lunes, 3 de abril de 2017

La sirvienta que salió de un bolso

Piel tostada, pelo negro, largo y rizado, ojos marrones, 1,67 de estatura, curvas generosas... Tenía un cierto aire africano, a jamaicana, quizás.
―La semana que viene voy a tu tierra ―me dice.
Me escribía a través del correo de la página.
―¿Y? ―tecleé yo, lacónico, haciéndome el chulito, el machote.
―¿No te apetecería un café? ―pregunta.
―¿Un café, sirvientita?
Yo la llamaba «sirvientita» a raíz de haber publicado un relato erótico en el blog de la página en el que le puse su nick a uno de mis personajes, que era precisamente una sirvienta. Fue una especie de guiño que le hice, pues en aquel tiempo yo trataba de flirtear con ella. Quería llevármela a la cama, pero la muy puñetera, siempre muy recatadita y esquiva, me daba calabazas.
«Yo soy solo de mi marido, mojigato», me decía.