martes, 14 de febrero de 2017

Cena en la cama

Ay, déjame, ahora no le decía yo, tratando de sonar irritada, agitando los brazos, sin soltar la cuchara de madera que agarraba con mi mano izquierda y la sartén que sujetaba con la otra, que tenía al fuego, chisporroteando.
Él se me pegaba a mí por detrás, abrazándome con fuerza y presionando su paquete contra mis nalgas, que yo notaba cómo comenzaba a endurecerse enseguida.
―Anda, dame solo un poco replicaba él, hurgándome en el escote, tironeándome de las solapas, poniendo esa vocecilla como de niño mimado y caprichoso.
Yo llevaba puesta una bata de seda de color celeste, muy claro, y, debajo, unas bragas de encaje blancas. No me había puesto sujetador aposta, pues ese había sido nuestro acuerdo.
Te he dicho que no, después te la doy sentenciaba yo, metida por completo en mi papel y reprimiendo mi excitación. Él se desprendía de mí, a regañadientes, y volvía a sentarse a la mesa de la cocina. Abría de nuevo el periódico y hacía como que leía, mientras yo trataba de continuar, sofocada, preparando el salteado de pimientos.
Mientras me desplazaba por la cocina con mis zapatillas de franela, abiertas en el talón, mostrando mis finos tobillos y la cadenita de plata que me puse intencionadamenteme confesó que le encantaba este detalle, notaba como él me recorría el cuerpo con los ojos. Yo me había recogido el pelo con un pasador como él me había pedido, dejando algunos mechones sueltos, como cualquier ama de casa que se organiza con prisas para hacer las tareas del hogar. «Me gusta verte el cuello», me había dicho.
De tanto en tanto, yo simulaba necesitar cualquier cosa de uno de los armarios de la parte baja y me agachaba procurando ofrecerle una generosa panorámica de mi escote. Mis pechos sueltos bajo la bata amenazaban con salirse y yo me excitaba ante esta posibilidad tanto como él, a quien yo veía bajar el periódico «disimuladamente» para no perderse nada. En ocasiones, un pezón traspasaba la cinta de seda de la solapa y asomaba ligeramente. Entonces yo me ponía una mano sobre la bata, a la altura de mi estómago, pero muy perezosamente, pues la sensación que me producía tanto el roce del aire sobre la punta del pezón erizado como su mirada me hacían estremecerme de placer.
Al poco rato, estando de nuevo de espaldas a él, volvía a escuchar el ruido del periódico sobre la mesa. No sabía qué estaba ocurriendo, cuando de pronto le sentía de nuevo sobre mí, atrapada bajo su cuerpo, apresada, su aliento en mi cuello desnudo y su ávida mano rebuscándome bajo el cuello de la bata. Sus dedos me prendían un pecho y lo hacían brotar hacia afuera. Él lo observaba todo desde arriba, pues era bastante más alto que yo. Me lo oprimía con fuerza, abarcándolo con la mano, lo sobaba unos segundos, como si se tratara del ubre de un animal, se agachaba sin soltarme y luego se metía el pezón en la boca, buscando el alimento.
Yo tenía un pecho abundante, no sólo por mi propia genética, sino también porque yo seguía dando de mamar a mi hija, de sólo 7 meses. La idea de que pudiera ofrecerle aunque solo fueran unas gotas de leche me excitaba sobremanera. Yo volvía a hacerme la remolona, trataba de enfadarme y de deshacerme de él, pero en el fondo me deshacía sintiendo cómo se apoderaba de mi pecho y me succionaba con avidez.
Ay, por Dios, déjame le decía yo con palabras que se mezclaban con mis jadeos, agarrándole del pelo y tratando torpemente de despegarlo de mí, pero deseando, más bien, que me succionara con más fuerza. Te he dicho que después te la doy seguía yo sin ninguna convicción, sintiendo cómo el calor me invadía la entrepierna y cómo un hilo de flujo alcanzaba la entrada de mi vulva y me mojaba las bragas. Mientras me chupaba, su miembro me torpedeaba las nalgas. Sus chupadas resonaban en la cocina y competían con el salteado de pimientos.
Miguel, simulando estar enfadado, y colorado de excitación, terminaba por obedecerme, abandonaba el pezón y arrastraba su boca por mi cuello, embadurnándolo con la lengua. Mi pezón, al quedar vibrando en el aire, brillante de su saliva, recibía la caricia fría del aire y yo volvía a sentir otra oleada de calor por dentro. Mientras recuperaba la respiración, haciendo como que me recomponía el pelo, mi abultado pecho, surcado de finas venas azules, seguía colgando por fuera de la bata. Entonces veía cómo unas gotitas de leche brotaban de los poros del pezón y resbalaban hacia abajo, sobre la curva de la carne. Me lo introduje de nuevo bajo la tela con cierto fastidio y volví a mi quehacer mientras él se marchaba «disgustado» al salón, resoplando, y olvidando el periódico sobre la mesa.
No tardes me decía en voz alta, tratando de parecer molesto, mientras avanzaba por el pasillo.
Nos habíamos conocido por internet. Él también estaba casado. No tenía hijos, pero su matrimonio hacía aguas, como el mío, aunque por motivos diferentes. En mi caso, todo parecía estar sucediendo por inercia, con indolencia, como en una película desteñida: boda, casa, trabajo, hipoteca, suegros, hijos..., y la poca pasión que había entre mi marido y yo se había ido diluyendo a una velocidad endiablada. Apenas practicábamos sexo, y en las pocas ocasiones que lo hacíamos él parecía ausente, cumpliendo un ritual o un trámite que ni le iba ni le venía. Yo estaba harta, aunque reconozco que no tenía valor para manifestarlo, más allá de algún gesto de aburrimiento o desdén.
Hacía ya 7 meses que había tenido a mi primera hija y, para mi disgusto, las cosas habían empeorado más: él parecía aún más distante, en su mundo, y yo me veía cada vez más atrapada en una rutina descolorida. Me sentía sola. Así que, ¡qué diablos!, decidí buscar un poco de aliciente para mi vida. Yo era joven, guapa. Si él no sabía apreciarme, otros lo harían. Además, y aunque quede mal decirlo, yo tenía mis necesidades...
Nos habíamos citado unas pocas veces en un pequeño apartamento que él tenía en Almuñécar, muy cerca de donde yo trabajaba. A él le quedaba algo más lejos, pero como se dedicaba al sector comercial de maquinaria de construcción, se desplazaba con frecuencia y le resultaba muy fácil poner alguna excusa a su mujer. Lo utilizaba algunos fines de semana con su familia, por lo que se mantenía en bastante buen estado. En una de esas ocasiones, estando tumbados sobre las almohadas, después de hacerlo, sudorosos aún, me dice:
Te encanta que te chupe los pechos, ¿verdad?
Él tenía su brazo sobre mi vientre y me hablaba casi al oído. Por como lo había preguntado, sentí que llevaba mucho rato pensándolo. Parecía realmente intrigado. Yo no le contesté, pero dibujé con los labios una pícara sonrisa que me llegó a las orejas.
¿De qué te ríes? ―vuelve a preguntar.
―De nada.
―El que nada... ―me dice con retintín―. Ya me lo estás diciendo ahora mismo.
Yo vuelvo a reírme, sin poder evitarlo. Me giro hacia él, su brazo se posa sobre mis caderas y mis pechos se juntan frente a su cara, blandos y amenazadores.
―Sí, me gusta mucho que me los chupes ―respondo.
Él me mira a los ojos y yo esquivo los suyos, como tratando de evitar que me lea el pensamiento. Vuelve a preguntarme, curioso:
―¿Pero qué pasa? Venga, suéltalo.
Yo me río abiertamente, me acerco más a su cara y hablo susurrando:
―Suelo tener una fantasía recurrente ―le digo.
Él continúa visiblemente intrigado. Abre mucho los ojos y me pregunta:
―¿Y es?
―Que le doy de comer a...
―¿A?
―Pues eso, que imagino que le doy de comer a él, a ese hombre que aparece en mis fantasías ―contesto yo. De pronto, siento que la cara me arde. Debía estar como un tomate.
―La leche...
―¡Eso, la leche! ―le suelto yo, y rompo en una carcajada―. Es algo en lo que suelo pensar cuando me masturbo.
―Vaya...  Sigue, sigue, ahora no te pares.

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