las lápidas, mientras acariciaba con las yemas de mis dedos la alianza de mi madre en mi bolsillo, templada, esta vez, por el calor de mi cuerpo.
Muchas veces no vemos las cosas tal cual son, sino como esperamos que sean, inducidos por los detalles de la ocasión. Igual que no supieron interpretar el gesto de su rostro en aquella foto de bodas, distraídos por los encajes de aquel vestido blanco y por el acontecimiento, la expresión de mi cara, allí en el cementerio, debía transmitir abatimiento. Y probablemente era cierto. Sin embargo, quizás unos ojos más despiertos, mezclados entre la multitud silenciosa, lograron percibir una cierta satisfacción, incluso regocijo. Deseé que mi madre volara libre en este nuevo viaje que emprendía. Decidí aligerar su equipaje y deshacer aquel vínculo que la ató durante años a una vida de desencanto. No me habría gustado verla lastrada si por casualidad se encontraba con Bogart. Yo también me sentí más ligero.

10 comentarios:

  1. Felicidades, me has puesto el vello de punta. Que manera tan bonita de describir algo tan trágico.

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    1. Muchas gracias, Katy. Me ha hecho mucha ilusión que lo hayas leído. Y me encanta que te haya gustado.

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  2. Veo que transitas por otros caminos, además del erotismo.
    Genial el relato y la manera en que describes sentimientos intensos y, en cierta manera, controvertidos.
    Un saludo,

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    1. Gracias, Juan. Ya ves, flirteo con unos pocos géneros, pero sin salirme de la narración corta... de momento. ;) Saludos.

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  3. Has contado una historia que parecía que era la vida y muerte de tu madre. Puede estar basada en hechos reales o ficticios y has logrado tenernos en ascuas toda la historia pensando que en algún momento habría algo erótico, pero no esta vez has tocado otro género. Felicidades por el relato. Un abrazo

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    1. Hola, María. Sí, quizás debí dejarlo más claro. En la publicación, puse "relato". Quizás debí poner "relato no erótico". Disculpas.

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  4. Interesante relato, recorres sentimientos muy reales.
    Felicitaciones.

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    1. Gracias, Misthyka. El hecho de que les tenga habituados a mis relatos eróticos está creando cierta confusión, aunque haya puesto entre paréntesis "relato". Me alegro de que te haya gustado. Saludos.

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