sábado, 25 de marzo de 2017

Venganza carnal

―¿Me acompañas al baño?
Melissa siguió jugueteando con el tenedor sobre las verduras hervidas que aún quedaban en el plato, sin levantar la mirada. Su melena impecablemente lisa, que destellaba por momentos, rozaba los bordes de la loza, adornada con motivos florales. Alejandra se levantó, cogió el bolso que colgaba en el respaldo de su silla y se dio la vuelta.
―Ahora vuelvo ―dijo sin dirigirse a nadie en concreto.
Se fue contoneando el trasero con mayor intención de lo habitual, compitiendo con el desdén que le había mostrado Melissa. Llevaba una minifalda ajustada color canela muy pálido, unas medias negras poco tupidas y unos zapatos de imitación de cuero, de medio tacón, negros también, con una hebilla sobre el empeine, imitación de esos modelos de los años sesenta. Marcos no pudo evitar buscarle las nalgas con los ojos, sin girar la cabeza, arriesgándose a que su novia le descubriera. Tenía un culo de infarto.
―Menuda zorra ―dijo Melissa sin levantar la vista del plato y sin parar de destrozar las verduras.
Marcos detuvo en seco los raviolis que estaba a punto de introducir en su boca, aun abierta, y el gesto de sorpresa se mezcló con la maniobra para engullir la pasta. Luego, las comisuras de sus labios se combaron levemente hacia arriba, en una sonrisa socarrona, y finalmente se metió los raviolis en la boca.
La complicidad entre él y su novia llegaba a extremos casi incomprensibles. No se trataba de una compenetración a todos los niveles, como esas parejas que están hechas el uno para el otro y se juran amor eterno. En realidad, tenían infinidad de peleas. Nos referimos al sexo, a la atracción sexual que sentían el uno por el otro. Vivían las relaciones con una permanente rivalidad, con fiereza, como si cualquier excusa externa fuera una invitación para desearse con violencia.
Marcos, aunque aparentara impasibilidad mientras masticaba sus raviolis, sabía perfectamente lo que sucedía y lo utilizaba contra ella. Sabía que Alejandra llevaba toda la noche tonteando con él en el restaurante.
―¿A qué ha venido eso?
Melissa siguió manipulando el tenedor, rasgando la cerámica con las púas y consiguiendo arrancarle pequeños chillidos al plato, provocando la dentera de Marcos.
―No soy estúpida ―le dijo atravesándolo con los ojos, sin levantar la cara―. ¿Es que te la quieres follar?
Ahora él sonrió abiertamente pero permaneció callado. Sin osar revelarle ni la más mínima pista, comenzaba a sentir chispazos de excitación recorriéndole el cuerpo: le encantaba verla celosa.
―No sé en qué te basas para decir eso ―le contestó él sin lograr disimular, o sin querer hacerlo intencionadamente, su sonrisa―. Tú estás más buena que ella, y lo sabes.
Melissa bajó la mirada, aguijoneada por el piropo, pero no podía permitirse manifestarlo.
―Vete al diablo ―le dijo con algo menos de convicción―. Además, no es eso lo que te he preguntado. ―En cuanto volvía a pensar en Alejandra, la rabia regresaba inmaculada. Y pensando en el rey de Roma, la vio regresar de los servicios balanceando las caderas.
Eran amigas desde el instituto, aunque el término «amigas» admitía ciertos matices. Su amistad se había forjado a base rivalidad. Jugaban a ser chicas duras y, más que nada, a hacerse notar y desear por los guaperas y gallitos del corral. Estar unidas les reportaba muchas ventajas: se daban seguridad la una a la otra, se contaban todos los chismes, se ayudaban en sus conquistas... Pero también tenía inconvenientes, que se reducían prácticamente a uno: estar interesadas en el mismo gallito. A veces se distanciaban durante un tiempo por este motivo, pero finalmente volvían a hacer las paces. Y hasta el día de hoy.
Alejandra colgó de nuevo su bolso, cardó su melena ondulada con ambas manos, se sentó, cruzó sus piernas y tomó un sorbo de vino blanco de su copa.
―¿Alguna conversación interesante desde que me he ido?
No es que fuera un as de la intuición. Sabía que hablaban de ella. Sencillamente, era obvio lo que ocurría entre los tres. Melissa, soltando de una vez el tenedor, cogió su copa, tomó un sorbo con parsimonia, y, mirando fijamente la estela que el vino dejaba en la barriga del cristal, dijo:
―Bueno, no sé si te parecerá interesante. Marcos me ha pedido que te preguntara si estarías dispuesta a hacer un trío.
Se hizo el silencio. Mientras ella seguía las evoluciones del vino, que hacía girar con movimientos circulares, Marcos, que pinchaba los últimos raviolis que quedaban en su plato, detuvo el tenedor en seco. Alejandra, que también se quedó inmóvil un segundo, giró el rostro hacia su amiga.
―¿Un trío? ―dijo. Y tras una nueva pausa buscó los ojos de Marcos, que volvía de nuevo a la vida y comenzaba a llevarse a la boca los raviolis. Volvió a intervenir Melissa, temerosa de que él echara por tierra su arranque espontáneo.
―Un trío, sí: tú, Marcos y yo, los tres ―dijo con firmeza y con cierta indiferencia. Por fin, la miró a los ojos, envalentonada, y añadió―: ¿Y bien? ¿Qué contestas?
Haciendo esfuerzos por aparentar aplomo, Marcos reflexionaba a toda velocidad, mientras sus ojos recorrían los objetos de la mesa, inquietos. Notó la mirada de Alejandra sobre él. Ella también se debatía por mantener la compostura y por sacar de la chistera una respuesta aceptable. Las dos leonas habían empezado un nuevo round.
―Pues sí que os ha cundido mi ausencia ―dijo forzando una ligera sonrisa. En su interior, se sentía hinchada, rebosante de vanidad, por que Marcos hubiera tenido esa idea. En cierto momento dudó de si el rubor le habría alcanzado la cara. Reflexionó un segundo más, tomó aliento lo más silenciosamente que pudo, y respondió mirando de nuevo a Marcos, como si Melissa fuera la tercera en discordia y ella la protagonista:
―Pues sí, me gustaría mucho.
Y diciendo esto, Marcos, después de asimilar lo que estaba ocurriendo, habiendo pasado de la inquietud a la manifiesta excitación, la miró a los ojos, miró luego a Melissa, hinchó sus pulmones con aire fresco, y dijo finalmente:
―Me alegro de que te guste la idea, de verdad que sí. ―Y, dibujando una suave sonrisa en su boca, tomando su copa y alzándola hacia el centro de la mesa, añadió―: Por nuestro nuevo proyecto.
Los tres chocaron las copas y tomaron un sorbo, Melissa buscándolo con los ojos a través del cristal estelado, rabiosa y excitada.
―Y ahora, señoritas, si me disculpan ―continuó Marcos, pasándose su servilleta de tela por la boca, levantándose de la mesa y desplazando su silla―, yo también tengo que ir al baño.
Volvió a colocar su silla y, cuando pasó por detrás de Alejandra, deteniéndose sin que ésta lo notara, clavó sus ojos en los de Melissa durante un eterno segundo. Saltaron chispas, y el deseo los consumía a ambos. Sin dejar de mirarla, echó a andar hacia los lavabos.
 Ambas eran mujeres exuberantes. Alejandra, de 35 años, como su amiga, y algo más alta, tenía una melena castaña ondulada que a menudo, no hoy, se tintaba de color cobrizo. Medía 1'71 y pesaba 68 kg. Era de piel muy blanca, con unos pechos no muy abundantes pero muy bonitos. Tenía los ojos marrones, aunque en los días de mucha luz adquirían una tonalidad verdosa. Su trasero ya lo conocemos.
Melissa, de 1'67 de estatura y 67 kg, era también de piel blanca, pero menos lechosa que su amiga. Su pelo era de natural liso, pero ella además se lo alisaba a conciencia y teñía sistemáticamente de negro. Sus ojos, los suyos sí, eran de un verde océano impactantes. Tenía un culo respingón que traía loco a Marcos, que no dudaba en azotar cuando la tenía a cuatro patas. Los azotes hacían que las nalgas, con pequeñas rugosidades de celulitis, quedasen vibrando, algo que le volvía loco. Apretárselas con fuerza mientras la penetraba era otro gesto delicatessen mientras practicaban sexo. Sus pechos eran muy abundantes, estaban salpicados de algunos lunares oscuros que los hacían incluso más sexis, y sus pezones, de un rosado muy vivo, eran también la perdición de su novio.
Cuando regresó del baño, las dos le esperaban ya en el mostrador.
―¿Nos vamos? ―le dijo Melissa enlazando su brazo con el suyo―. Ha pagado Alejandra. No he podido impedirlo.
La amiga se adelantaba ya camino de la calle. Mientras se alejaba, sin girar del todo la cabeza, iba diciendo:
―Qué menos, ¿no? Además, siempre me invitáis vosotros.
Marcos y Melissa la siguieron después de enviarse una mirada tensa, aunque también con cierta picardía. A medida que avanzaban hacia la puerta, él deslizó la palma de su mano abierta sobre su culo. Ella llevaba un pantalón negro de algodón, de tela muy fina y pata muy ancha, que se ajustaba asombrosamente a sus curvas. Más de un comensal, no había duda, registró el detalle.
No hablaron del asunto en todo el trayecto hasta que llegaron a casa de Melissa. Era domingo. Pasadas las once, ambos metidos ya en la cama, él con unos bóxers y una camisa de algodón ajustada, y ella tan solo con unas bragas, surgió de nuevo el tema.
―¿Vas en serio? ―pregunta Marcos.
―¿Si voy en serio con qué? ―contesta ella poniéndose de costado y pasándole el brazo por el torso, cerrando los ojos.
―Meli, corta el rollo. Venga, dime, ¿por qué has hecho eso?
―No sé. Creo que me tiene un poco harta. Y tú eres un cabrón.
Marcos le sujeta la mandíbula con una mano, zarandeándola ligeramente, arrugándole las mejillas y frunciéndole los labios.
―No tienes remedio ―le dice, y acto seguido la besa sobre los labios fruncidos. Luego, añade―: En serio, ¿qué piensas hacer? No te creo. Quiero decir, no me parece que hacer un trío sea tu forma de «vengarte» porque te tenga harta. Ya la has visto, ha contestado que sí.
Melissa abrió los ojos y observó cómo Marcos recorría el cuarto con la mirada, de nuevo perdido en reflexiones. Ella desliza su mano por el vientre y le busca el miembro sobre la tela del bóxer. Se lo aprieta ligeramente, gira el rostro hacia él, y dice:
―¿Quieres follártela, verdad? Dímelo.
Él vuelve a desplegar una sonrisa socarrona, le sujeta la melena por la nuca, con fuerza, y la mira a los ojos.
―Cómo me pones, joder ―le dice mordiéndose los labios―. Sí, me gustaría follármela, pero sólo si estás tú.
Se sostuvieron la mirada varios segundos.
―Pues eso es lo que quiero: quiero ver cómo te la follas en mi presencia ―le dice―. Me dieron ganas de darte dos hostias en el restaurante. Sabes que no la aguanto cuando se pone así contigo. Y cuando le miraste el culo descaradamente me comieron los demonios. ¿Crees que no te vi? ―y le suelta una pequeña bofetada―. Fue ahí cuando lo decidí. Te odio, la odio. Quiero verla desnuda, ver cómo se te insinúa esa zorra estando sin ropa, quiero ver cómo... ―Se detiene un momento, se incorpora un poco y se apoya sobre los esculpidos pectorales de Marcos. Luego, continúa―: La puñetera idea me pone como una moto, joder.
Él se queda atónito durante unos instantes. Sigue mirándola fijamente. Tras unos instantes, una amplia sonrisa le invade el rostro.
―Qué perversa eres. A mí la idea también me hace subir por las paredes. Eres la hostia, ¿sabes? Hagámoslo ―le dice con vehemencia, y comienza a comerle la boca y a aprisionarle los pechos desnudos.
Llevaban juntos cuatro años. Marcos era un ex-policía local convertido en pequeño empresario. Decidió que andar todo el santo día desconfiando de todo el mundo y pensando en las fallas del carácter de las personas estaba causando estragos en su propia personalidad. No le gustaba vivir así. Una de sus grandes aficiones era desde siempre el deporte. Buena prueba de ello, y de que a sus veintitantos decidiera hacer las pruebas para ingresar en el cuerpo, era su envidiable físico: 1'83 de estatura y 79 kilos de fibra muscular. La grasa había que buscarla justo después de que se comiera tres perritos calientes. Si no, no había forma.
A sus 32 años, decidió aprovechar un amplio terreno que había heredado de su abuela materna y montar unas pistas de paddle. Este deporte estaba en completo auge. Comenzó con cuatro y ahora, con 41 años, el Sport Club La Cornisa ya disponía de nueve de paddle, dos de tenis de césped artificial y tres de squash.
Marcos y Melissa tenían cada uno su propia casa...

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