sábado, 27 de mayo de 2017

La trama de la falsa mucama

Piel tostada, pelo negro, largo y rizado, ojos marrones, 1,67 de estatura, curvas generosas... Tenía un cierto aire africano, a jamaicana, quizás.
―La semana que viene voy a tu tierra ―me dice.
Me escribía a través del correo de la página.
―¿Y? ―tecleé yo, lacónico, haciéndome el chulito, el machote.
―¿No te apetecería un café? ―pregunta.
―¿Un café, sirvientita?
Yo la llamaba «sirvientita» a raíz de haber publicado un relato erótico en el blog de la página en el que le puse su nick a uno de mis personajes, que era precisamente una sirvienta. Fue una especie de guiño que le hice, pues en aquel tiempo yo trataba de flirtear con ella. Quería llevármela a la cama, pero la muy puñetera, siempre muy recatadita y esquiva, me daba calabazas.
«Yo soy solo de mi marido, mojigato», me decía.

jueves, 11 de mayo de 2017

Miradas lascivas entre las rocas

―No sé para qué te he hecho caso, de verdad ―le dije cubriéndome los ojos con la mano, a modo de visera, tendida sobre la toalla.
―Oye, que tampoco te puse una pistola en la cabeza, ¿eh? ―me dijo él, molesto.
―Pero no me dirás que no te pusiste pesadito ―le insistí. Yo tenía una pierna flexionada, procurando que no se me viera nada, y un brazo sobre los pechos, que ponía y quitaba intermitentemente. No lograba sentirme cómoda.
―¿Por qué no intentas relajarte? Olvídate de que estás aquí, jolín. Estás tomando el sol, punto.

lunes, 8 de mayo de 2017

La poderosa imaginación de Miss Cotton

―¿Te apetece ir a la playa?
Mi móvil emite el sonido del whatsapp. Leo el mensaje. Era Carmen. Yo estaba haciendo estiramientos en el salón de mi casa, sobre una manta. Era domingo, las diez de la mañana. Respondo:
―Buenos días, Jane. ¿A la playa?
A raíz de nuestros juegos en la cama, ella comenzó a llamarme Tarzán, no sé si por mi rudeza o simplemente por su tendencia a usar artificios para novelar sus encuentros sexuales: le gustaba mucho emplear giros e imágenes sugerentes, andar con insinuaciones, evitaba llamar a las cosas por su nombre. «¿Me prestas el puñal?», me decía para referirse a mi miembro, mientras lo buscaba con la mano, bajo las sábanas. Ella era prácticamente lo opuesto a mí, es decir, todo delicadeza. Por eso la llamaba a veces Miss Cotton.

jueves, 4 de mayo de 2017

La chica de enfrente

Allí estaba, una vez más, sentada al borde de la cama, en su dormitorio, en ropa interior, velada su figura por una ligera penumbra. Me acerqué un poco más a mi ventana, descorrí ligeramente el visillo e incliné la cabeza hacia el cristal, lo suficiente como para que la luz del exterior, tenue ya a aquella hora de la tarde, bañara sólo un retazo de mi rostro. Entonces, ella gira su cabeza y mira en mi dirección buscando una presencia, algún movimiento, una sombra. Acto seguido, yo di un paso atrás, escapando de su mirada, y esperé, semioculto tras el visillo, que diera comienzo el ritual que Ariadna estaba a punto de brindarme.

lunes, 3 de abril de 2017

La sirvienta que salió de un bolso

Piel tostada, pelo negro, largo y rizado, ojos marrones, 1,67 de estatura, curvas generosas... Tenía un cierto aire africano, a jamaicana, quizás.
―La semana que viene voy a tu tierra ―me dice.
Me escribía a través del correo de la página.
―¿Y? ―tecleé yo, lacónico, haciéndome el chulito, el machote.
―¿No te apetecería un café? ―pregunta.
―¿Un café, sirvientita?
Yo la llamaba «sirvientita» a raíz de haber publicado un relato erótico en el blog de la página en el que le puse su nick a uno de mis personajes, que era precisamente una sirvienta. Fue una especie de guiño que le hice, pues en aquel tiempo yo trataba de flirtear con ella. Quería llevármela a la cama, pero la muy puñetera, siempre muy recatadita y esquiva, me daba calabazas.
«Yo soy solo de mi marido, mojigato», me decía.

jueves, 30 de marzo de 2017

BDSM a la carta

Al entrar en el local, sentí que era inútil pretender adoptar ninguna actitud, aparentar indiferencia, o dignidad. Nunca lo había pensado: en cualquier tienda a la que vayamos, los objetos a los que uno se aproxima para echarles un vistazo hablan sobre el comprador, sobre sus intereses e inquietudes. Yo había entrado en un sexshop.
Enseguida me di cuenta de lo absurdo de mis esfuerzos. ¿Qué imagen pretendía proyectar teniendo todo aquel confeti de objetos sexuales abalanzándose sobre mí? Traté de relajarme cuanto pude y comencé a pasearme entre las estanterías.
Como no encontraba lo que fui a buscar, me acerqué al mostrador, donde había un señor y una señora charlando. Por el acento, vi que eran cubanos. Me dirigí a él, que estaba sentado por la parte interior, en un taburete muy alto.
―Buenos días. Perdone, ¿tienen fustas?
Sin darle tiempo a contestar, la chica dio unos pasos hacia mí, me tocó suavemente en el codo, y me dijo sonriendo:
―Claro, por aquí.
Me enseñó varias, de distintos tamaños y modelos. Me fijé en la más larga de todas. Era de color marrón oscuro, y en el extremo tenía una lámina de cuero de unos 12 cm.
―Me gusta esa de ahí ―dije muy interesado.
La sacó del expositor y me la ofreció por la empuñadura, de la que colgaba un mechón decorativo. Era de plástico semirrígido. Alcé un segundo mi barbilla hacia arriba, mirando hacia ninguna parte, y me di con la fusta unos azotes en la palma de la mano. «Magnífico sonido», pensé al oír el chasquido. «Sonará aún mejor en la carne blanda de unas nalgas». Miré a la señora sonriendo, inevitables sabedores, ella y yo, de todo cuanto había que saber por mi gesto.
―Perfecta ―le dije con los ojos achinados.
―Muy bien ―me dice ella, volviendo a meterla dentro de su envoltorio y dirigiéndose al mostrador.
―Espere ―la apremio―. También quería una... un... ―Hago un gesto con la mano, involuntario, que corrijo enseguida, por lo inútil: la había ahuecado formando una C, como imitando el grosor de una cañería. ―Un consolador. Con forma de pene... ―concluí, levemente excitado.
―¿Flexible? ―me dice ella.
No estaba preparado para esa pregunta. Me venían a la mente las imágenes de las películas porno en las que aparecían esos juguetes.
―Pues... creo que no... no sé.
Saca uno bastante rígido pero con la textura de goma, quizás un tipo de silicona. Era bastante grueso e imitaba un miembro al detalle, con sus venas y todo. Lo coge de la vitrina y me lo pone en la mano. Lo palpo con los dedos.
―Perfecto, vamos ―dije nada más tocarlo.
―Estupendo ―me dice riendo abiertamente y tomándolo de mi mano. Nos acercamos al mostrador. Los deposita sobre el cristal.
―¿Le cobras al señor, Jaime?
La broma me sale casi 60 €. Todos los vicios son caros.
Jamás me habría imaginado que entraría a un sex­shop, y mucho menos para adquirir una fusta. Pero era tal mi nivel de excitación, tal el morbo que me producía el plan que habíamos maquinado Claire y yo, que nada me importaba. Me sentía eufórico, atrevido.
Esta visita a la tienda había tenido lugar hacía 2 ó 3 semanas. Sin embargo, hoy, en el presente, las cosas eran completamente distintas. Todo se había torcido. Mi euforia había dado paso a la frustración y a la rabia más absoluta.
Claire, una chica que había conocido por internet y con la que pretendía hacer realidad la fantasía del amo y la sumisa, por quien había ido al sexshop a comprar juguetes sexuales y por quien había hecho algunas estupideces más para sorprenderla, me estaba dando largas, y yo desconocía la razón. Para colmo, me daba unas excusas ―yo estaba convencido de que lo eran― que me resultaban cada vez menos creíbles.
―¿Claire? ¿Dónde andas? ―le escribí por enésima vez a través del whatsapp.
Yo había perdido por completo la paciencia, y diría que también la esperanza. La cosa no pintaba nada bien. Cuando le envié el mensaje, tenía tal enfado que el pelo de la cabeza me echaba humo. Lo que más rabia me daba era que no sabía a qué se debía su cambio de actitud. ¿La estaría atosigando? ¿Le habría entrado apuro en el último momento? ¿Qué carajo le pasaba?
Tras enviar el mensaje, como había estado ocurriendo estos últimos días, yo no recibía respuesta hasta varias horas después, cinco, seis horas. No lo entendía. Por fin, me contesta:
―Ay, perdona. He estado muy liada. Este fin de semana me voy con mis amigas a unos apartamentos en Torremolinos.
Yo me quedé perplejo.
―¿Este fin de semana? ―preguntaba yo, irritado. En esos momentos sentía que mi móvil se volvía de color rojo. Tal era mi cabreo―. ¿Pero no habíamos quedado este sábado?
Habría querido añadir también un contundente «cojones», pero pude contenerme. Era la tercera o cuarta vez que le surgía un «imprevisto». Y menudo imprevisto: todo un fin de semana con sus amigas. ¡Ups, qué despiste! Yo estaba que ardía por dentro.
―Sí, lo sé, perdona, de verdad ―me responde―, pero es el cumpleaños de una amiga y queremos celebrarlo. He estado liadísima reservando el apartamento, comprando el regalo y todo eso. De regreso hablamos, ¿vale?
Yo ya no sabía si creerla. De hecho, no la creía. Me costaba cada vez más que me respondiera a los mensajes. Siempre estaba ocupada. Aun así, le di una vez más el beneficio de la duda, pero no sirvió para nada. A la semana siguiente, me resultó prácticamente imposible contactar con ella. Cuando lo conseguí, le propuse vernos de nuevo el sábado, pero me salió con la estupidez de que tenía que ir al aeropuerto a recoger a no sé quién.
―Claire ―le escribí―, ¿de qué me hablas? ―Yo seguía tratando de contener mi rabia, que me salía por las orejas. Cada vez tenía más claro que me estaba mintiendo.
―Tío, lo siento, de verdad. Me ha llamado en el último momento. No tiene a nadie que pueda ir a buscarla.
Yo sentía que me tomaba por retrasado mental. La sangre me bullía por dentro. Me daba en la nariz que todo se iba a ir al traste de un momento a otro.
―Claire, ¿pero qué carajo me estás contando? ―le escribí. Notaba que el muro de contención de mi presa emocional se estaba agrietando―. Y, además, ir al aeropuerto te llevará como mucho un par de horas. ¿Es que te vas a pasar el día entero en la puta terminal?
 Y llegó la inundación. Perdí totalmente las formas. Supongo que ya lo daba por perdido, así que me dejé arrastrar por el agua. Ella hizo lo mismo. Tuvimos tal pelea por whatsapp que lo nuestro era ya insalvable. Echamos sapos y culebras. En fin, hasta nunca jamás. Que te den.
Cuando todavía me ardían las mejillas por el pedazo de cabreo que tenía, el cuerpo aún crispado por la reciente conversación, me llega otro whatsapp. Yo abro el móvil con violencia, esperando que fuera ella otra vez y que diera comienzo otra andanada de insultos. Pero entonces leo:
―¿Cómo te va, Peter? ―Al mensaje le seguía un emoticono de una cara sonriente junto a otro con un cono en la cabeza de papel azul estampado con estrellitas y un matasuegras en la boca.
Me pilló totalmente fuera de juego. Sacudo la cabeza, descolocado. Respiro, me despejo. Trato de hacer reset en mi mente. Era Beatriz, un antiguo ligue con el que seguía en contacto, y al que seguía viendo de vez en cuando. Me llamaba Peter porque, según ella, yo era el típico adulto que desea seguir viviendo lejos de responsabilidades, en el país de Nunca Jamás, siendo un eterno adolescente. Tenía razón. No acababa de gustarme el apodo, pero tenía razón.
Leí el mensaje, tragué una amplia bocanada de aire, hice un ejercicio de meditación relámpago para desprenderme de las malas vibraciones y me dispuse a contestar:
―Joder, Beatriz, ¿qué tal? ¡Cuánto tiempo! ¿Sigues en Castellón?
―No, ya no. Regresé hace ya tres semanas. ¿Cómo estás?
Peligrosa pregunta en ese preciso momento. Corría el riesgo de contarle la verdad, es decir, que estaba echando hostias, y de soltarle todo el culebrón, sin filtros, impulsado por mi estado de ánimo. Pero me contuve. Volví a respirar.
―Bueno, bien... ¿y tú?
―Huy, ¿y esos puntos suspensivos? ―pregunta.
Seguí haciendo esfuerzos para calmarme. Volví a escribirle, comenzando el mensaje con un emoticono sonriente.
―Bueno, he tenido un pequeño contratiempo. Ya te contaré… ―le dije, dejándolo en suspenso―. ¿En qué andas ahora?
―En nada. Estoy de vacaciones. Entro a trabajar en dos semanas, en Crónicas. ¿Y tú?
Crónicas era un local de copas muy chic en el paseo marítimo de Benalmádena, con música ambiente bastante selecta, tapas variadas y famoso por los cócteles. Ella trabajaba detrás de la barra.
―Yo sin novedades, con mis clases ―le contesto.
Tenía el grado superior de violonchelo e impartía clases en una academia privada. Muy pronto me di cuenta, y así me lo hicieron saber mis profesores en el conservatorio, de que se me daba mejor enseñar el instrumento que interpretar partituras.
―Ok. Pues si te apetece podríamos vernos un día de estos.
―Claro que sí ―le escribo.
―Vale. Pues tú me avisas, que estás más ocupado que yo.
Le dije que la avisaría. Lo que nunca llegué a imaginar es que ocurriría lo que ocurrió después. Y esto sí que era un «imprevisto», no las trolas de la estúpida de Claire.
Pasados unos días, ya bastante más calmado y recuperado del palo, llamé a Beatriz y le expliqué lo que me había sucedido. Me costó bastante arrancarme a hablar, pues de alguna forma tendría que revelarle que lo que nos traíamos entre manos esta chica y yo era una sesión de, digamos, sadomasoquismo. Bueno, no exactamente eso, pero algo parecido. Me daba mucho pudor contarle esta nueva «perversión» por la que estaba interesado.
Le expliqué que la había conocido por internet, en una página erótica. Eso le dije, pero, francamente, se trataba de un chat de cibersexo. Me había metido en una sala con el título BDSM (siglas que en inglés hacen referencia a una práctica sexual consistente en el ejercicio de roles de Esclavitud y Disciplina, Dominación y Sumisión, Sadismo y Masoquismo).
No era la primera vez que lo hacía, ya me había picado la curiosidad en otras ocasiones. Había investigado, leído algunos libros, charlado con los usuarios en algunos foros. Era un juego erótico complejo, muy cerebral, pero muy potente.
En el BDSM, el erotismo, el morbo y la excitación pueden trocarse en una situación absurda y cómica si cualquiera de los participantes comete un error y no representa adecuadamente su papel, dando al traste con todo. Comprendí que quien no «siente» verdaderamente su rol, fracasa. La obediencia de la sumisa debe ser absoluta, y la dominación del amo, también. Este no sugiere, ni pregunta ni da a la sumisa ningún margen para que exponga sus preferencias o su opinión: sencillamente ordena, y ella obedece.
―Los dos admitimos sentirnos atraídos por esta fantasía ―le contaba yo a Bea―. Dejamos claro desde un principio que éramos solo aficionados, meros curiosos. Ninguno lo había practicado anteriormente. Bueno, yo había tenido algunas sesiones por internet en las que ejercía de «amo», por decirlo así, pero nada más. Con algunas de mis cibersumisas ―le dije entreteniéndome en la palabra, con retintín―, alcanzaba unos grados de excitación que me sorprendían, de verdad te lo digo.
Dejé de hablar y esperé oír la voz de mi amiga, pero no llegaba nada. Pasaron algunos segundos. ¿Se habría colgado?
―¿Oye? ―le pregunté―. ¿Sigues ahí, Bea? Llevaba tanto rato hablando solo que pensé de pronto si me estaba escuchando.
―Sí, claro que sigo aquí ―me dice de inmediato, muy bajito―. Tus cibersumisas
Yo siento que la cara se me tiñe de rojo.
―Eh… sí, eso ―le digo aturullado―. Y nada, una cosa fue llevando a la otra y, ya te puedes imaginar, al final empezamos a tener conversaciones picantes… ―concluí. De pronto sentí la necesidad de abreviar. Se produjo otro momento de silencio.
―¿Peter? ―pregunta Bea.
―Dime.
―Ibas muy bien. Ahora no te pares ―me dice, añadiendo una risita al final de la frase. Yo también le sonrío al móvil, pero ella no podía saberlo.
―Es que me ha dado un poco de corte.
―Pues que no te dé ―me dice rotunda―. Venga, sigue.
Le conté que poco a poco nuestras conversaciones en el chat fueron derivando a lo que yo empezaba a considerar roles de sumisión.
―No sé cómo explicarte ―le seguí diciendo―. La forma en que se expresaba esta chica me cautivó por completo, sentía que me atrapaba.
―¿Pero qué te decía? ―preguntó Bea.
―¿Que qué me decía? ―salté yo, tratando de ganar tiempo―. Pues no sé… ¿Y este interés? ―le pregunté soltando un bufido. Me volvía a dar un poco de apuro.
―Hala, borde ―me dice―. Quería hacerme una idea. Venga, Peter, no te hagas de rogar.
Yo suelto una carcajada y vuelvo a relajarme.
―Pues mira, por ejemplo, me escribía: «¿Te gustaría que fuera tu putita obediente?».
Me callé, esperando su reacción. Sentí un pellizco de excitación al pronunciar la frase. No dijo nada, así que volví a tomar la palabra.
―Yo no sé si era el modo de decirlo o qué, pero sus palabras me encendían, ¿sabes lo que digo? Me daban como escalofríos, y luego yo trataba de seguirle el rollo.
―¿Qué le decías tú?
―¡Joder, cómo me aprietas! Pues a ver, eh, yo decía: «Sí, me encantaría. Y tenerte de rodillas ante mí, desnuda...». Y ella: «De rodillas, con las manos atadas a la espalda con un pañuelo. Yo no osaría mirar a mi señor, humillaría mi cara». Esa expresión, «mi señor» ―le explicaba yo―, hacía que el cuerpo se me erizara, te lo juro.
―Vaya… ―me dice, soltando una risilla. Yo ignoraba qué pensaba ella realmente sobre esto.
―Pues eso. Y a ella le ocurría lo mismo, ¿eh? Por lo menos eso es lo que me contaba.
―«Mi señor»… ―repite Bea en el teléfono, pensativa―. Joder con Claire.
―Sí… Bueno, curiosona, en resumen, que surgió algo muy fuerte entre los dos. Era la primera vez que me ocurría algo así.
―¡Venga ya, Peter! ―salta Bea―. ¿Nunca te habías puesto como una moto charlando con alguien por internet?
―Que no, mujer, me refería a este juego erótico del amo y la sumisa. Nunca me había excitado hasta ese punto. No sé cómo decirte: esta chica me ponía cardíaco. Casi siempre terminábamos masturbándonos, por cierto. Era muy heavy, al menos por mi parte. Así que decidimos vernos en persona, probar a ver qué sucedería. Y ya no recuerdo si la idea fue suya o mía. Diría que salió de ella.
―Ya… ―me dice―. Oye, ¿y no les preocupaba que no se gustaran? Una cosa es ponerse cachondos a través de un chat y otra muy distinta verse en persona. Yo me he llevado cada palo…
―Pues mira, tienes razón en eso. Quiero decir, siempre conviene tener algún contacto en persona, comprobar si existe ese buen feeling. Pero, ¿sabes qué? Lo que había surgido entre los dos era tan potente que ya no volvimos a hablar sobre eso. Lo tuvimos claro. Nos bastó con vernos en fotos. Nos enviamos unas pocas. A mí su cara no acababa de gustarme del todo, pero tenía un cuerpecito… ¡Uf!  Me mató, literalmente. Es una chica bajita, ¿sabes? Mide 1'52 m. Es delgadita, con el cuerpo muy estilizado. En una de las fotos…
Volví a frenarme en seco. Estaba embalado. Me di cuenta de que tenía al otro lado a una mujer. Lo que iba a contarle me interesaba más a mí que a ella.
―¿Sí? ―me pregunta―. ¿Qué pasa con la foto?
―¿Te lo cuento?
―Lo estás deseando ―me dice descojonándose.
―Mira que eres mala…
―Venga, suéltalo, que te vas a hacer daño ―y vuelve a reírse.
―Pues mira, en una de las fotos se ve a mi amiguita Claire con unas braguitas de encaje negro, muy transparentes y muy estrechas por la parte de… atrás. La tela era tan elástica que parecía pintura, ¿sabes lo que digo? Así de bien se ajustaba. Madre mía, le hacía una curva sobre la piel de las nalgas… Tenía un culo precioso, palabra, y la piel blanquísima. En esta foto, se había puesto de rodillas pero erguida, de perfil, sentada sobre sus talones y con las puntas de los pies apoyadas en el suelo. Se había pintado las uñas de un morado intenso, lo recuerdo. Aparecía con una mano sobre el muslo y con la otra se ocultaba los pechos. Tela marinera, ¿no te parece?
―Tiene buen gusto la tal Claire ―dice Bea con cierta sorna.
―Y tanto ―seguí yo―. Y, bueno, en otra foto se había puesto a cuatro patas y de espaldas a la cámara, un poco ladeada, con las piernas ligeramente abiertas, una mano apoyada en el suelo y la otra sobre una nalga, tapando parcialmente las braguitas. Se transparentaba la entrada del sexo. Acabé masturbándome, hazte una idea.
―Pobrecito ―me dice poniendo una voz lastimera―. ¿Y tú le gustaste a ella?
―Pues, por lo que me dijo, sí ―le contesto.
―Seguro que le enviaste fotos guarras, mostrando tu supervirilidad
―¡Qué graciosa, por Dios, que me troncho! ―le digo fingiendo una risa postiza―. Pues fui bastante original, que lo sepas.
―Sorpréndeme.
Yo me lo pensé unos segundos. Volvía a darme un pelín de pudor.
―Pues mira, la más interesante de mis fotos era una en la que salía de pie, frente a la cámara, bajo una penumbra que logré recrear gracias a la luz de unas velas, dándome con una fusta en la palma de una mano, como un profesor enfadado que muestra a su díscola alumna lo que le espera.
―Guau, ¿con una fusta?
―Pues… sí ―le contesto. Me excito un poco al contárselo.
―Vaya tela ―me dice ella―. Bueno, en cualquier caso, Peter, por lo que me dijiste el otro día, te pegó el plantón de su vida, o de la tuya, ¿no?
―Menudo rebote me cogí, Bea. Te lo juro. Es que además…
Y volví a interrumpirme. De nuevo, unos instantes de silencio.
―¿Además? ―se cuela su voz por el móvil.
―Es que me ilusioné muchísimo, tía ―le contesto con voz de fastidio―. Joder, me da corte decírtelo.
―¿Decirme el qué? ―me insiste, intrigada.
―Lo había preparado todo, Bea. Hasta fui a un sexshop para comprar algunos juguetes, flípalo. La fusta, entre otras cosas. Y también quise recrear un ambiente adecuado en el salón de mi casa ―las palabras me salían a borbotones, recordándolo todo―, así que me recorrí las tiendas buscando bombillas de color rojo, de esas de muy baja intensidad, para colocarlas en el salón, ¿te lo puedes creer?
Heavy ―oigo que dice.
―Muy heavy, sí. Las probé, ¿sabes? Cerré las persianas, la puerta y las enrosqué en los plafones. Me quedé impactado con el efecto. Las puñeteras bombillas generaban un ambiente extremadamente cálido, erótico y provocador. Imagínate la de vueltas que empezaba a dar mi cabeza.
―Me imagino, sí ―dijo en voz muy baja, pensativa.
Yo seguía hablando como un torrente. La frustración por haberse malogrado todo mi plan, en el que había puesto tanto empeño, volvía a adueñarse de mí y empezaba a escupir las palabras sin tener a Bea demasiado en cuenta.
―Yo me relamía de solo pensar en lo que podríamos haber hecho. Ah, y no queda aquí la cosa ―le digo, lanzado―: Busqué en internet música apropiada, ¿me oyes? Le dediqué horas. Al final logré seleccionar 7 u 8 piezas. Una delicia. Es impresionante el efecto que provoca. Estaba encantado. Las cargué en un pendrive para reproducirlas el día X, que nunca llegó, me cago en mi estampa. Bueno, en la suya.
Se hizo de nuevo el silencio. Bea permanecía callada. Pensé que quizás yo había hablado demasiado, pero no pude evitarlo. Al recordar todo aquello, volvía a sentirme realmente mal, con mucha rabia.
―Perdona, Bea. Sé que te parecerá un poco estúpido, pero realmente me había ilusionado con todo esto.
―No, no te preocupes ―sonó de nuevo su voz―. Además, te entiendo muy bien. Te comen los diablos cuando has invertido tanto tiempo en alguien para que al final esa persona lo mande todo al traste sin inmutarse. Te dan ganas de matarlo ―dice―. De matarla. En serio, te entiendo.
―Joder, pues me alegra que me lo digas, porque es exactamente así. Sé que no era más que divertimento, un capricho para pasarlo bien, y por eso me siento algo ridículo. Pero la verdad es que me sentó fatal.
Después de intercambiar unas pocas frases más, nos despedimos. Me vino bien hablar con ella. Fue un modo de desahogarme, aunque se tratara de algo bastante trivial. Quedamos en que nos veríamos pronto, y que yo la avisaría.
Beatriz era una chica bastante morbosa, le gustaban los juegos eróticos, como a mí. Cuando practicábamos sexo, solíamos introducir elementos nuevos y recrear escenas para darle mayor aliciente. Hasta la fecha, se había disfrazado para mí de enfermera y de sirvienta. Yo, por mi parte, tuve que comprar un mono azul de mecánico para tocar a su puerta y repararle unas pocas cañerías. En fin, todavía recuerdo aquella faldita diminuta con fruncidos de color blanco. Tremendo.
Supongo que por eso encajábamos, por lo menos en el terreno sexual, ya que nunca fuimos pareja. Su mente era igual de calenturienta que la mía.
Poco tiempo después de revelarle toda mi batalla con Claire, y de desahogarme con ella llamando de todo a mi impresentable cibersumisa, tuvimos una nueva conversación por whatsapp. Yo venía de mis clases, andando por la acera, con el chelo a cuestas.
―¿Peter?
―A la escucha ―escribo cuando veo el mensaje, minutos después.
―Oye, tengo que decirte algo ―me responde enseguida.
―¿Y a qué esperas? ―tecleo.
―Es que... me cuesta.
―Tic, tac, tic, tac... Deja de hacerte la interesante y desembucha ―le digo agregando un emoticono partiéndose de risa.
―No estoy de bromas. ―En la aplicación, veo que duda al escribir―. Todo aquello que me contaste sobre el BDSM, tus fotos con la fusta la fusta...
―¿Sí?
―Pues que... me pone mucho.
Directo a la mandíbula. Me quedo parado. Ahora soy yo el que se toma su tiempo. Tengo que asimilar lo que me acaba de decir. Proceso tan rápido como puedo.
―Repíteme eso ―tecleo.
―Ya lo has oído ―me escribe―. Leído, quiero decir.
Sigo asimilando. Siento una punzada de excitación. De pronto me imagino un nuevo cuerpo bajo la luz roja de las bombillas. Tardo mucho en pensar una respuesta. Ella se impacienta.
―¿Estás? ―me pregunta.
―Sí, sí, perdona. Es que me pillas... ―sigo procesando a toda leche―. Beatriz, ¿qué quiere decir que te pone?
―Pues eso, Peter, que me pone. No es algo que una vaya revelando a todo quisque. Te lo digo a ti. Y te digo que me pone. Siempre me ha rondado en la cabeza ese juego. Y al imaginarte con la fusta, mi cabeza ha hecho clic. Te he imaginado dándome con ella y me he puesto muy cachonda.
Mi cabeza va a toda máquina, y mi corazón se acelera por momentos. Procuro darme prisa con el teclado, pero parezco un tarado. Digo:
―Joder...
―¿Qué?
―No sé... es una sorpresa ―escribo―. Oye, Beatriz, ¿me estás diciendo que te gustaría probar?
―Sí.
La leche. Se me nubla un poco el entendimiento. Escribo con el índice tembloroso. No acierto con las putas teclas.
―Pues... por mí, estupendo ―digo―. Joder, qué morbo.
―Mucho. Si lo pienso, noto un hormigueo en el estómago...
Se abrió la caja de Pandora. Después de ese día...

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sábado, 25 de marzo de 2017

Venganza carnal

―¿Me acompañas al baño?
Melissa siguió jugueteando con el tenedor sobre las verduras hervidas que aún quedaban en el plato, sin levantar la mirada. Su melena impecablemente lisa, que destellaba por momentos, rozaba los bordes de la loza, adornada con motivos florales. Alejandra se levantó, cogió el bolso que colgaba en el respaldo de su silla y se dio la vuelta.
―Ahora vuelvo ―dijo sin dirigirse a nadie en concreto.
Se fue contoneando el trasero con mayor intención de lo habitual, compitiendo con el desdén que le había mostrado Melissa. Llevaba una minifalda ajustada color canela muy pálido, unas medias negras poco tupidas y unos zapatos de imitación de cuero, de medio tacón, negros también, con una hebilla sobre el empeine, imitación de esos modelos de los años sesenta. Marcos no pudo evitar buscarle las nalgas con los ojos, sin girar la cabeza, arriesgándose a que su novia le descubriera. Tenía un culo de infarto.

martes, 14 de febrero de 2017

Cena en la cama

Ay, déjame, ahora no le decía yo, tratando de sonar irritada, agitando los brazos, sin soltar la cuchara de madera que agarraba con mi mano izquierda y la sartén que sujetaba con la otra, que tenía al fuego, chisporroteando.
Él se me pegaba a mí por detrás, abrazándome con fuerza y presionando su paquete contra mis nalgas, que yo notaba cómo comenzaba a endurecerse enseguida.
―Anda, dame solo un poco replicaba él, hurgándome en el escote, tironeándome de las solapas, poniendo esa vocecilla como de niño mimado y caprichoso.
Yo llevaba puesta una bata de seda de color celeste, muy claro, y, debajo, unas bragas de encaje blancas. No me había puesto sujetador aposta, pues ese había sido nuestro acuerdo.