lunes, 8 de mayo de 2017

La poderosa imaginación de Miss Cotton

―¿Te apetece ir a la playa?
Mi móvil emite el sonido del whatsapp. Leo el mensaje. Era Carmen. Yo estaba haciendo estiramientos en el salón de mi casa, sobre una manta. Era domingo, las diez de la mañana. Respondo:
―Buenos días, Jane. ¿A la playa?
A raíz de nuestros juegos en la cama, ella comenzó a llamarme Tarzán, no sé si por mi rudeza o simplemente por su tendencia a usar artificios para novelar sus encuentros sexuales: le gustaba mucho emplear giros e imágenes sugerentes, andar con insinuaciones, evitaba llamar a las cosas por su nombre. «¿Me prestas el puñal?», me decía para referirse a mi miembro, mientras lo buscaba con la mano, bajo las sábanas. Ella era prácticamente lo opuesto a mí, es decir, todo delicadeza. Por eso la llamaba a veces Miss Cotton.
Estábamos a principios de mayo, y todavía el tiempo era relativamente fresco. Por eso mi pregunta.
―Sí ―me dice―. Asómate a la ventana, anda.
Yo lo hago. Había un cielo impoluto, azul brillante, ni una nube, ni una mota de polvo en el aire.
―Espectacular ―escribo después de observar aquella maravilla a través de la ventana―. ¿Adónde?
―Ya sabes que no me gustan las multitudes. ¿Vamos a La Laja?
Nos pillaba a los dos a medio camino. Por esta época del año, había todavía muy poca gente.
―Ok. ¿Sobre las once y media?
―Yo ya voy saliendo. Envíame un mensaje cuando llegues.
―Venga. Te veo después ―escribo. Cierro la frase con un emoticono enseñando la lengua.
Dicen que a veces se liga en las situaciones más insospechadas, como en el supermercado, o en un avión. Yo ligué con Carmen en la biblioteca, donde trabajaba ella.
Al principio, lógicamente, no me prestaba ninguna atención. Yo era un usuario más devolviendo un libro o haciéndole alguna pregunta para encontrar no sé qué reliquia en el catálogo. Yo me quedé enseguida con su cara, desde las primeras veces que coincidimos en el mostrador, pero también con su culo. Cuando se daba la vuelta e iba en busca del libro que yo había reservado, y que habían colocado en el carrito de ruedas, me ofrecía un pedazo de retaguardia que me dejaba hipnotizado. Yo le hurtaba su contoneo escabulléndome de las miradas de los demás empleados.
Todavía recuerdo aquellos pantalones vaqueros medio desgastados que amenazaban con romperse por la presión de su carne prieta. Sus dos nalgas rellenaban la tela como si fuera el aire de un globo, a todo lo que daban de sí, dibujando unas curvas de infarto. Para agravar todavía más la cosa, de cintura para arriba era bastante delgada, de modo que el contraste resultaba todavía más despiadado.
Se inclinó hacia delante sobre el carrito, tratando de leer en los lomos de los libros reservados el título que yo le había dicho. Yo estaba perdiendo la noción del tiempo y el motivo por el que estaba allí. Regresa y se sienta. Me lo tiende.
―No está en muy buen estado. Estaba en el almacén.
Lo cojo y le echo un vistazo rápido. Ya estaba acostumbrado a llevarme prestados libros andrajosos. La historia de San Michele, de Axel Münthe, leí. El libro, de tapa dura, tenía el interior lleno de manchitas marrones. Me gustaba eso.
―Tiene buena pinta ―le digo―. Me lo llevo.
Meses después, comencé a darme cuenta de algunos detalles distintos en su comportamiento. Cuando la requería para que me ayudase con el ordenador, con el catálogo online, posaba una mano distraída en mi hombro y se asomaba por encima de mí mientras yo le explicaba, deslizando el dedo por la pantalla, lo que estaba tratando de buscar.
―¿Me permites un momento? ―me decía ella.
―Claro. ―Yo me levantaba de la silla y ella ocupaba mi lugar. Se entretenía largo rato introduciendo términos de búsqueda y explicándome cómo hacerlo.
―Muchas gracias, ¿eh? ―decía yo, extrañado por su dedicación.
―De nada ―decía Carmen, sonriendo, y se marchaba contoneando la cintura.
Entre otros autores, fue Marcel Proust quien hizo de celestina entre los dos. Cuando yo devolvía un volumen de En busca del tiempo perdido, ella se detenía un momento, leía el título, lo acariciaba un momento con sus delicadas manos, de dedos largos y finos, y me echaba una fugaz mirada.
Otro día, me encontraba yo entre las estanterías de la sección de criminalística. Era otra de las épocas en que me interesé por los asesinos en serie, psicópatas y criminales de todo tipo. Cuando me saturaba alguna temática, me relajaba buscando algo completamente distinto.
―¿Te apetece un café?
Doy un respingo y me giro hacia atrás sobresaltado, no sólo por aquella voz inesperada, sino también porque estaba ojeando Dentro del monstruo, la biografía de Jeffrey Dahmer, el famoso asesino en serie caníbal.
―Tengo media hora ―continúa Carmen.
Yo dejo sobre el estante aquel instrumento del diablo, me transporto al momento presente, sonrío y contesto, un poco atropellado:
―Ah... sí, claro.
Quién me diría a mí que yo, meses después, estaría disfrutando de ese pedazo de trasero...
Fuimos viéndonos de vez en cuando, cada vez con más frecuencia. Como buena amante de la lectura, y como probablemente les ocurre a la mayoría de los que trabajan en bibliotecas, me confesó que se fue fijando en mí por el tipo de libros que me llevaba prestados.
―Pensé que tenías buen gusto ―me dijo.
―Ya... Supongo que lo habitual es que te pidan libros de Danielle Steel, ¿no? ―le digo en tono de mofa.
―Y de Stephenie Meyer ―me responde siguiéndome la broma―. Pero a Marcel Proust, como te puedes imaginar, no lo sacan a pasear muy a menudo.
―Me hago una idea ―le digo―. Pero tampoco me extraña, ¿eh? Menudo es el tipo...
Resultó ser una chica muy interesante, fantasiosa, y con una personalidad un tanto poliédrica. ¿Por qué lo digo? Estoy pensando concretamente en el terreno sexual. En un principio, me pareció que era bastante tímida o, ¿cómo decirlo?, decorosa. Como creo que ya dije antes, le gustaba usar subterfugios para referirse al sexo, cosa que, por otra parte, me producía un morbo tremendo. Por ejemplo, cuando se sentía excitada y le apetecía tener relaciones, decía: «¿Te apetece jugar?». Las primeras veces yo me quedaba pensando, extrañado, si se refería a algún juego de mesa, pero no, no se refería a eso.
Aun así, su forma de expresarlo llegaba a tener verdadero sentido, pues todavía recuerdo cuando, estando los dos desnudos sobre las sábanas, ella recostada entre mis piernas, me masajeaba el pene con su mano izquierda, daba chupadas a una piruleta de color rojo en forma de corazón que sujetaba con la derecha, embadurnaba luego mi glande con la piruleta llena de saliva y finalmente se lo chupaba. Yo la observaba tan impresionado por su propia inventiva que, al resultarme tan novedosa,  me obligaba a hacer un esfuerzo por no abstraerme demasiado, porque aquella chiquilla chupona atraía de tal manera mi atención que me olvidaba de que me estaba haciendo una mamada.
―¿Dónde andas, Jane? ―le escribo por whatsapp mientras camino, poco después de aparcar.
―¿Y tú? ―me escribe―. Estoy a mitad de playa, prácticamente sola. Tienes que andar bastante.
―Ok, voy para allá. Estoy todavía en el paseo.
Su fantasía, su capacidad para improvisar y para generar morbo con sus juegos, chocaba, sin embargo, con otra faceta suya que yo consideraba mera timidez, pero que luego no resultó ser así. Esta otra cara de su personalidad, dio lugar incluso a algún que otro tropiezo. Por ejemplo, yo estaba sobre ella, penetrándola, sus piernas enlazadas en mi cintura, o quizás sólo rozando mi sexo contra el suyo y besándola, aún en los preliminares, y de pronto yo trataba de escurrirme hacia abajo para buscarle la vulva y lamérsela.
―¡Ay, no te vaaayas! ―me decía sujetándome con los brazos, su ceño fruncido y casi disgustada.
«¿Irme?», pensaba yo, «¿tan lejos le parece?». Y yo tenía que quedarme allí. Tenía que aguantar, una vez más, mis ganas de lamérsela, de olerla de cerca... Este pequeño tropiezo se resolvió bien unas pocas veces, pero a la tercera, o la cuarta, la que fuera, no acabó tan bien. ¡Yo no conocía todavía su cuerpo de mitad para abajo!
―¿Pero qué te pasa? No me dejas... ―le decía yo, realmente contrariado y con la excitación por los suelos. Me sentía inmovilizado.
Ella de pronto se cerraba en banda y no decía ni mu. Seguía enfurruñada. Pero no le quedó más remedio que hablarlo, porque aquello no pintaba bien. Finalmente se aclaró todo, aunque nos llevó un tiempo.
No se trataba de timidez, sino de pudor. Todo se reducía al hecho de que le daba muchísima inseguridad la parte baja de su cuerpo. ¡No podía creérmelo! Tampoco quise indagar demasiado. Sé que era una chica de relaciones larguísimas, y desconozco si sus parejas se "conformaban" con explorarla allí donde ella les permitía el acceso, y de la manera que ella quería. Era todo un carácter, por cierto.
Pero conmigo eso no iba a ocurrir, porque mi excitación estaba corriendo serio peligro. ¡Insegura, decía!, ¡y con aquel pedazo de cuerpo, con aquellas nalgas que me tenían loco en la biblioteca, y con aquella vulva que hasta ahora solo había acariciado con los dedos! De ninguna manera.
Por suerte, las barreras quedaron pronto hechas añicos. Supongo que obtuvo la prueba fehaciente de que su cuerpo no era motivo, ni siquiera remotamente, de vergüenza al verme a mí excitado como un mono cuando me adentraba con la boca en medio de la caverna entre sus piernas y de las dos compuertas redondas y vibrantes que eran sus tremendas nalgas.
Las cosas cambiaron, ¡vaya si cambiaron!
―¿Ya te vas? ―me decía la niña enfurruñada, después de que lo hubiéramos hecho por la mañana, las sábanas aún revueltas y nuestros cuerpos todavía algo húmedos de sudor.
―Sí, Jane, tengo que ir a...
No le interesaba lo que iba a decirle. Ella se ponía a cuatro patas sobre la cama, se daba la vuelta, ofreciéndome la retaguardia, abría un poco sus piernas, agachaba la espalda y empezaba a moverse, de delante hacia atrás, como una gata, girando su cabeza para espiarme y observar el efecto de sus sucias artimañas, mostrándome las nalgas abiertas, el ano y la entrada de su sexo, que se abría y se cerraba como un bivalvo carnoso, rosado y perverso. Era una perdición. Así que no me iba... todavía.
Me acerqué despacio a la toalla, sin hacer ruido. Estaba echada boca arriba, con las piernas estiradas. Tuve tiempo de observarla a placer. Me encantaba mirar la curva descendente que se formaba entre el hueso de su cadera y su cintura. Llevaba un bikini de color salmón. Cuando estuve bastante cerca...

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