jueves, 11 de mayo de 2017

Miradas lascivas entre las rocas

―No sé para qué te he hecho caso, de verdad ―le dije cubriéndome los ojos con la mano, a modo de visera, tendida sobre la toalla.
―Oye, que tampoco te puse una pistola en la cabeza, ¿eh? ―me dijo él, molesto.
―Pero no me dirás que no te pusiste pesadito ―le insistí. Yo tenía una pierna flexionada, procurando que no se me viera nada, y un brazo sobre los pechos, que ponía y quitaba intermitentemente. No lograba sentirme cómoda.
―¿Por qué no intentas relajarte? Olvídate de que estás aquí, jolín. Estás tomando el sol, punto.
Gerardo estaba cada vez más irritado, y no le faltaba razón. Debía pensar que yo era la hermana Sor María, con ese pudor exagerado que me impedía incluso hacer toples delante de otras personas.
Me pidió por enésima vez que fuéramos a una playa nudista. Insistía en que le gustaba la sensación de estar sin ropa al aire libre, darse un baño en el mar sin la incomodidad del bañador rozándole la piel. Se sentía libre, decía.
Llevábamos saliendo solo dos años, y me lo había propuesto ya infinidad de veces, pero se daba de bruces una y otra vez con mi negativa. Él practicaba nudismo desde mucho antes de conocerme. Cuando me lo planteaba, yo trataba de imaginarme cómo sería, me ponía en situación, intentaba comprenderle, pero siempre tenía la sospecha de que había algo más, de que lo hacía por el morbo que le provocaba, aunque me repitiera hasta la saciedad que no era así, que era algo natural, y que era nuestra verdadera condición el estar desnudos.
―Me dijiste que no habría nadie ―volví a decir, machacona.
Él se incorporó sobre su toalla, puso la mano sobre su frente, protegiéndose del sol, y echó un largo vistazo a su alrededor. En la playa había sólo dos parejas, a mucha distancia de nosotros, unos pocos bañistas solitarios en el agua y alguna persona más paseando a lo largo de la orilla.
―Tienes razón, debí advertirte de que habría tanta gente como en mercadillo del puerto, en domingo ―me dijo con retintín.
Se apoyó sobre un codo, acercándose a mí, me cogió del brazo que tenía sobre el pecho y, mientras lo apartaba muy despacio, como el que procura no despertar a una fiera cuando le roba la comida, añadió, haciendo largas pausas entre unas palabras y otras:
―Olvídate... de que estás... aquí...
Luego apoyó su mano en mi rodilla, la que tenía flexionada, y a medida que me forzaba a estirarla, continuó:
―Nadie... te presta... atención... so egocéntrica.
No pude evitar reírme. Él se puso boca abajo para que el sol el bañara toda la parte de atrás del cuerpo. Le miré las nalgas blancas, todavía con las marcas del bañador. Hice un esfuerzo por no cubrirme. A medida que fueron pasando los minutos, fui sintiéndome más cómoda. Seguía pensando en los demás bañistas, en que pudieran verme. ¿Acaso no miraba yo a los demás? «¡Vaya!», pensé, sorprendida ante este pensamiento, «¿así que soy yo la mirona número uno?» Me hizo gracia. Volví a sonreír y me propuse tomar el sol relajadamente.
De tanto en tanto, me incorporaba y echaba un vistazo a la playa. Un chico con gafas de sol y las manos a la espalda daba un sereno paseo por la orilla, mojando sus pies con la lengua de agua que avanzaba mansa sobre la arena. «Se hace el distraído, pero seguro que me ha mirado los pechos», pensé. Sentí una especie de cosquilleo en el cuerpo. Tuve un ligero impulso por cubrirme, pero me contuve. Gerardo se incorporó en ese momento, se puso boca arriba, apoyado sobre sus manos, con los brazos estirados hacia atrás. Le miré la entrepierna flácida. No lograba acostumbrarme del todo.
Giró la cabeza hacia mí, sorprendido. Yo me había puesto boca arriba, apoyada sobre los codos, y había flexionado las piernas, separándolas ligeramente. Me echó una ojeada de arriba abajo.
―Hala, ¿eres tú? ¿Qué misterioso sortilegio te han echado? ―me dijo.
Volví a sonreír, mordiéndome el labio, mirando para otro lado. Llegué incluso a sentirme un poco ridícula, por tantas trabas como había puesto respecto a todo este asunto.
―No te hagas ilusiones. Estoy más cómoda, pero no sé si esto acabará gustándome.
―Bueno, algo es algo ―me dice levantando los hombros―. Al menos he conseguido que comprendieras que nadie se iba a abalanzar sobre ti ni que el cuerpo se te iba a derretir ante las miradas lascivas de los bañistas depravados, sedientos de carne fresca.
Esta vez solté una carcajada. Al hacerlo, observé cómo mis senos y mi vientre vibraron con los espasmos de la risa. Todo era tan nuevo para mí.
―Alguna que otra miradita sí que me han echado, listillo.
―¿Y? ―me dice―. La gente tiene ojos en la cara.
―Y nada, sólo te lo comentaba.
―Pues me alegro tanto. ¿Y tú?, ¿no has mirado a nadie, Santa Eulalia del Decoro?
Mi cuerpo entero se contrajo por las carcajadas. Vi de nuevo vibrar mi vientre con las sacudidas. Me llevé una mano a la boca, hasta que se me hubo pasado el acceso de risa.
―Pues sí, yo también he mirado ―le dije, y volví a experimentar un extraño hormigueo, como si hubiera cometido alguna pequeña infracción. Me sentía contenta de haber conseguido tomar el sol con cierta naturalidad, despreocupadamente. Estaba sorprendida.
―La gente va a lo suyo, querida. Les importa un pepino los demás. Están aquí para relajarse.
―Y tanto que va a lo suyo ―le dije con un tonillo misterioso. Giró la cara hacia mí.
―¿Por qué lo dices?
―Mira hacia allí ―le dije. Le indiqué disimuladamente con el mentón a una pareja que se encontraba a nuestra altura, a unos cincuenta metros, muy próximos a unas rocas.
Dos chicas, tendidas sobre sendas toallas, se hablaban muy de cerca, sus labios casi tocándose. Una estaba boca abajo y la otra tumbada de espaldas. La primera, apoyada sobre un codo, le echaba un brazo y una pierna por encima, y le acariciaba el lóbulo de la oreja y el pelo. Se daban ocasionales besos en la boca. Sus pechos se rozaban. La de arriba flexionaba de vez en cuando la pierna y la rozaba sobre el sexo de la otra.
Gerardo se giró despacio, aparentando indiferencia, procurando no ser visto, y se quedó mirando a la pareja, que de pronto se acariciaban mutuamente las puntas de las lenguas. Vi que se entretuvo unos buenos segundos, y yo, sorprendida de mí misma, me descubrí mirándole el miembro. ¿Estaba celosa? ¿Esperaba encontrarme algún síntoma de excitación en su entrepierna?
―Guau... ―dice.
―¿Guau qué?
Soltó una risilla contenida y me miró a la cara, achinando los ojos, más por ocultar su embarazo que por protegerse del sol, y me dice:
―Guau nada, sor Eulalia. Lo dicho, cada uno a lo suyo.
―Podrían cortarse un poco, la verdad. Hay ciertas cosas que es mejor hacer en privado ―le digo en un tono algo áspero.
Observo que Gerardo se desespera, creo que pierde un poco la paciencia.
―Inma ―me dice en un tono tan áspero como el mío―, se han venido a una playa remota donde apenas hay cuatro gatos. A mí me parece ya han hecho suficiente esfuerzo. Si a ti te molesta, deberías ser tú quien recogiera sus cosas y se volviera a su casa.
Me dio en toda la cara. Aparté la mirada, sintiéndome reprendida, mi orgullo herido. Tenía toda la razón.
―No creo que molesten a nadie ―añadió con el ceño fruncido.
A pesar de hacerme la ofendida, no podía dejar de mirar a las dos chicas. Las buscaba con los ojos, con disimulo. Me atraían como un imán. Llegué a sentir incluso cierta vergüenza de que Gerardo lo notase. Solo faltaba eso, que descubriera a la mirona que hay en mí, después de incordiarle con mis moralinas de mojigata.
Pero no podía resistirme. Deseaba tanto mirar... Vi que la que estaba encima frotaba su muslo sobre la vulva de su compañera, con movimientos cadenciosos, que se chupaba los dedos y luego rozaba con las yemas húmedas uno de sus pezones.
―¿Un bañito? ―me dijo de pronto, levantándose de un salto y tendiéndome la mano. Fue como si me sacara de repente de un sueño. Me sobrepuse.
―No creo ―le dije.
―Levántate, pesada. Un baño rápido, venga, para que sepas qué se siente.
Tras unos momentos de indecisión, estiro la mano para coger la suya y me cubro con la otra los senos. Él se empeña en llevarme a rastras, tratando de hacerme correr hacia el agua, pero yo me resisto, me siento expuesta, avergonzada. Él insiste en tirar de mí y yo siento mis carnes vibrar con los saltos, mis pechos se escapan por fuera de mi brazo y desisto de ocultarlos, no quiero resultar ridícula. Me siento completamente desnuda... «¡Pero si estoy desnuda!», pienso sorprendida.
No se equivocaba. La sensación en el agua es deliciosa, aunque inquietante. Uno se siente desprotegido, pero también liberado. Es algo absurdo, pero experimenté la sensación de que el líquido salado llegaba a todos los rincones de mi cuerpo, como si eso no sucediera cuando voy en bañador.
Cuando superé los primeros momentos de pudor, me zambullí y buceé unos segundos, abriendo y cerrando las piernas, como una rana, dejando que el agua me «penetrara» en el sexo. Sentía los pechos sueltos, libres e ingrávidos sobre el agua. Me puse de pie sobre la arena blanda, con el agua llegándome a las costillas, cohibida pero excitada a la vez, y me eché el pelo hacia atrás, escurriéndolo entre mis manos, soltando un «ah» de satisfacción después de dejar salir el agua salada de mi boca y hacerla resbalar sobre mis pechos.
―Bueno, ¿qué tal? ―me pregunta de pie frente a mí, intrigado, echando también su pelo hacia atrás con las palmas de las manos.
―Muy raro, pero me encanta ―le digo. Sigo estirándome el pelo con los codos levantados, de modo que mis pezones, excitados por el frío, quedan expuestos por fuera del agua. Gerardo me observa hacerlo. Creo que intuye lo que siento.
―Qué suelta te veo de pronto ―me dice riendo, sintiéndose triunfador.
Le sonrío, no puedo llevarle la contraria.
―¡Que sí, pesadito!, que está muy bien ―le digo golpeando el agua y salpicándole. Él hace lo mismo, pero con energías redobladas. Se echa sobre mí, me sujeta por la cintura y me hunde en el agua. Cuando salgo de nuevo a flote, boqueando para tomar aire, él me rodea el cuerpo y se pega por detrás de mí. Me sujeta por la cintura, abrazándome, y pega su pelvis a mis nalgas. Me muerte en el cuello, jugueteando.
―¡Quita! ―le digo azorada, tratando de desasirme de sus manos, que ha entrelazado como una grapa. De pronto, siento su miembro rígido entre mis nalgas. El cuerpo se me estremece, abro la boca con sorpresa. Me tiene atrapada y se pega contra mí.
―No te preocupes ―me dice―. A menos que Superman esté escondido entre las rocas, nadie puede ver lo que sucede dentro del agua.
―¡Estás loco!, suéltame ―le digo golpeándole en el antebrazo, mirando angustiada en todas direcciones, buscando miradas indiscretas―. No puedo fiarme de ti. ¿La idea no era que me diera un baño?
―Entre otras cosas... ―me dice sin dejar de pasarme la boca por el cuello. Su miembro se me clava en las nalgas. Ya no le rehúyo. Lo cierto es que el morbo y la excitación están compitiendo con mi vergüenza, pero no me atrevo a confesárselo: temo verme envuelta en una situación sin retorno.
Sin embargo, mientras le empujo hacia atrás con mi cuerpo, apretándome contra él...

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2 comentarios:

  1. Estar en pelotas en la playa es una de las actividades más placenteras que existen. Y sí, la gente hace cosas en esas playas, ya sea en solitario o en parejas. Aunque la discreción suele imperar. Y si pillas a alguien o te pillan a ti, pues sólo le añade más gracia al asunto.
    Como siempre, muy bien redactado el relato. Queda muy realista y veraz. Tienes una prosa muy elegante y describes muy bien la gazmoñería inicial de la chica que poco a poco le va pillando el gustito a eso de ponel el coño al sol.
    Un saludo,

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    1. Muchas gracias, Juan. Veo que sigues al dedillo todo lo que quiero transmitir en el texto. Me alegro de que te haya gustado. Un saludo.

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