sábado, 27 de mayo de 2017

La trama de la falsa mucama

Piel tostada, pelo negro, largo y rizado, ojos marrones, 1,67 de estatura, curvas generosas... Tenía un cierto aire africano, a jamaicana, quizás.
―La semana que viene voy a tu tierra ―me dice.
Me escribía a través del correo de la página.
―¿Y? ―tecleé yo, lacónico, haciéndome el chulito, el machote.
―¿No te apetecería un café? ―pregunta.
―¿Un café, sirvientita?
Yo la llamaba «sirvientita» a raíz de haber publicado un relato erótico en el blog de la página en el que le puse su nick a uno de mis personajes, que era precisamente una sirvienta. Fue una especie de guiño que le hice, pues en aquel tiempo yo trataba de flirtear con ella. Quería llevármela a la cama, pero la muy puñetera, siempre muy recatadita y esquiva, me daba calabazas.
«Yo soy solo de mi marido, mojigato», me decía.

jueves, 11 de mayo de 2017

Miradas lascivas entre las rocas

―No sé para qué te he hecho caso, de verdad ―le dije cubriéndome los ojos con la mano, a modo de visera, tendida sobre la toalla.
―Oye, que tampoco te puse una pistola en la cabeza, ¿eh? ―me dijo él, molesto.
―Pero no me dirás que no te pusiste pesadito ―le insistí. Yo tenía una pierna flexionada, procurando que no se me viera nada, y un brazo sobre los pechos, que ponía y quitaba intermitentemente. No lograba sentirme cómoda.
―¿Por qué no intentas relajarte? Olvídate de que estás aquí, jolín. Estás tomando el sol, punto.

lunes, 8 de mayo de 2017

La poderosa imaginación de Miss Cotton

―¿Te apetece ir a la playa?
Mi móvil emite el sonido del whatsapp. Leo el mensaje. Era Carmen. Yo estaba haciendo estiramientos en el salón de mi casa, sobre una manta. Era domingo, las diez de la mañana. Respondo:
―Buenos días, Jane. ¿A la playa?
A raíz de nuestros juegos en la cama, ella comenzó a llamarme Tarzán, no sé si por mi rudeza o simplemente por su tendencia a usar artificios para novelar sus encuentros sexuales: le gustaba mucho emplear giros e imágenes sugerentes, andar con insinuaciones, evitaba llamar a las cosas por su nombre. «¿Me prestas el puñal?», me decía para referirse a mi miembro, mientras lo buscaba con la mano, bajo las sábanas. Ella era prácticamente lo opuesto a mí, es decir, todo delicadeza. Por eso la llamaba a veces Miss Cotton.

jueves, 4 de mayo de 2017

La chica de enfrente

Allí estaba, una vez más, sentada al borde de la cama, en su dormitorio, en ropa interior, velada su figura por una ligera penumbra. Me acerqué un poco más a mi ventana, descorrí ligeramente el visillo e incliné la cabeza hacia el cristal, lo suficiente como para que la luz del exterior, tenue ya a aquella hora de la tarde, bañara sólo un retazo de mi rostro. Entonces, ella gira su cabeza y mira en mi dirección buscando una presencia, algún movimiento, una sombra. Acto seguido, yo di un paso atrás, escapando de su mirada, y esperé, semioculto tras el visillo, que diera comienzo el ritual que Ariadna estaba a punto de brindarme.