sábado, 27 de mayo de 2017

La trama de la falsa mucama

Piel tostada, pelo negro, largo y rizado, ojos marrones, 1,67 de estatura, curvas generosas... Tenía un cierto aire africano, a jamaicana, quizás.
―La semana que viene voy a tu tierra ―me dice.
Me escribía a través del correo de la página.
―¿Y? ―tecleé yo, lacónico, haciéndome el chulito, el machote.
―¿No te apetecería un café? ―pregunta.
―¿Un café, sirvientita?
Yo la llamaba «sirvientita» a raíz de haber publicado un relato erótico en el blog de la página en el que le puse su nick a uno de mis personajes, que era precisamente una sirvienta. Fue una especie de guiño que le hice, pues en aquel tiempo yo trataba de flirtear con ella. Quería llevármela a la cama, pero la muy puñetera, siempre muy recatadita y esquiva, me daba calabazas.
«Yo soy solo de mi marido, mojigato», me decía.
Ella me llamaba mojigato, tócate las narices. Me sacaba de quicio. Bueno, quiero decir que me ponía caliente como una plancha.
 ―Tú ya sabes lo que yo quiero, sirvientita, ¿verdad que sí?
Ella me contestaba con sus "ja, ja, ja" interminables. Podía llenar varios renglones con esas dos exclusivas teclas, como si no hubieran más letras en el teclado. La risa nerviosa, lo llamaba yo.
Lo que realmente me desquiciaba ―o sea, lo que me ponía como una moto de 1000 centímetros cúbicos, doble carburación y motor en uve― era que la señorita se dedicaba a calentar al personal escribiendo relatos eróticos en los que daba rienda suelta a su imaginación. Después de leerla, me iba disparado a su correo:
―¿Así que «se le ponía la polla dura cada vez que me miraba», eh, sirvientita? ―le escribía yo, copiando algunas frases sueltas de sus relatos―. ¿De modo que «me metió aquel pedazo de polla en la boca que casi me ahoga», no? ¿Y qué me dices de «me la metió por el culo de un tirón», so cochina? Desde luego, vaya un lenguaje para una señorita ―seguía yo, martirizándola. Me ponía duro escribiéndole estas cosas.
Ella me contestaba con sus infinitos «ja, ja, ja, ja...» que me enervaban. Ni una palabra, ni un comentario. Nada. No lograba sacarle ni una sola frase picante. Y luego me sale con que quiere tomar café...
―¿Con quién vienes? ―le pregunté yo sin ninguna esperanza, pero con la mosca en la oreja.
―Yo sola. Voy a visitar a unos familiares.
―Vaya, ¿y no te traes a tu maridito?
―No, ja, ja, ja, ja, ja... ―y volvía a llenar el correo con las dos teclas ad aeternum.
―Pues si quieres un café, te lo tomas en mi casa ―le dije yo, probando suerte.
―De eso nada, mojigato.
Me hervía la sangre...
―Claro, no sea que te coma el lobo, ¿no, caperucita?
―Sí, ja, ja, ja, ja, ja ―etc.
―Mira que eres pesada, sirvientita. ¿Qué te va a pasar? ¿Crees que te voy a poner a limpiar?, ja, ja, ja ―¡Vaya, ya se me había pegado!
―Dile a tu criada que te limpie ella, yo no pienso hacerlo.
―Pues estarías muy mona con el vestido de sirvienta en blanco y rosa, con la falda muy corta, una cofia y un lacito en la parte de atrás, colgándote sobre el comienzo de las nalgas.
―Ja, ja, ja, ja, ja, cállate, mojigato. Eso es lo que a ti te gustaría.
―Qué facilidad tienes para leerme el pensamiento. ―Mientras le respondía, me la imaginaba vestida con ese atuendo cortísimo, inclinándose a limpiar el polvo de los muebles y enseñándome las braguitas de encaje blanco, perdiéndose entre sus nalgas. La cabeza se me iba―. Bueno, ¿qué me dices, pesada, vienes a mi casa o no?
Sé que me escribía desde el móvil. De pronto, yo dejaba de recibir mensajes, no sé si porque estaba atareada, o porque se lo estaba pensando. Pasada una buena media hora, se enciende de nuevo el icono de color rojo de entrada de mensajes:
―Primero, en una terraza, mojigato, y luego ya veremos.
Era como hacer un agujero en un muro de cemento con una cuchara. Qué ganas de follármela me entraban. En fin, tenía que agarrarme a este clavo ardiendo.
―Sirvientita, te tomo la palabra. Como me la juegues, vas a ver, ¿eh?
―Ja, ja, ja, ja ―repetía una y otra vez.
Entretanto, seguíamos escribiéndonos mensajes, y ella seguía poniendo caliente al personal con sus historias en el blog. La que era «solo de mi marido» se lo pasaba en grande a escondidas de él en esta página de contactos sexuales contándonos sus peripecias en sus relatos, ya fuera haciendo tríos, orgías, intercambios con heterosexuales, con bisexuales... En fin, toda una artista. Y, en cambio, cuando yo la abordaba en privado...
Me intrigaba muchísimo ver con lo que me iba a encontrar en persona. Tenía mis reparos, claro está. Uno nunca sabe si habrá buena química hasta que hay un contacto en vivo y mantiene una conversación.
Estábamos todavía en febrero, hacía algo de fresco, así que me extrañó un poco su indumentaria. Había llegado antes que yo. Nos vimos en una terraza del área comercial Gran Sur. Se negó a darme su número de móvil, ¡cómo no, más y más piedras en mi camino!, así que los dos tuvimos que confiar en las señas que nos dimos a través del correo para llegar a la hora y el lugar exactos.
Me sentía muy excitado y muy nervioso a la vez. Tenía ese cosquilleo en el estómago que sólo se siente con determinadas personas. Son cosas que pasan a veces, por la razón que sea. Y a mí esta chica me ponía demasiado, me producía un morbo tremendo. De todos es conocido que lo que se nos resiste provoca aún mayor atracción. ¿Sería esta su estratagema con los hombres? ¿O sería yo el único que sentía este tipo de cosas por esta puñetera sirvientita, recatada y resbaladiza? Lo veríamos.
Por suerte, cuando avancé por las galerías del centro comercial, ella no podía verme, pues estaba sentada de espaldas a mí. Lo aproveché para gastarle una broma. Yo estaba histérico de nervios, pero me sobrepuse. Me acerqué despacio por detrás hasta su silla. Algunos clientes giraron su cara hacia mí, como diciendo: «¿qué hace este». Cuando estuve a su altura, me incliné y pegué mi boca a su oído, que tenía cubierto por su melena larga y rizada:
―¿Ya estás aquí, sirvientita?
Dio un pequeño respingo sobre la silla y se echó hacia delante, alejándose de mi voz de pervertido. Se levantó de inmediato y se dio la vuelta.
―¡Hala!, ja, ja, ja, ja, qué susto me has dado, ja, ja, ja, ja ―me responde poniéndose una mano en la boca para sofocar sus carcajadas.
Puso en marcha su risa nerviosa. No me lo podía creer: ¡se reía igual que escribía! Era como si ya la hubiese oído antes en mi cabeza. Me hablaba con una voz aflautada muy curiosa, como en falsete. Se la veía cortada, pero trataba de disimularlo.
Cuando la vi de pie, agitándose con su risa, debió cambiarme la cara: estaba buenísima. Se había puesto un vestido enterizo estampado, con cremallera a un lado, de tonos llamativos verdes, blancos y celestes. La blusa tenía muy poco escote, solo el necesario para que se viera el comienzo de su canalillo. La piel desnuda que dejaba a la vista hacía pensar en unos pechos muy sugerentes. «¡Uf, sirvientita, cómo me pones!», me gritaba mi voz interior, «¡las ganas que tengo de ver lo que escondes!»
Encima del vestido llevaba una rebeca de punto de color verde pastel, y se la había remangado ligeramente, dejándome ver sus pulseras y el reloj, todo de color dorado. Y esa melena negra rizada... Estaba muy guapa, todo hay que decirlo. No llevaba medias. Se había puesto unas zapatillas de lona blanca con las suelas de esparto, con bastante plataforma, y se anudaban a sus tobillos y a sus pantorrillas con una larga cinta trenzada. Me recorrió un escalofrío cuando me imaginé quitándoselos y metiéndome sus deditos en la boca. Madre mía, qué ganas de follarme a aquel bombón. A saber cómo me las ingeniaría para romper el búnker que se había fabricado contra mí, con sus silencios y su forma de hacerse la estrecha. Iba a tener que usar dinamita.
Se había recogido un poco su pelo rizado, sin llegar a hacerse una cola. Algunos bucles le colgaban por las sienes. Ya me había llevado su perfume cuando me acerqué a su oído para saludarle como un pervertido. Tenía un aire refrescante, como a Nenuco, muy bueno. Tenía los ojos grandes, muy grandes, a decir verdad, y una boca muy carnosa. Me encantaba cómo se le montaban las dos incisivos de arriba. Santo Dios...
Se acercó a darme dos besos, poniéndome una mano en el hombro.
―¿Qué tal? ―me dice. En otro contexto, habría añadido lo de «mojigato», pero aquí, delante de los demás clientes, tuvo que reprimirse.
―Pues muy bien ―le digo riéndome―, aquí estoy, sometiéndome a tu chantaje.
―Ja, ja, ja, ja, pero qué dices. Venga, siéntate e invítame a ese café, no seas maleducado.
―Anda, mira, yo pensaba que me ibas a invitar tú ―le dije volviendo a sacar de paseo al chulito―. Si es que nunca hay que fiarse...
Ella vuelve a reírse. Me siento a su lado. En la silla de su derecha había dejado su bolso, uno enorme, también de fibra de esparto, como esos que se llevan a la playa, pero más estiloso, con remates de tela estampada. Me pregunté qué llevaría en él.
―Bueno, qué mona vienes, ¿no? ―le dije―. ¿Has quedado con alguien?
―No, ja, ja, ja. ―dice. Y luego, bajando mucho la voz y acercándose un poco a mí, añade―: Bueno, sí, con un mojigato, ja, ja, ja, ja.
Me la cargo.
―Ya, qué graciosa ella... ―le digo―. ¿Cuándo llegaste, sirv...? ―le pregunto cortando en seco la palabra, mirando hacia los lados.
―Hace cinco minutos. No te preocupes, que no te has retrasado. Soy muy previsora. ―A partir de ahora, iba a sustituir sus carcajadas por unos gemiditos agudos.
―Ya veo, pero no me refería a eso ―le explico mientras levanto una mano y le hago una seña a la camarera. Ella llega enseguida y tengo que dejar de hablar con mi amiga un momento―: Un cortado para mí y para ella...
―Lo mismo ―dice―. Y una botellita de agua sin gas.
―Me refería a cuándo llegaste a mi tierra.
―Ah, ja, ja, llegué esta mañana. ¿Por?
―Nada... ―le respondo haciéndome el interesante―. Por saber...
―Me quedo hasta pasado mañana.
De pronto caigo en la cuenta de que quiero preguntarle un montón de cosas, pero me es imposible, porque todo tiene que ver con la página de contactos y nuestras conversaciones calientes. Tengo que frenarme en seco, tomar conciencia de dónde estoy y portarme bien.
―Te decía que vienes muy mona, ¿no?
―¿Te gusta? ―me dice, y me echa una mirada coqueta, buscándome con unos ojos vivos que me sorprenden.
―Bueno, no está mal ―le digo con un gesto de desdén exagerado, haciéndome el chulo y el gracioso. Ella se ríe de nuevo. Veo que mueve la pierna nerviosamente, bajo la mesa. «Interesante», pienso, «quizás también le he hecho tilín». Sólo nos habíamos visto en fotos, y muy malas, por cierto. No le hacían justicia.
Nos tomamos los cafés y hablamos de tonterías durante un rato. De vez en cuando, hacemos algunas referencias a nuestras conversaciones a través del correo, pero solo por encima, no podemos meternos de lleno. A los dos nos da corte, pero está claro que tenemos necesidad de hacerlo. Tengo ganas de estar a solas con ella, pero no me atrevo a decirle que nos vayamos ya a mi casa, temo el rechazo. Así que le pregunto si le apetece dar un paseo.
―¿A dónde me quieres llevar? ―me dice ella echando un nuevo vistazo a su móvil y metiéndolo después en su gigantesco bolso.
―Cerca de aquí, en Arona, hay un pequeño bosquecillo apartado, con algunas cuevas naturales y...
Mi sirvientita gira de pronto su cabeza y me mira fijamente, como si hubiese visto al diablo en persona.
―Ja, ja, ja ―estallo yo en una carcajada, sujetándola del brazo―, ¡qué cara has puesto!
 Ella se ríe a su vez y sigue hurgando en su bolso, aliviada. Al final nos vamos un rato a la avenida marítima de Costa Adeje. Paseamos durante una media hora. Me gusta cómo huele. Cuando se adelanta un poco, la brisa me trae su perfume. Yo le miro la silueta en cuanto ella se distrae. Las curvas de su cintura y sus caderas, que su vestido hace resaltar una barbaridad, me ponen loco.
Mientras camina, me fijo en los arcos de las plantas de sus pies, que quedan desnudos entre las dos piezas de lona de sus zapatillas, que le cubren los dedos y el talón. Me gusta rozarme contra ella mientras avanzamos, gastándole bromas y diciendo estupideces. En algunas ocasiones, nos asomamos a la barandilla y, haciéndome el sueco, le digo que mire a lo lejos no sé qué cosa. Son excusas que utilizo para pegarme a ella y posar mi mano en el arco que le hace la espalda justo sobre sus nalgas. Me excito muchísimo. ¿Qué sentirá ella? Si no me equivoco, creo que está también muy a gusto.
Tras ese corto paseo, la acompaño al coche. Se apoya en la portezuela.
―Bueno... sirvientita ―le digo buscándola con la mirada. Ella baja un poco la suya, sonriendo, algo cortada―. ¿Te vienes a casa del lobo y te tomas otro café?
Ella duda unos instantes. Se muerde un poco el labio, coquetea con los ojos, mira hacia los lados.
―¿Estará mi abuela? ―me pregunta levantando la barbilla y las cejas.
Yo me descojono en su cara.
―¡Espero que no! ―le digo entre carcajadas―. Bueno, qué, vienes, ¿no? No me seas pesadita, que me he portado la mar de bien.
―Bueno, venga, un café ―dice. Se da la vuelta y mete las llaves en la manecilla. Me habla de espaldas―. Acércate con tu coche y te sigo.
―Dame seis segundos.
Salgo como un disparo a por mi coche y hacemos como me ha dicho. Al llegar a la zona donde vivo, el aparcamiento se nos resiste. Maldigo para mí y rezo para que no se eche atrás. Cuando encuentro un hueco, le hago señas para que aparque ella. Pongo el freno de mano en medio de la calzada, me bajo del coche y me acerco a su ventanilla.
―Espérame aquí, yo llego enseguida.
Aparco en mi garaje y salgo a por ella. Está sentada en el coche. Desde lejos, veo que está entretenida mirando el móvil. Me acerco de nuevo sigilosamente al cristal, que tiene bajado:
―¿No trabaja usted hoy, sirvientita? ―le digo de nuevo susurrando, con voz insinuante.
Se pega un susto y luego se echa a reír, echándose la mano al pecho.
―¡Mojigato! ―me suelta en un grito contenido, con la voz aflautada, otra vez. Yo me parto de risa.
Antes de ir a buscarla a Gran Sur, he hecho muchas trampas en casa. No estaba seguro de que quisiera venir, pero por si acaso...
Al entrar al vestíbulo, nos invade el olor de un incienso. Lo puse a quemar antes de salir. Se llama Aphrodisia ―lo compré para la ocasión, ¿hace falta que lo diga?―, y huele de miedo. Quizás ella piensa que mi casa siempre huele así, pero cuando se da cuenta de que es demasiado intenso, me lo pregunta, y yo le doy la explicación.
La llevo al salón. Deja su súper-bolso sobre la mesa de centro y le digo que se ponga cómoda. Ella se quita la rebeca, la dobla y la pone dentro del bolso. Antes de sentarse, se queda mirando el ramo de rosas rojas que hay en la mesa. (Me pregunto quién lo habrá puesto ahí...) Huelen de maravilla. Mi casa se ha convertido en un paraíso para la nariz. Me he apuntado otro tanto. Dinamita, ya lo dije antes.
Sobre el sofá, de color beis, he dejado doblada en un extremo una de esas mantas que se hacen con retales de todos los colores. Le ha hecho gracia. Es otra de mis trampas. Quizás la utilice más tarde, ya veré.
―Bueno. Tú vete limpiando, sirvientita, mientras yo hago el café ―le digo muy serio.
Su carcajada nerviosa resuena en el salón. Se deja caer sobre el sofá, desplomándose sobre los cojines, y dice:
―Mira todo lo que voy a trabajar, mojigato ―me dice sin dejar de reírse―. Anda a hacer el café. Y rapidito ―añade soplándose las uñas de los dedos, como si fuese una diva que acabase de pintarse las uñas.
Antes de darme la vuelta...

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