jueves, 4 de mayo de 2017

La chica de enfrente

Allí estaba, una vez más, sentada al borde de la cama, en su dormitorio, en ropa interior, velada su figura por una ligera penumbra. Me acerqué un poco más a mi ventana, descorrí ligeramente el visillo e incliné la cabeza hacia el cristal, lo suficiente como para que la luz del exterior, tenue ya a aquella hora de la tarde, bañara sólo un retazo de mi rostro. Entonces, ella gira su cabeza y mira en mi dirección buscando una presencia, algún movimiento, una sombra. Acto seguido, yo di un paso atrás, escapando de su mirada, y esperé, semioculto tras el visillo, que diera comienzo el ritual que Ariadna estaba a punto de brindarme.
Tras estas señales sutiles, ella volvía su cabeza, aparentemente satisfecha, e iniciaba para mí su particular número erótico. La veo alzar muy lentamente una pierna, llevar sus manos al muslo y asir el ribete de encaje de su media, que comienza a quitar con delicadeza, ovillándola poco a poco, estirando la punta del pie en el aire, recogiendo sus dedos y ofreciéndome aquel precioso empeine. Luego, alza la otra pierna y repite la operación, continuando así con su provocador entretenimiento, a su entero capricho, al que yo asistía mudo e indefenso.
Lo hacía todo con parsimonia, dedicándome cada gesto, aunque inexplicablemente jamás hubiéramos cruzado una palabra para alcanzar esta especie de entendimiento por el cual yo asistía a esta suerte de cabaret privado que me ofrecía cada pocos días, a la caída de la tarde.
Se trataba de la vecina de enfrente, del edificio anexo al mío, situado a unos veinte metros de distancia. Nos separaba un espacioso jardín, con algunos árboles que llegaban hasta la tercera o cuarta planta. Ella vivía en el sexto, y yo en el séptimo. Mi ventana, desde la que yo escabullía mis miradas lascivas, no estaba frente a la suya, sino unos metros a la izquierda. Esa era, precisamente, la razón por la que yo podía robarle su intimidad, pues el ángulo que se formaba entre su dormitorio y el mío hacía que mi perspectiva abarcara toda la parte central de su cuarto y la esquina más alejada a su ventana, en la pared opuesta, y me permitiera sorprenderla en mitad de su guarida. El cuerpo de la cama, el armario vestidor y su mesa de noche quedaban expuestos a mi mirada furtiva.
Ariadna vivía en aquel apartamento desde hacía solo cuatro meses. Anteriormente se hospedaba allí un matrimonio nigeriano, con dos hijos. Tras su partida, pasaron poco menos de dos semanas cuando advertí la presencia de mi nueva inquilina, una chica rubia de piernas largas y torneadas, piel blanca y caderas peligrosas, en quien pronto descubrí una morbosa tendencia a exponerse a las miradas ajenas. Mi ventana, que jamás había sido indiscreta hasta ahora, asumió esta categoría por su culpa.
Antes de que alcanzáramos nuestro curioso acuerdo, jamás tuve la costumbre de esconderme tras la cortina. Yo ocupaba mi apartamento desde hacía algo más de tres años, y me asomaba habitualmente al alféizar a tomar agradables baños de luz y aire fresco. Si la estación era lo suficientemente agradable, como ocurría actualmente, pues estábamos a mediados de abril, yo me asomaba con el torso desnudo y me fumaba un cigarrillo mientras mi cuerpo se ablandaba y tonificaba bajos los suaves rayos del sol. Fue así como reparé en la llegada de mi nueva vecina, a la que incluso saludaba con un gesto del mentón cuando ella abría las hojas de su ventana, sacudía una sábana o fumaba, como yo, un cigarrillo. Me pareció, desde el primer instante, una rubia impresionante.
Mientras todo ocurría a plena luz, bajo la atmósfera de normalidad de lo cotidiano, nos comportábamos como lo que éramos: dos meros vecinos, dos correctos desconocidos, sin aparentemente nada en común. Fue a raíz de un suceso accidental cuando nació entre los dos un nuevo código de comunicación, una suerte de idioma sin palabras por medio del cual entraban a escena dos nuevos personajes silenciosos, taimados e indiscretos que parecían emerger de nuestra propia personalidad, como si ésta se escindiera en una nueva faceta que conviviera junto a la otra, la cotidiana, la honesta y social. Con el tiempo pude observar que cuando una estaba presente, la otra permanecía en hibernación.
Como tantas otras veces, yo me disponía a abrir mi ventana, al final de la tarde, para fumar un cigarrillo. Cuando sujetaba el pomo de la falleba, a punto de tirar de la hoja hacia atrás, me fijé en la ventana de mi vecina. Una débil luz, quizás una lámpara esquinera, iluminaba su cuarto. Ella estaba sentada al borde de la cama, dándome la espalda. Vi con sorpresa que se desabotonaba confiada su camisa, creyéndose oculta de cualquier mirada, o al menos eso pensaba yo. Entonces, mi mano se detuvo, volví a colocar el cierre y eché instintivamente el rostro hacia atrás, tratando de cobijarme, yo sí, de ojos ajenos. Recorrí con rapidez la fachada del edificio buscando posibles miradas delatoras. No encontré a nadie, de modo que penetré de nuevo con los ojos en la intimidad del cuarto de Ariadna, sigiloso y excitado.
Ella desprendió el último botón, abrió su camisa, la deslizó sobre sus hombros, y la dejó caer hacia atrás. Resplandeció de pronto su piel blanca, en profundo contraste con el negro oscuro de su ropa interior. Mi pulso se aceleró levemente. Volví a recorrer la fachada con los ojos, temeroso de ser pillado por algún vecino, y, encontrando vía libre, regresé de inmediato a su dormitorio.
Había comenzado ahora a quitarse las medias. Alzaba una pierna y empezaba a ovillar despacio la prenda, haciéndola pasar sensualmente por las suaves aristas de su rodilla, el amplio tobogán de su pantorrilla, la curva esférica del talón, la comba de su empeine, y los deliciosos dedos de su pie. Luego, la otra pierna. Tras esto, se levanta de la cama, dejando caer sobre la sábana las medias ligeras, que descienden como plumas, y observo sus hermosos glúteos, dos esferas perfectas, que ella me ayuda a perfilar dando mínimos pasos, logrando que unos deliciosos pliegues se le formen en la parte inferior, bajo la braguita. Deslizo la mirada hacia arriba y escaneo las impactantes curvas de sus caderas, unos magníficos arcos en estéreo, como el contorno de un jarrón, que confluían en su estrecha cintura, para luego abrirse despacio hacia arriba y dibujar su estilizada espalda, todo ello guarnecido por el negro de la ropa interior y la cascada de su melena rubia.
Sin dejarme apenas respirar, veo que se lleva las manos hacia atrás y busca el cierre de su sujetador, comenzando así el último tramo de una sinfonía sensual que dirigía los redobles de mi corazón, sin que ella lo supiera. Sentí cómo emergía en mí aquel personaje indiscreto, ese que yo desconocía que existiera hasta este momento, y que Ariadna, mi apuntadora, hizo emerger. Pero la escena no estaba todavía completa, pues sus palabras calladas no tenían, por el momento, respuesta.
Esta escena se repitió infinidad de veces, con sus variaciones, todas ellas igual de excitantes para mí. Sin tomar verdadera consciencia de ello, comenzaba yo a tener la sensación de que ella me hablaba a mí pero yo no le hablaba a ella. Notaba que se encontraba en desventaja, y que yo le había robado una parte de su expediente.
Bajo la piel de mi personaje cotidiano, yo debía hacer un esfuerzo por ocultar eso que había aprendido estando en la piel del otro, y cuando coincidíamos por casualidad, cada uno en su alféizar, y la saludaba con un gesto de mi cabeza, sentía que era un impostor. Pero pronto un nuevo suceso fortuito acabaría con todo esto y nos colocaría a los dos exactamente al mismo nivel: se encontraría, por fin, mi personaje con el suyo.
Me encontraba yo, una vez más, espiándola, de pie tras mi ventana, apartando ligeramente el visillo con una mano, levemente encorvado, demasiado pegado al cristal, sin percatarme de que la luz externa me delataba, probablemente confiado por la impunidad e invisibilidad con la que había actuado hasta ahora.
En esta ocasión, mientras se desvestía, sentada en el borde de la cama, la veo de pronto detenerse y girar de improviso la cabeza hacia atrás, como si intuyera una presencia tras de sí, clavando sus ojos en el cristal de mi ventana y traspasándolo todo hasta alcanzarme a mí, que me sentí de pronto atravesado, desnudo, expuesto y descubierto.
Al verme sorprendido por el rayo de su mirada, bajé el rostro, completamente aturullado, me eché hacia atrás, avergonzado, como un niño pillado en falta, escapando de la tenue luz de la tarde, y dejé caer el visillo, que quedó balanceándose unos segundos. «Me ha visto», pensé sobrecogido, sintiendo arderme las mejillas. No supe qué hacer. Seguí inmóvil unos instantes. Sin embargo, poco después tuve un nuevo pensamiento: «pero ahora también sabe que yo he visto que me ha visto». Una extraña sensación, mezcla de vergüenza, morbo y excitación, me invadió por dentro, y entonces sonreí.
Desde este preciso momento, Ariadna supo ―si no lo sabía ya, ingenuo de mí― que había alguien que le robaba la imagen de su cuerpo. Fue como si alzara su brazo a través de su ventana, franqueara la distancia entre los dos edificios, penetrara en la mía y me despojara del expediente que yo le había sustraído a hurtadillas. Perdí, desde este preciso instante, toda la ventaja que yo sentí que había adquirido sobre ella, y quedamos automáticamente en el mismo punto de salida, los pies juntos tras la raya blanca. Pero aún quedaba un último ajuste, y se iba a producir exactamente a continuación.
Durante unos instantes yo no supe qué ocurría en su cuarto, perdido aún en mis pensamientos. Cuando me recompuse, el cuerpo excitado aún por haber sido descubierto, volví a acercarme a la ventana y fui descorriendo muy despacio el visillo para buscarla, cuidándome de no ser visto, aunque sabiendo que la cortina hablaría por mí.
Con la inquietud todavía meciéndose dentro de mi cuerpo, permanecí aún unos instantes de pie tras el visillo, esta vez fuera del alcance de la luz, observándola mirar hacia mi ventana fijamente. Una extraña sensación volvía a invadirme. Cuál fue mi sorpresa cuando no la veo manifestar ningún gesto de fastidio o indignación, ni retirarse a un lugar del cuarto donde pudiera quedar oculta a mi mirada, ni acercarse a la ventana a correr la cortina o bajar la persiana. Al contrario: giró de nuevo la cabeza ―y jugaría que vi dibujarse una leve sonrisa en su cara, aunque no puedo asegurarlo―, volvió a alzar la pierna y continuó quitándose las medias con toda la suavidad y sensualidad de que fue capaz. A partir de ese día se estableció entre los dos un pacto que habíamos firmado sin tinta, con gestos venidos de la nada.
Así continuaron las cosas en lo sucesivo, ocasionalmente, pero in crescendo, como si a cada tanto mi vecina me premiara con una nueva instantánea de su cuerpo, inédita. En nuestro juego erótico, ambos jugábamos con la luz, era a la vez nuestra enemiga y nuestra aliada. Si nuestro cuarto estaba más iluminado que el exterior, ambos nos exponíamos a la mirada franca del otro, cosa que debíamos evitar, pues sentíamos ―sentía yo― que esto rompía la magia del juego. Ella debía, simplemente, intuir que yo estaba allí, tras el cristal de mi ventana, y yo necesitaba saber que ella se había percatado de mí.
Semanas después de haberse iniciado nuestro curioso acuerdo, un nuevo incidente vino a sumarse a la ya de por sí erótica relación que manteníamos. Comenzado ya el anochecer, cuando las farolas competían entre ellas por apropiarse del oscuro territorio, salí de mi portal, como hacía cada día, con mi perro labrador en dirección a un parque que se encontraba a unos pocos minutos de distancia. Cuando sujeto aún en mi mano el pomo de la puerta, a punto de cerrarla, oigo que otra puerta, a unos metros de distancia, se adelanta y emite un ruido de cierre casi idéntico: era Ariadna, que salía de su portal llevando a un perrito fox terrier ―un cachorro, a lo que vi―, atado a una correa extensible. Me quedé paralizado un segundo, sintiendo un escalofrío recorrerme el cuerpo y una ráfaga de calor invadirme las mejillas. Bajé la mirada al suelo, aturullado, cerré la puerta, y avancé por el jardín, desorientado, hacia la acera. Al llegar a ella, veo que su mascota se cruza por delante y nos interrumpe el paso a mí y a mi perro, que comienza a olisquear frenéticamente a su nuevo amigo.
―Vaya, eres... Hola ―consigo articular.
Siento que compiten dentro de mí las palabras, como si se apiñaran todas juntas en la garganta y ninguna me pareciera bien. De pronto tomo conciencia de que nunca nos hemos hablado, pero que llevamos semanas comunicándonos. Sin embargo, nada de eso nos es útil ahora. Nuestros respectivos míster y misis Hyde deben irse a dormir y los doctores Jekyll, Ariadna y Fabián, dos desconocidos que ya se conocen en secreto, deben empezar a relacionarse.
―Ah, hola ―responde la doctora.
Mi mente parece un campo de minas. No encuentro un lugar seguro en el que pisar. La frase «No sabía que tenías perro», que pensaba pronunciar, me resulta imposible. Me parecía poco elegante dar por hecho no sólo que la conocía, sino que además conocía detalles de su vida.
Mi dificultad residía en que los primeros diálogos que yo tuve con ella ya se habían producido en mi cabeza durante las escenas a través de las ventanas. Era como si ya nos hubiésemos dicho cosas que no podíamos utilizar para reconocernos: «Ah, eres tú, la que se desnuda para mí en su dormitorio.» Tuve que sortear este escollo que irrumpía en mi cabeza, al que se sumaba la turbación que me provocaba tenerla presente y observar, ya más de cerca, esos detalles que no podía apreciar en la distancia: sus ojos verdes, la forma de sus labios, de sus manos, los lóbulos de sus orejas, el lunar sobre su clavícula...
Finalmente, estirando más allá de lo que me hubiera gustado un silencio incómodo, rellenándolo con una sonrisa bobalicona, le digo:
―Qué chiquitín, ¿es un cachorro?
―Sí. Tiene solo un mes ―me dice sin mirarme.
―Vaya... ―le contesto torpemente. Busco alguna réplica ingeniosa. No me sale. Sólo digo―: Sí que es pequeño.
Para más inri, la doctora Jekyll torpedea mi entendimiento con su indumentaria. Aprovechando la agradable temperatura de la tarde de este mes de abril, se ha puesto sandalias, un pantaloncito de algodón de color blanco y una camisola holgada, que resbala incluso por uno de sus hombros y que me deja ver la tira del sujetador, con unos dibujos infantiles en la parte de delante. Lleva el pelo recogido de manera descuidada, con un pasador. Intervengo de nuevo:
―¿Vas al parque?
―No... ―me dice―. Quiero decir, sí. ¿Tú también?
«Está tan nerviosa como yo», me digo respirando con cierto alivio. Esto me da algo de confianza.
―Sí, sí, voy casi cada tarde, para que este corra un poco y mastique otra cosa además de mis muebles.
Ariadna suelta una carcajada y yo vuelvo respirar, contento, celebrando mi ocurrencia.
―¡Minie! ―le grita Ariadna a su perro, que yo descubro ahora que es hembra y que tira de su dueña hacia delante.
Gracias a Minie observo las piernas y los pies desnudos de mi vecina, esos que he visto tantas veces en la distancia, protagonistas de mi escena erótica preferida, y también sus redondas y vibrantes nalgas, lo suficientemente abundantes como para que la tela del pantaloncito se le introduzca en medio. Tenerla de pronto aquí, tan cerca de mí, me provoca un pellizco de excitación indescriptible. Al mismo tiempo, trato de ponerme en su lugar y me pregunto qué sentirá ella estando al lado de ese desconocido ante el que se ha mostrado tantas veces desnuda.
Una vez roto el hielo...

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