¿Quién es Orpherius?

Orpherius no es humano, aunque se cree que pudo serlo en algún momento de su vida. Su cuerpo no envejece, sólo cambia de forma. Por eso hay quien dice que en la antigüedad habitaba entre nosotros como uno más. Hoy le resultaría imposible, dada su extraña apariencia. La última vez que fue visto se encontraba en el inframundo, concretamente en el reino de Hades, que se hallaba custodiado por el famoso Can Cerbero, un demonio de tres cabezas con cuerpo de perro.
Allí permaneció muchos años entre las demás almas torturadas, si bien él ni estaba muerto ni pretendió en ningún momento congraciarse con ellas. Es más: las despreciaba. Hizo denodados esfuerzos por parecer que era de su misma condición, por comportarse como ellas, mientras iba trazando en su mente el plan de su huida, con la tranquilidad y la prudencia que le proporcionaba su condición de inmortal.
Su estancia en el inframundo fue sólo pasajera, una estadía más en su larga vida, que hoy se calcula en unos 350 años. Por aquella época su anatomía había cambiado sustancialmente. Comenzó a desarrollar una musculatura robusta, abundante vellosidad, cuernos de carnero, unos genitales desmesurados, un hocico algo prominente y unos ojos de mirada penetrante, temibles. Muchos lo confundieron con los sátiros que vivían en los bosques, dado su exacerbado apetito sexual. Pero su estatura le delataba: se cree que actualmente mide cerca de dos metros, y su fuerza es similar a la de un simio.
Su destierro al inframundo fue el castigo al que fue condenado por sus tendencias sexuales depravadas, a las que se dedicaba obsesivamente cuando habitaba y cohabitaba con los humanos. Existen leyendas según las cuales Orpherius era el responsable de las frecuentes desapariciones de doncellas que tenían lugar en los pueblos donde él había sido visto. Algunas de ellas, en muy contadas ocasiones, no volvían a ser localizadas, pero la mayoría eran encontradas uno o dos días después en los bosques y descampados de los alrededores. Para consternación de los conciudadanos, estas jóvenes eran halladas en un estado de cierta beatitud: si bien sus ropas aparecían generalmente desgarradas, mostrando impúdicamente sus atributos, sus cuerpos estaban intactos, y se encontraban con frecuencia echadas sobre la hierba, en actitud reposada, o incluso sentadas en una cómoda postura, como quien se ha dedicado durante unas horas a la mera contemplación de la naturaleza.
Sus rostros sosegados, a menudo felices, no mostraban ningún signo de que hubiesen sido raptadas a la fuerza por una bestia o por un ser de la catadura que se atribuía a Orpherius. Sólo algunos detalles escabrosos daban constancia incuestionable de cuál había sido su destino por unas horas o unos días: sus vulvas, aún tumefactas, mostraban indefectiblemente restos de semen, que aún seguía emanando por su abertura carnosa, y en muchas otras ocasiones se las encontraba atadas con las manos a la espalda y con una venda en los ojos, o bien estas ligaduras se hallaban sobre el suelo, a poca distancia de su cuerpo.
Probablemente debido a su abultada experiencia en las prácticas sexuales de todo tipo, no sólo por su naturaleza perversa, sino también por su longevidad, se le atribuye una perspicacia y una capacidad de penetración agudísima. Cuentan que se jactaba de poseer un conocimiento minucioso de los entresijos de la psique humana, de su moral, sus prejuicios y de su tendencia innata a los rituales y prácticas de carácter religioso, fuente inagotable ―según dicen que afirmaba― para las perversiones de todo tipo, así como de la naturaleza de sus instintos, de sus pulsiones sexuales, sus fantasías, sus filias, parafilias, y comportamientos depravados.
Orpherius, como ya pueden suponer, no es su verdadero nombre, el cual se desconoce. Este es el personaje en el que se oculta actualmente, con el que se muestra ante nosotros. Su nombre actual tiene un origen de lo más prosaico.
Cuando vagaba entre las almas impenitentes del inframundo, en Hares, entró en contacto conOrpheus, quien se había encomendado a la tarea de recuperar a su esposa Eurídice, que habitaba allí en aquel momento. Valiéndose del tañido de su lira, logró apaciguar a Cerbero, que franqueaba el acceso al recinto, y atraer hacia sí a su mujer, con objeto finalmente de recuperarla y devolverla al mundo de los vivos. Orpherius aprovechó esta circunstancia, cuando el perro guardián cayó dormido, para emprender la huida.
También en las tierras de Hares entró en conversación con Eros, el dios de la atracción sexual, del amor, el sexo y la fertilidad, quien se encontraba allí haciendo una suerte de turismo morboso por las cloacas de la existencia, un mero entretenimiento para él. De ambos personajes tomó lo que más le convenía y creó su propia personalidad y su propio nombre. Yo, este que les habla, soy un mero interlocutor, su voz, un intermediario entre él y la sociedad humana. No voy a contar aquí bajo qué condiciones me encuentro. Sólo diré que me veo obligado a realizar esta labor, puesto que quiero seguir con vida.
Jamás he visto a Orpherius y, en tanto que muta de apariencia con el tiempo, nadie sabe qué aspecto tiene actualmente. Sé que se oculta aquí, en esta tierra virtual que es el ciberespacio, para desplegar todo su arte de atraer, embaucar y conmocionar a las bestias sexuales y perversas que sois ―que somos―, a través de la palabra.